Durante un largo periodo de tiempo el pueblo fiel se acostumbró tanto a las ceremonias de las llamadas “misas privadas” que llegó a tomarlas por norma, de tal manera que parecía que la homilía después del evangelio no formaba parte de la misa propiamente dicha, si no que era más bien una adición circunstancial y fortuita. La obligación de predicar en todas las misas de domingos y fiestas de precepto parecía eximir de hacerlo los restantes días del año litúrgico. Una de las novedades, a mi juicio maravillosamente positivas, de la reforma litúrgica es el fomento de la predicación homilética en las misas feriales especialmente en los llamados “tiempos fuertes” del año litúrgico. Aconsejable también, aunque sea muy brevemente, en todas las celebraciones. Sin embargo este fomento de la homilética se ha visto frustrado en doble vertiente: por el escaso interés de los sacerdotes en llevarlo a cabo y en la poca preparación y cultivo de las homilías en sí mismas, muchas veces convertidas en cualquier cosa menos en una auténtica homilía, a expensas de la formación de los creyentes y de la misma dignidad del culto.

Últimamente también Benedicto XVI y la misma “Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos” ha realizado exhortaciones precisas en la buena dirección y el puesto de honor que debe tener la ciencia homilética.
Los primeros cristianos tomaron de la antigua sinagoga la costumbre del que presidía la celebración de explicar las lecturas. La antigüedad cristiana miró con veneración a la homilía. Prueba elocuente de ello es que se reservaba al obispo. Desde luego, a veces se permitía también a los sacerdotes que predicasen, pero eran excepciones aisladas y sólo cuando las dotes de algunos sacerdotes se imponían, como por ejemplo, San Juan Crisóstomo en Alejandría o San Jerónimo, Orígenes y San Hipólito en Roma.
San Juan Crisóstomo
En Alejandría se renovó la prohibición de que predicaran los presbíteros cuando por la predicación de un simple sacerdote, Arrio, había surgido la peligrosa herejía del arrianismo. En el norte de África se mantuvo la prohibición hasta después de la época de San Agustín. Algo semejante debió ocurrir en Roma. Existe una carta del siglo V del Papa Celestino a un obispo del sur de Francia en este sentido. (Patrología Latina 50, 528-530).
Las razones de esta prevención ante la predicación de los simples sacerdotes son fáciles de comprender. Por una parte, el no muy alto nivel científico de los presbíteros, que en aquellos tiempos solían reclutarse de entre los miembros más piadosos de la parroquia, generalmente casados y sin formación especial (desde la primera mitad del siglo IV consta que los hombres casados que por una vida ejemplar habían merecido el sacerdocio, una vez ordenados ya no podían hacer uso del matrimonio). Por otra parte el hecho que en los países mediterráneos en cada ciudad, por pequeña que fuese, residía un obispo, consolidó esa costumbre. El principio de la unicidad del culto se urgía en aquella época con todo rigor, y por eso no permitían los domingos más culto en toda la ciudad que la misa del obispo, al que todos los presbíteros debían asistir. Esa costumbre, que como es explicable, no se podía aplicar con rigor en las grandes ciudades, se mantuvo en España hasta el siglo VIII, o sea hasta final del periodo visigótico como bien recuerda el P. García Villada en su Historia Eclesiástica de España. Un resto de la misma se conserva en el Triduo Pascual durante el cual no se permite más que un solo culto en cada parroquia, y una única celebración entorno al obispo el Jueves Santo en la mañana del Jueves Santo en la Misa Crismal (así se explica por qué el Jueves Santo no es día de precepto).
Homilía del P. Santiago Martín
Variaba la situación en las Galias, donde no había tantas ciudades y consiguientemente muchos menos obispos. Si no se quería prescindir de la predicación, en las parroquias rurales había que admitir tener la homilía los presbíteros. La existencia de tal costumbre queda atestiguada por la carta de protesta del Papa Celestino. Un siglo más tarde San Cesáreo de Arlés abogaba con éxito en el Concilio de Vaisón (529) para que se permitiera a los simples sacerdotes la predicación. Este mismo Concilio determinó que en el caso de que los presbíteros estuvieran impedidos, los diáconos deberían leer durante la misa las homilías de los Santos Padres. Esto equivalía ya entonces a introducir una especie de traducción del latín culto al latín vulgar. Tal práctica la urgieron expresamente, siglos más tarde (siglo IX) los sínodos de reforma celebrados en varios sitios del Imperio Carolingio. Mencionan la lengua latina vulgar y la teutónica.
