Parece que sí, que el calor de este verano ha sido inusual, y que razones ha habido para que se nos derritiera el cerebro. Encima, hemos tenido el extraordinario eclipse total en bastantes lugares, que nos creó la esperanza de ver cómo se hacía de noche casi a pleno día durante un minuto y no sé cuántos segundos (he de confesar que me lo perdí: ni me encontraba en el mejor lugar, ni me ocupé de las gafas especiales): delante tenía la tele, y detrás la ventana abierta. Para el próximo, miraré de tener la ventana delante, y la tele donde me quede.
Para colmo, se me estropeó el ordenador (no conseguía arrancar) y, en pleno agosto, no es tiempo de andar a buscar un técnico, porque está todo cerrado. Así que tuve que tirar de reservas, de elucubraciones con las que llevo ya muchísimo tiempo, años, y que no hay manera de finiquitarlas. De momento, tuve que apañarme con el bolígrafo, en tanto localizaba un ordenador de emergencia. Ahí siguen las viejas elucubraciones, sin poder darles carpetazo. Así que, adelante con ellas.
La primera, es que me sorprende sobremanera que hoy esté tan universalmente aceptada la opción más endeble respecto al que en lenguaje laico se llama el origen del Universo, y en terminología religiosa llamamos “la Creación”. Aún recuerdo cómo en mi infancia, saliendo de una clase normal de catecismo (calculo que andaría yo por los 7 años), todos los niños andábamos cantando espontáneamente por el patio a voz en grito “no hay reloj sin relojero, ni mundo sin Creador”.
No sé si esta sentencia tan certera tiene autor conocido, o forma parte de la sabiduría popular, como los refranes. El caso es que es de cajón, la imposibilidad de que algún día pueda encontrarme un reloj que no haya construido un relojero, es decir que se haya hecho solo. Es evidente que eso no puede suceder, por más millones de planetas que recorra; o que en algún otro planeta que no sea el planeta Tierra, y justo en Barcelona, pueda tropezarme con otra Sagrada Familia que se haya hecho sola, a base de dejar que el tiempo la vaya haciendo, sin planos ni nada, a base de que los miles y millones de años vayan tallando y puliendo sillares y acoplándolos adecuadamente, hasta dar con una réplica exacta de la gran obra de Gaudí (pero sin Gaudí y sin nadie que le eche una mano).
Es evidente también que por más millones y millones de planetas que recorra en busca del más previsible de los prodigios, (según el pensamiento predominante desde la Ilustración), no conseguiré encontrarme con un ordenador totalmente construido, y con unos programas que funcionen a la perfección. Eso sí, sin informáticos, ingenieros y un ejército de personal intermedio aportando su ingenio y su trabajo para construirlo. Estoy absolutamente seguro de que todo esto no me lo voy a encontrar así como así, sin que lo haya hecho nadie, surgido todo como simple fruto del tiempo. Y sin embargo, así es como estamos obligados a pensar hoy día.
Aclaro que he elegido tres ejemplos de creación espontánea (el reloj, la Sagrada Familia y el ordenador con sus programas) por el simple procedimiento de dejar que el tiempo haga a base de ensayo-error, tres realizaciones que en cuestión de complejidad quedan muy lejos de la Tabla Periódica y de la biología elemental, por decir algo. El silogismo es muy simple: si el Universo, él solito, por su cuenta y riesgo, ha sido capaz de crear sin la ayuda de ninguna mente creadora y diseñadora toda la realidad física que nos envuelve y nos sostiene, ¿cómo no va a ser capaz de crear por el mismo procedimiento, un reloj, una réplica de la Sagrada Familia o un modestísimo ordenador? Eso no cuadra.