Homilias de Organyà
Esto dio lugar a que se compusieran libros con tales traducciones. Las glosas silenses y emilianenses de los monasterios de Silos y San Millán de la Cogolla son anotaciones en latín, romance y euskera para hacer comprensible las homilías, también lo son las famosas Homilías de Organyà en la balbuciente lengua catalana del siglo IX.
En estas circunstancias la predicación se fue haciendo cada vez más rara al acabar la antigüedad, incluso en Roma, donde por ejemplo, los “Ordines” que describen detalladamente el culto estacional, no hablan para nada de la homilía. Refloreció la predicación cuando en el siglo XIII aparecieron las Ordenes Mendicantes. Pero entonces ya no era la homilía, es decir, la sencilla explicación del texto de la Sagrada Escritura, sino el sermón, que se tenía con frecuencia fuera de la misa y en los siglos XVI y XVII fue cuando más se propagó. Con todo, la lección sagrada, o sea la antigua homilía, siguió manteniéndose aún en este tiempo; si bien de ella apenas hablan los documentos.
Sermón (que no homilía) de Fr. Antonio de Montesinos
El sitio
El paso de la homilía al sermón repercutió en el sitio donde tenía que predicarse y en la postura del orador sagrado. El obispo, para tener la homilía, se sentaba en su cátedra o a veces estaba en las gradas de su trono; los demás sacerdotes, como San Juan Crisóstomo, hablaban desde el ambón. Cuando luego el sermón se había independizado de la misa, el sitio desde donde se predicaba se fue alejando del presbiterio más en dirección a la nave, dando origen al púlpito. No sólo tenía una mayor altura que el antiguo ambón, sino que en él estaba el orador siempre de pie, favoreciendo el nuevo arte retórico en pleno auge en la predicación sagrada. Los fieles, en cambio, solían estar de pie o apoyados en bastones, pues no había bancos. Su introducción en las iglesias data sólo de la época posterior a la Reforma.
También se conocía la costumbre de sentarse los oyentes. San Agustín habla una vez de la costumbre de sentarse los fieles, refiriéndose a los de los países al otro lado del Mediterráneo. (S Agustín, De catechizanis rudibus I,13, 19) …“in quibusdam ecclesiis transmarinis non solum antistites sedentes loquuntur ad populum, sed ipsi etiam populo sedilia subjacent, ne quisquam infirmior stando lassatus a saluberrima intentione avertatur, aut etiam cogatur abscedere.”
Caerimoniale Episcoporum (1600)
La homilía no tenía ningún marco ritual especial. Después de leído el evangelio empezaba el obispo a hablar sin más ceremonias. A fines de la Edad Media se introduce la costumbre de rezar un avemaría, que luego se prescribió en el Caeremoniale Episcoporum. De aquella época tenemos noticias de que se rezaba o cantaba el “Veni Creador”. En España arraigó acabar con la jaculatoria “Ave Maria Purísima”, en Italia el “Sia lodato Gesù Cristo” o el santiguarse en Francia. Estas costumbres nacidas en los sermones que tenían lugar fuera de la misa, se aplicaron también a la predicación dentro de la misma. La costumbre de predicar mientras se celebraba la misa, la desaprobó Roma repetidas veces.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet






La Misa del Cenáculo por lo que vemos ha pasado por innumerables variaciones según las adaptaciones que pedían la mayoría de los fieles. Este sistema de conceder lo que la mayoría pide es el sistema "democrático" que también crucificó a Jesucristo cuando toda la plebe gritaba "¡¡crucifícalo crucifícalo!!". En estos tiempos predomina la predicación del Amor Hermoso sin pecados ni Diluvio y la naturaleza nos castiga con una pentápolis solar, que vete a saber como acabará todo.
ResponderEliminarCiudadano Garrell, usted siempre entre la bota malaya y la gota china. Lo suyo es propio de una patologia bíblica. Descanse y no pague el insomnio en GG.
EliminarSr. Garrell, si no es calor espantoso, es pedrisco como bolas de 🎱🎱.
EliminarY la gente pensando 🤔 en sus vacaciones 🏕️.
Estamos apañaos.
Análisis de la predicación dominical en Cataluña
ResponderEliminar1. La norma: qué exige la homilética
Una visión personal extraída de diversos sitios para exponerla y debatirla con crítica.
La Iglesia católica no deja la homilía al criterio libre del predicador: la Iglesia y su rito es un lugar de ley, derecho, rigor, coherencia, congruencia, ser estricto y exacto, derivado del Imperio Romano en su derecho y arquitectura, y la estructura filosófica de los griegos.
El Directorio Homilético de la Congregación para el Culto Divino (2014), los números 135 a 144 de Evangelii Gaudium y la reforma litúrgica del Vaticano II coinciden en un punto: la homilía es parte de la liturgia misma, no un añadido ocasional.
El canon 767 §1 del Código de Derecho Canónico lo formula con precisión jurídica: forma parte de la liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono. No es, por tanto, una charla moral genérica, un comentario de actualidad ni una colección de anécdotas personales, sino la actualización de la Palabra proclamada, puesta en relación con el misterio que se celebra y orientada a la conversión del corazón, la vida sacramental y la salvación de las almas. Los destrozos del nacional-progresismo han sido completos en la Iglesia catalana, han sido una plaga que lo ha roto todo, pero aún se puede reconstruir: canto, música, rito, arquitectura, estatuas, retablos...
En cuanto a la técnica, la tradición recomienda una estructura ordenada: partir del conjunto de las lecturas —también la primera, la segunda y el salmo, no solo el Evangelio—, explicar su sentido a la luz de la Escritura entera y de la Tradición viva (Patrística, Doctores, grandes teólogos, místicos, ascetas, santos, Magisterio), y actualizar después ese mensaje para la vida concreta de los fieles, siempre orientado a la fe, la conversión y los sacramentos, y al final, para salvar a las almas y el bien común de la Iglesia. El tono debe ser digno; el lenguaje, accesible sin trivialidad; la duración, proporcionada.
La homilía está llamada a nutrir las virtudes teologales, iluminar la conciencia moral y mantenerse en continuidad con el Magisterio. Según lo pidan el texto o la necesidad pastoral, debe tocar el pecado original y personal, los mandamientos, la comunión de los santos en sus tres estados (peregrina, purgante, triunfante), la intercesión de ángeles y santos, las formas de la oración, las promesas de los Dos Corazones y de la Divina Misericordia revelada a santa Faustina, y la escatología individual y social. La denuncia profética a la sociedad tiene cabida, pero subordinada siempre a la conversión, nunca a una agenda ideológica.
Esta normativa no es una novedad: ordena la praxis de los grandes predicadores. San Juan Crisóstomo aporta el modelo de exégesis versículo a versículo con fuerte llamada moral; san Agustín une la interpretación bíblica con la doctrina del pecado y la gracia; san León Magno ofrece la homilía litúrgica de densidad cristológica; san Gregorio Magno combina exégesis y doctrina ascética con cuidado de las almas. Todos parten de la Escritura, se enraízan en la Tradición y conducen a los sacramentos.
En Cataluña, las quejas reiteradas de fieles —homilías aburridas, improvisadas, desconectadas de la Palabra leída, politizadas en extremo, pobres y mal hechas, que denotan falta de preparación y poco conocimiento católico— confirman la distancia entre esta norma y cierta praxis actual.
2. El objeto: qué son estas homilías
ResponderEliminarFrente a esa norma, las homilías que he podido ver durante decenios en Cataluña, especialmente del nacional-progresismo ya desde los 1970 (importante destacar el sesgo y que no son "todas" o una "mayoría" de toda Cataluña), presentan un perfil constante que conviene describir una sola vez, de manera completa, porque de aquí parten todas las lecturas disciplinares posteriores.