Por eso me solivianta que los creyentes (los que optamos por la Creación) andemos por ahí acomplejados intentando compaginar explicaciones tan opuestas. Hemos optado por el creacionismo y ya está. ¿Acaso los “evolucionistas” cuentan con mayores seguridades que las nuestras? Nadie ha podido asistir ni a la Creación ni a la Evolución, nadie. Tanto la una como la otra son posiciones de FE. Tanta fe requiere el evolucionismo, como el creacionismo. Así que cada uno se apunta a la “religión” que le conviene (ahí juegan un gran papel la tradición y la herencia cultural). Pero nada de superioridad lógico-racional de la una sobre la otra. La “Ciencia”, la sacratísima ciencia que todo lo explica y lo justifica en el otro bando, no deja de ser un código más de creencias. ¿Recordáis cuando esa misma ciencia aseguraba que bastaba darle al Universo las 27 letras del abecedario español y darle tiempo, eso sí, tiempo, para encontrarnos cualquier día con el Quijote en todo su esplendor? Pues resulta que cuando han contado con ordenadores capaces de calcularlo, han descubierto que al planeta Tierra, en sus “calculados” 4.500 millones de años de existencia, le habría faltado tiempo para montar el célebre “To be or not to be”: montarlo, no inventarlo; porque lo de Hamlet es una historia demasiado compleja. Pero claro, si lo dice la ciencia, y mientras lo diga la ciencia, eso no se puede poner en duda.
Y ya, para rematar las elucubraciones veraniegas, tenemos el dilema aún más peliagudo de la Redención. Es que, en el mismo paquete del evolucionismo, nos vino Rousseau con su Emilio, prototipo de una humanidad totalmente inocente y buena si no la hubiese estropeado la civilización: siendo parte esencial de ésta, la religión, más exactamente, el catolicismo.
Es que nuestra religión, desde el Antiguo Testamento, nos ofrece la imagen del hombre caído por culpa del pecado original, y de la absoluta necesidad de ser rescatado del pozo de maldad en que había caído. Y es curioso que siendo tan evidente la maldad humana (tan evidente como que no hay reloj sin relojero), la Ilustración consiguió componernos una humanidad inocente, inclinada sólo al bien por su propia naturaleza. Y a pesar de que los hechos desmentían tal inocencia, esas doctrinas prosperaron hasta el día de hoy, en que se cree que si no fuese por la maldad colectiva (y si es colectiva ¿no es humana o qué?) no habría delincuentes; por lo que el delincuente no ha de ser castigado sino más bien comprendido y, en todo caso, “acompañado” y, si puede ser, desagraviado.
Y eso a pesar del terrible pecado de la dominación de los débiles por los fuertes, con su cimiento en la dominación de la mujer por el hombre (¡y se creen que lo han resuelto!), de la comercialización del sexo (es decir de la mujer; con la moderna ampliación del mercado añadiendo los niños). Pues bien, con tantísimas calamidades a la vista (y hay que añadir la explotación mediante el trabajo y el expolio fiscal, tan excesivo, que no tiene otro final previsible que la guerra).
Pues bueno, desde la Ilustración es que no, que el ser humano es bueno y puro por naturaleza; y que eso del pecado original y el hombre necesitado de redención, es un cuento inventado por la religión con el objetivo de tener dominado al hombre (¡y a la mujer!) mediante una moral represiva que asfixia los instintos humanos después de criminizarlos. Y es evidente que al que acepta esas premisas, le sobra cualquier esfuerzo de redención. Evidente, también, que muchos de este bando, el de “los buenos”, se han creído eso de la abusiva y despiadada represión de los instintos (naturalmente buenos, ¿eh que sí?) y se han tirado al monte.
En fin, deben de ser los calores de este verano tan severo, los que me han traído a hurgar en los cimientos de nuestra fe. Y a poner el dedo en la llaga de la fe de los de enfrente, que lamentablemente tiene seducidos a muchos de la parte de acá.
Virtelius Temerarius



¡¡¡Vaya con el mosén Virtelius, ahora se mete en Ciencia-versus-religión, bravo!!!. Paso a recordar que el Génesis describe la Creación en 6 días y su grandioso milagro. Después de cada dia dice "y fue una tarde y una mañana y luego el dia siguiente". Queda claro que Génesis no lo escribió un tonto meapilas, lo escribió Moisés el que sale vivo en el Tabor junto a Jesucristo. Luego los meapilas de Roma silencian este Génesis para contentar a la Diosa Ciencia. Lo de "una tarde y una mañana y el día siguiente" se escribió para aclarar los 6 días literales, sino no tienen sentido estas palabras latiguillo. ¡¡¡¡Meapilas de Roma, convertíos a Genesis y sus días!!!.