- en su forma, el registro es informal y coloquial
- el eje del discurso no son las lecturas, sino la anécdota personal del predicador, que ocupa el lugar central y no el de simple ilustración
- la estructura resulta deslabazada, sin la progresión que parte del texto bíblico, desarrolla su sentido y concluye con una llamada ordenada a la conversión
En su contenido, el discurso se concentra casi en exclusiva en la acción social hacia los pobres económicos y los emigrantes, con referencias constantes al «pueblo» —de intensidad máxima durante el procés, 2012-2019—, empleo del catalán como marcador identitario más que litúrgico, ecumenismo de tono sociopolítico y lenguaje inclusivo.
La ausencia de densidad espiritual es prácticamente total, y conviene fijar aquí el inventario completo, porque a él remitirán las lecturas siguientes sin necesidad de repetirlo:
- no aparece la Iglesia en su triple dimensión de peregrina, purgante y triunfante, ni la comunión de los santos y de las cosas santas
- no se menciona a los ángeles ni la intercesión de los santos
- no se explican las formas clásicas de la oración ni los mandamientos, ni de Dios ni de la Iglesia
- faltan las citas patrísticas y las referencias al Magisterio perenne
- se omiten también el pecado original y sus relatos bíblicos (Adán y Eva, Caín y Abel, el diluvio, Babel), y luego los patriarcas, los jueces, Saúl, David y Salomón, el cisma y secesión, la deportación, etc.
- el pecado personal y sus grados; el infierno y la acción del demonio
- la confesión, las indulgencias y la contrición; los dones y carismas del Espíritu Santo; la ascética y la mística
- las apariciones marianas y las revelaciones privadas
- los Dos Corazones y la Divina Misericordia
- la escatología individual (muerte, juicio, cielo, purgatorio, infierno) como la social (el sentido del mal, los posibles castigos divinos, las señales de Dios en la historia)
- cuando aparece la denuncia profética, se formula casi siempre en clave sociopolítica y no como llamada a la conversión ante el juicio de Dios
- incluso los milagros de Cristo —sobre la naturaleza, la salud, los exorcismos— se reinterpretan como llamamientos a la solidaridad, perdiendo su carácter de signo sobrenatural.
El resultado es una predicación que ha cambiado la tensión escatológica por el discurso de acción social, lo que coincide con la queja habitual de los fieles catalanes: homilías vacías de sustancia doctrinal, más orientadas a la movilización que a la salvación de las almas.
Las cuatro lecturas que siguen no repetirán este inventario: cada una explicará, desde su disciplina propia, un mecanismo distinto por el que se produce.
3. Lectura exegética e intertextual: el mecanismo de la selección
ResponderEliminarLa exégesis y el análisis intertextual no describen de nuevo lo ausente; explican por qué el texto bíblico, precisamente el que sí se usa, acaba diciendo solo una parte de lo que dice.
En la práctica observada, la homilía rara vez integra las tres lecturas y el salmo como el conjunto litúrgico coherente que la Iglesia proclama; el predicador se limita, casi siempre, al Evangelio. Esta selección ya es una reducción hermenéutica: impide que la asamblea escuche la armonía entre Antiguo y Nuevo Testamento y la respuesta orante del salmo.
El caso más elocuente, oído hace poco, es el de la mujer cananea (Mt 15, 21-28), con las migajas, el perrito y la mesa del Señor. El pasaje contiene una referencia explícita a la posesión demoníaca de la hija, pero esa dimensión de liberación exorcística de Jesús se omite por completo: el texto se reduce a una llamada a la integración del extranjero: el nacional-progresismo no cree en el demonio y su acción ordinaria (tentación) y extraordinaria (posesión), individual y colectiva, en la oración exorcística y de liberación, en el infierno, el pecado grave objetivo mortal (conocimiento y consentimiento perfectos), la contrición, la confesión, los mandamientos, las indulgencias...
El mecanismo se repite con otros pasajes: las multiplicaciones de los panes se leen solo como gestos de solidaridad, sin referencia al signo mesiánico, a la Eucaristía o al poder divino de Cristo sobre la naturaleza integral, las personas y los demonios; las Bienaventuranzas se interpretan siempre en clave política y nunca espiritual —«pobres» equivale a pobres materiales y no a pobres de espíritu; «llorar», a sufrimiento social y no a llanto por el propio pecado; «hambre», a carencia material y no a hambre de la Palabra—.