ResponderEliminarAsí se habla Silveri, cual Atila "el Azote de Dios" tocante a las puertas de Roma. Hay mucho que limpiar y mucho que aclarar del AT y del NT silenciado y segregado
EliminarSilveri, parece que prediques al desierto, no te hacen caso, al menos la Iglesia oficial, y eso que Infocatólica , creo, la leen obispos y cardenales. Luego se quejan de que los jóvenes no van a misa.
EliminarOtro caso bien gordo, el movimiento de la Tierra de demostrado nada aquí https://www.amazon.es/s?k=sin+embargo+no+se+mueve&__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=3PC51W114XJ4T&sprefix=sin+embargo+no+se+mueve%2Caps%2C95&ref=nb_sb_noss Se puede comprar por 2 euros en la versión digital lector Kindle.
EliminarPara explicar este tema es muy oportuno revisar LA NAVAJA DE OCKHAM. https://www.facebook.com/reel/1709476626764230
EliminarTotalmente de acuerdo con Don Silverio Garrell.
EliminarSillería, Ockham tambien eliminó la necesidad de universales y es santo patrón de los relativista que han pavimentado todo el modernismo. Cuidado, pues con lo de la navaja no vaya a ser que quite demasiadas capas a la cebolla y quede en NADA
EliminarEn la historia de la evolución la metáfora del relojero hunde sus raíces en William Paley. Dio mucho juego, a favor y en contra del diseño divino. De hecho es el centro de ataque de El Gen egoísta, de Richard Dawkins, un empedernido enemigo de la Iglesia, de la fe, y que lo que son las cosas, fui responsable de su traducción al español por Editorial Labor a mediados del decenios de los setenta del siglo pasado. Era entonces un texto rompedor en teoría genética y evolución. Y me pareció que planteaba cuestiones muy interesantes para el desarrollo de la disciplina, como así ocurrió.
ResponderEliminarVino luego una disputa sumamente interesante sobre el ajuste fino, y en la que me sentí obligado a participar. Se trata en definitiva de una actualización de las pruebas tomistas de la existencia de Dios.
Se rieron de Richard Dawkins sobre su libro "El gen egoista" diciéndole que había antropomorfizado al gen en un sentido de que le daba "emociones y sentimientos" de egoísmo, cayendo en el creacionismo pero con un ídolo materialista, el gen, que "creaba" nuevos organismos "por egoísmo".
EliminarTotalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.
EliminarEl ajuste fino, en el sistema solar, se hizo haciendo girar de manera retrógrada a Marte y a Urano.
EliminarUn misterio que solo Dios como creador lo sabe.
El judaísmo no considera que todos los descendientes de Adán y Eva nazcan cargando con la culpa d´pecado original. El islam tampoco acepta el citado supuesto pecado. Considera que Adán cometió un pecado, luego se arrepintió y Dios lo perdonó.
ResponderEliminarUnas personas tienden al mal y otras tienden al bien, y son responsables de sus propias decisiones y acciones. Nadie hereda los pecados de sus padres ni de sus tatarabuelos. No hay nada que borrar o lavar.
Estas infiltraciones judeo-masónicas en este caluroso agosto....A ver, hombre de Dios, si no hay nada que perdonar ni borrar ni salvar ¿a qué vino Jesús y por qué murió crucificado? En una sinagoga y/o logia le entenderán mejor
EliminarBuen apunte.
EliminarY un poco de Freud también.
Rm 5:12 Ez 18:20 Ex 34:7
EliminarEl Judaísmo es una religión Satánica.
EliminarNunca han aceptado la venida del Mesías hace 2026 años.
No sé a qué viene eso de nuestros hermanos mayores, ETC...,para quedar bien con el personal y no los tachen de racistas.
Las cosas claras y el chocolate espeso.
Ya está bien de tanta tibieza y tanta hipocresía, por parte de quien le toca impartir Doctrina Católica VERDADERA.
Los malos prelados y sus presbíteros que predican esas cosas de uniones con falsas doctrinas y no predican la Sana doctrina y el magisterio perenne, Tambo son la Iglesia sino que se han apartado y creado su "iglesia sectaria sinodal"
EliminarPues sí, la verdad es que el pensamiento religioso (que es creacionista) ha incorporado con absoluta naturalidad el evolucionismo. Y, ya de puestos, la bondad del hombre, al que le bastan en todo caso las distintas políticas redentoras que se han ido inventando. Pero no la intervención de Dios.