Lo distintivo de esta lectura no es qué se omite, sino cómo se elige: el texto se aborda ya con una clave de lectura fijada de antemano —migratoria, social, política—, y esa clave decide qué parte del pasaje se conserva y cuál se descarta.
No hay referencias a la interpretación patrística ni al Magisterio de Juan Pablo II o Benedicto XVI; solo ocasionalmente se cita a Francisco o a León XIV. No se menciona que han creado o conservan normas muy polémicas, sobre todo Amoris laetitia y Fiducia supplicans, donde dan sacramentos y sacramentales indignos a convivientes more uxorio intirnsece malum con peccata clamantia sodomítico.
De ahí la queja repetida entre los fieles catalanes:
- «esta homilía no tiene nada que ver con lo que se ha leído»,
una queja que apunta, con precisión involuntaria, al fenómeno exacto que describe la exégesis: no es que falte contenido, es que el contenido se ha seleccionado desde fuera del texto.
Y lo peor de todo, la pereza con que casi todos los arzobispos y obispos actúan ante estos delitos litúrgicos: tolerancia, disimulo, omisión del deber episcopal de enseñar, no sancionar o advertir a sus presbíteros, conservación de grupos de presión e interés, dejación de funciones, escándalo, confusión, propagación de mentiras fideísticas. Luego buscan vocaciones: tienen a todas sus iglesias totalmente devastadas, van en busca de uva a vides arrasadas por su propia desidia, no hay vino alguno, todo es desierto y muerte espiritual por doquier. Se quejan de movimientos emocionales, o de involuciones a Nuevas Eras, se suspira tener la fe de los musulmanes, fantasean sin tener los pies en la realidad, no saben ni lo dicen ni lo que piensan. Son malos pastores, como ha dicho la lectura de hoy: tienen a todas las ovejas perdidas, heridas, enfermas, robadas.
4. Lectura retórica y del discurso: la arquitectura y el léxico
ResponderEliminarSi la exégesis explica cómo se elige el contenido, la retórica y el análisis del discurso explican cómo se organiza y con qué palabras se dice lo elegido. Son preguntas distintas, y por eso ambas lecturas aportan algo que la anterior no daba.
En términos retóricos, el discurso no sigue la progresión clásica que la tradición homilética considera eficaz:
- exordio que conecte con las lecturas
- exposición del texto
- argumentación de su sentido doctrinal
- peroración que mueva a la conversión.
En su lugar, es una homilía asilvestrada, decadente, regresiva, barbarizada, desintegrada, deshilachada y deshilvanada de todo rigor retórico y dialéctico, avanza a saltos —de la anécdota personal al comentario de actualidad, y de este a un llamamiento genérico a la solidaridad— sin un hilo que subordine todo a la Palabra proclamada.
La anécdota personal no es aquí un adorno: ocupa el lugar estructural que debería ocupar el texto bíblico, y organiza el discurso en su lugar.
En términos lingüísticos, esa arquitectura se llena con un léxico identificable de tipo no católico sino político del momento, dado por el Gobierno, los partidos, la prensa o la ONU: paz en el mundo, emigración, pobrismo, países afectados, solidaridad, inclusión, «pueblo» —el vocabulario propio de la acción social y de las organizaciones no gubernamentales—, junto al uso del catalán como marcador identitario más que como vehículo litúrgico, hablar de las otras religiones.
Es el mismo léxico que ocupa, de manera casi mecánica, el espacio que debería llenar el vocabulario doctrinal descrito en el bloque anterior: donde no está «comunión de los santos» está «pueblo»; donde no está «conversión» está «solidaridad».
El resultado combinado —arquitectura sin progresión doctrinal, léxico sin categorías de fe— es un discurso horizontal, inmanente, filantrópico, onegenero e intramundano, que no persuade ni siquiera en el terreno sociopolítico (ya hay ONGs, sindicatos y partidos) pero no despierta la conciencia del pecado, la necesidad de la gracia ni la perspectiva de la eternidad: no hacen religión, no alimentan al Homo religiosus, y sí al Homo Políticus, pero que Aristóteles lo definió mejor: ζῷον πολιτικόν (zōon politikón) es decir, animal político:
Política (I, 2, 1253a):
ὁ ἄνθρωπος φύσει πολιτικὸν ζῷον
Ho ánthrōpos phýsei politikòn zōon
“El hombre es por naturaleza un animal político”.
Cuando San Atanasio de Alejandría (De Incarnatione / Sobre la Encarnación, 54) dice que el hombre es dios por participación:
Αὐτὸς γὰρ ἐνηνθρώπησεν, ἵνα ἡμεῖς θεοποιηθῶμεν
(Autos gar enēnthrōpēsen, hina hēmeis theopoiēthōmen)
“Él se hizo hombre para que nosotros fuéramos hechos dioses”
2 Pedro 1,4
θείας κοινωνοὶ φύσεως
(theias koinōnoi physeōs)
“Partícipes de la naturaleza divina”
De ahí las quejas frecuentes entre los fieles catalanes: homilías que «no me dicen nada», «nebulosas de palabras», carentes de sustancia, falta de unción y carisma, no tocan al corazón, son todo lo mismo de malas, se van por los cerros de Úbeda.
5. Lectura teológica: la consecuencia doctrinal, y una advertencia metodológica
ResponderEliminarLas tres lecturas anteriores explican un mecanismo distinto: qué clave decide la selección del texto, cómo se organiza el discurso y con qué léxico se llena. La lectura teológica añade la pregunta que las resume a todas: si esto es así de manera sistemática y no ocasional, ¿qué visión de la Iglesia, de la gracia y de la salvación queda implícita?
La respuesta es una eclesiología y una soteriología centradas en el cambio social intramundano más que en la gracia, la conversión personal y la vida eterna. Al no presentarse la Iglesia en su triple dimensión, ni la comunión de los santos, ni la escatología individual y social, ni los Dos Corazones o la Divina Misericordia, y al reducirse los milagros de Cristo —sobre la naturaleza, la salud, los exorcismos— a meros llamamientos a la solidaridad, la denuncia profética deja de orientarse a la conversión ante el juicio de Dios y pasa a formularse en clave sociopolítica.
La homilía ha degenerado sustancialmente, ha sufrido una destrucción interna: ya no sirve ni para la salvación de las almas, ni instruye en la verdadera Fé y no sirve para el bien común eclesial. No sirve a los tres fines de la Iglesia: extender e intensificar la Fé, justicia y santidad, luchar contra el mal, el malo (demonio) y los malos (hombres malvados).
Esta evolución coincide con las críticas, también presentes en Cataluña, a la «ideologización del cristianismo» y a una Iglesia horizontal que olvida mirar al Cielo.
Una advertencia final, de orden metodológico. Todo lo anterior describe un patrón observado, no un corpus cerrado ni completo, es parcial: falta la identificación nominativa de predicadores y parroquias, el número y los criterios de selección de las homilías, las fechas y el soporte material de cada unidad, los criterios de inclusión y exclusión que eviten el sesgo, y el acceso público o autorizable a los materiales. Mientras no exista ese corpus delimitado, el análisis permanece en el nivel de hipótesis descriptivas, fundadas en la observación reiterada y reforzadas por las quejas públicas y documentadas de los fieles en Cataluña. Es, precisamente, sobre esa base —sólida como diagnóstico, provisional como estadística— desde la que cabe formular la conclusión que sigue.
Conclusión: la homilía como espejo invertido
ResponderEliminarLos ocho enfoques anteriores —litúrgico, temático, exegético, intertextual, retórico, lingüístico, teológico y metodológico— convergen en un mismo diagnóstico visto desde ángulos distintos. Pero conviene ir más allá de la suma de omisiones y preguntarse por su lógica interna, porque aquí se detecta algo más preciso que un simple «descuido» doctrinal.
Toda homilía tiene una estructura vertical y otra horizontal: une el cielo con la tierra, el misterio con la vida cotidiana.
Lo que revela este análisis no es la ausencia de una de las dos dimensiones, sino la inversión de su jerarquía.
La homilía clásica desciende: parte de la Palabra y del misterio celebrado, y desde ahí ilumina la existencia concreta del oyente —su pobreza material incluida—.
La homilía descrita en este estudio asciende en sentido contrario: parte de una lectura sociopolítica ya fijada de antemano y busca en el texto bíblico, a posteriori, una cobertura simbólica.