ResponderEliminarNuestro don Silverio lo tiene claro. ¡Y parece que es el único!
Pues yo lo tengo clarísimo como Don Silverio Garrell.
EliminarL palabra de Dios es la que es , a las verdes y a las maduras.
Por Dios.
Sr. Temerius, nos trae usted un artículo pentapolista que seguro que tendrá comentarios del Sr. Garrell. Nos cita usted a los Rousseaus de turno, bestias pardas farisaicas que predicaban la bondad e inocencia mientras ellos eran unos depravados. Somos hijos bobalicones de esa época, solo unos pocos luchan por no ser enguillidos por el Leviathan nihilista
ResponderEliminarEl rousseau ese era un Gay de manual, enamorado de un efebo llamado Emilio,no?
EliminarGay y pederasta pero el tal Rousseu y sus "emanaciones" son la base de leyes y el sistema educativo perverso que nos ha impuesto el R78
EliminarTotalmente cierto todo su comentario, Sr. Temerarius.
ResponderEliminarEso de que todo el mundo e gueno, no se lo creen ni ellos.
A los de las diferentes aceras de enfrente actuales, claro.
Totalmente de acuerdo con lo dicho, y también con lo que en breve responderá Don Silverio al respecto. Toda una delicadeza por parte del autor no haber mencionado ni el Diluvio ni la Pentápolis para que sea él quien lo haga primero.
ResponderEliminarÉsto del Diluvio, Pentapolis y demás purificaciones Divinas existieron.
ResponderEliminarY al 🦜 las próximas.
Que a muchos nos encontrará con el 👣 cambiado.
"la Ilustración consiguió componernos una humanidad inocente, inclinada sólo al bien por su propia naturaleza. Y a pesar de que los hechos desmentían tal inocencia, esas doctrinas prosperaron hasta el día de hoy, en que se cree que si no fuese por la maldad colectiva (y si es colectiva ¿no es humana o qué?) no habría delincuentes; por lo que el delincuente no ha de ser castigado sino más bien comprendido y, en todo caso, “acompañado” y, si puede ser, desagraviado."
ResponderEliminarToda la Ilustración fue una bienintencionada utopía quimérica que acabó en el Terror de Estado de Robespierre de 1793-94, con el genocidio y crimen de lesa humanidad de la Vendée y todas las clases sociales, religiosas e ideológicas, en una barbarie salvaje de muertes basado en el trilema cruento de "Libertad, Igualdad, Fraternidad o la muerte (ou la mort)", en un ambiente estatal de fanatismo sectario donde sólo había la sumisión y vasallaje a la Revolución o a la guillotina.
Además, el sistema de genocidio-terrorismo de Estado de la Revolución Francesa de 1789 pasó como un paquete íntegro a la Revolución Rusa de 1917: aquí elevado el genocidio a niveles de programación de Estado racionalmente estructurado por el bien de la igualdad de clase.
Todos estos analistas de la Ilustración son anticientíficos, y resulta risible que aún tengan algún tipo de influencia: Voltaire, Rousseau, sin ningún estudio empírico ni estadístico ni tecno-científico... todo ideología.
Por cierto, Ceuta ha demostrado el mito del buen salvaje y todas estas zarandajas ilustradas... a veces hay que tener contacto con la realidad para acabar con estos falsos idealismos.
Totalmente de acuerdo con su comentario y añadir que el genocidio de la revolución francesa y rusa pasaron a la Cristiada mexicana y es lo mismo que la cruenta II Republica quería imponer en España, con Largo Caballero apodado "el Lenin español". Todo un plan que se hunde en la noche de los tiempos
EliminarMuy interesante este artículo sobre evolución. Hay diversos artículos que atacan las tesis evolucionistas actualmente vigentes, a ver qué parecen y qué se opina.
ResponderEliminarPlanteamiento: ¿qué significa realmente "estar en los genes"?
Durante décadas, la divulgación científica y buena parte del sentido común contemporáneo han transmitido una imagen sencilla:
--- el ADN es el "libro de instrucciones" de la vida, y cada gen contiene la receta de una característica concreta.