El Evangelio deja de ser fuente y pasa a ser ilustración. Por eso la mujer cananea pierde su exorcismo y conserva solo su condición de extranjera: no porque el predicador ignore el texto, sino porque el texto se ha puesto al servicio de una tesis que ya existía antes de abrirlo.
Esta inversión explica también por qué la ausencia no es aleatoria, sino sistemática y repetida en los ocho enfoques sobre homilética: no faltan uno o dos temas doctrinales por olvido; falta, con perfecta regularidad, todo lo que no es verificable ni gestionable desde categorías intramundanas —el pecado, el demonio, la escatología, las revelaciones privadas—, y permanece, con la misma regularidad, todo lo que sí lo es —la pobreza, la emigración, la identidad colectiva—. La selección, más que teológica, es epistemológica: se predica aquello que puede medirse, gestionarse o movilizar, y se omite aquello que solo puede creerse, la Fé recta, católica, ortodoxa, clásica y ortodoxa, consolidada por la Patrística, Padres del Desierto, Doctores, grandes teólogos, santos, místicos, ascetas, magisterio papal y conciliar perenne y constante.
Esto es responsabilidad y culpa de los arzobispos y obispos: no cumplen su misión. Y una traición de la función de los presbíteros: ser buenos pastores. Y también negligencia del Pueblo, al no formarse sólidamente: malos pastores, malas ovejas. La solución es fácil, pero el hombre consagrado mundano la convierte en difícil.
De ahí una hipótesis que el corpus futuro debería contrastar: se trata tanto de una crisis y pérdida de la Fé tradicional, clásica y ortodoxa personal de los predicadores, junto con una sustitución moderista, progresista y político-ideológica de paradigma epistemológico dentro del propio acto de predicar, donde el criterio de verdad deja de ser la Revelación transmitida por la Tradición y pasa a ser la utilidad social inmediata del mensaje: servir al nacionalismo catalán (idioma catalán, la independencia), a la izquierda (ONG, emigración, pobrismo) y al modernismo (visión protestante del catolicismo).
Si esta hipótesis se confirma con datos, el problema no se resolverá con más formación bíblica ni con homilías más largas, sino recuperando la pregunta previa a cualquier técnica homilética:
--- ¿desde dónde se predica, desde la Fé recibida o desde la causa que se quiere servir: nacionalismo, izquierdismo progresista, modernismo teológico protestante?
Esa pregunta, y no el estilo, es la verdadera línea divisoria entre anunciar el Evangelio y usarlo.
sLo mismo que hubo que eliminar la escayola de las paredes de los templos hasta llegar a su desnudez roqueña originaria, convendría ir despolitizando el uso de la lengua en la Liturgia. Recordar ahora a Nebrija --la lengua es la compañera del Imperio-- es desatar furias infernales de gentes mentalmente débiles. Pero la lengua es lo que nos hace persona, lo que nos caracteriza. Lo que nos cristianiza. Cristo es Palabra Encarnada. Los primeros balbuceos, o vagidos, de la alabanza del pueblo a Dios aparecen en las Glosas Emilianenses, cuyo interés para la lengua castellana y para el vascuence está científicamente acreditado. No sobra pensar que coincidieron en el entorno riojano de san Millán. Como son un tesoro las Homilies d´Organyà.
ResponderEliminarEn muchas parroquias que no celebran ya misa los días feriales por falta de ministro, o por decisión de éste, sustituyen el Santo Sacrificio por una liturgia de la palabra en la que cada vez tiene mayor relevancia la participación laical. Como habrán advertido quienes asistan no sólo no es lo mismo, sino que la falta de preparación teológica y escriturística del voluntarioso degrada la celebración.
Sólo conociendo el sentido del mensaje homilético y su devenir histórico podremos ir sacando cada vez más provecho de estas ilustradas y sustanciosas "homilías" de Mosén Francesc. Porque esa es otra. No toda intervención episcopal del domingo puede llamarse homilía; la frivolidad de algunas referencias del obispo suele ser contraproducente, porque acostumbra ignorar lo que se esconde detrás de la alusión.
Muy señor mío:
EliminarSe le ha ido la mano afirmando eso de "desatar furias infernales de gentes mentalmente débiles". Respete a los hijos de Dios, nebrijanos o no. La fe no la da los doctorados. Charitas.
Totalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.
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