Esta imagen, cómoda y fácil de explicar, tiene un problema: no es exactamente así, y los propios científicos llevan más de veinte años señalándolo desde dentro de la propia ciencia, no desde fuera.
El ser humano tiene entre 20.000 y 25.000 genes. Un ratón tiene prácticamente el mismo número. Una rana, algo menos. Ninguna de estas cifras guarda relación proporcional con la enorme diferencia de complejidad entre estos organismos.
Si el gen fuera efectivamente el "plano completo" del ser vivo, cabría esperar que a mayor complejidad corporal correspondiera un catálogo de instrucciones mucho más extenso.
No es así. Este desajuste, conocido entre los especialistas como la paradoja del valor-C, es un hecho contrastado, no una opinión discutible.
La pregunta que se deriva de este hecho es sencilla de formular aunque difícil de responder:
--- si el número de genes no explica la complejidad del organismo, ¿dónde reside entonces la información que sí la explica?
Parece que hay dos momentos de la ciencia contemporánea —separados por un cuarto de siglo— en los que investigadores de primera fila han respondido a esa pregunta señalando en la misma dirección:
--- no basta con mirar el gen aislado; hay que mirar la célula entera como sistema organizado.
Conviene decir desde el principio, con la misma honestidad con la que se expondrá el argumento, que ninguno de los científicos cuestiona la evolución como marco general: algo viene de algo por modificación.
Lo que están cuestionando es un modelo simplificado y popularizado del funcionamiento genético —el llamado reduccionismo genético—, no la evolución biológica en sí misma: algo viene de algo por modificación.
Esta distinción es importante para que el argumento que sigue sea intelectualmente honesto y no una simplificación en sentido contrario: la pregunta es ¿qué lo modifica?
El primer aviso: Stephen Jay Gould y el fin del "todo está en los genes" (2001)
ResponderEliminarEn febrero de 2001, cuando se publicó el primer borrador completo del genoma humano, la comunidad científica esperaba encontrar un catálogo de cientos de miles de genes —algunas estimaciones previas hablaban de 100.000 o más—, proporcional a la complejidad de un organismo capaz de pensar, hablar y construir catedrales.
El resultado real fue una sorpresa incómoda: apenas unos 30.000 genes, una cifra similar a la de organismos mucho más simples.
El paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould, uno de los científicos más influyentes del siglo XX en su campo, extrajo de este hallazgo una conclusión que sacudió el modelo popular de la genética.
Señaló que la ciencia moderna, desde el siglo XVII, había avanzado descomponiendo lo complejo en partes simples y explicando el todo a partir de esas partes por separado.
Ese método, útil para explicar el movimiento de los planetas, resultaba insuficiente para la biología: eso es importante.
Gould concluyó que había que abandonar la idea de que basta con sumar genes para obtener un organismo complejo.
Su propuesta alternativa fue que la clave de la complejidad no está en tener muchos genes, sino en las combinaciones e interacciones entre relativamente pocos elementos genéticos.
Es una idea con una analogía sencilla: no hace falta un alfabeto de un millón de letras para escribir toda la literatura universal; con veintisiete letras bien combinadas basta.
La complejidad no reside en el tamaño del catálogo, sino en las reglas de combinación: un intento de comprender la hipercomplejidad biológica.
Este planteamiento de Gould es relevante para este argumento por dos razones.
Primero, porque desmonta desde dentro de la propia ciencia evolutiva la imagen popular —y a menudo también apologética, usada en ambos bandos del debate— del ídolo del "gen todopoderoso".
Segundo, porque plantea, sin resolverlo del todo, el problema que un reciente posible hallazgo retomará con herramientas mucho más precisas:
--- si no es el número de genes lo que genera la complejidad, ¿qué mecanismo concreto la genera?
Gould señaló la dirección correcta —las combinaciones—, pero careció, en su tiempo, de las herramientas matemáticas y computacionales para demostrarlo con precisión.
2025/2026: la transición algorítmica y el salto de la célula eucariota
ResponderEliminarUn cuarto de siglo después de la intuición de Gould, un equipo internacional con notable presencia española —Enrique Muro, Fernando Ballesteros, Bartolo Luque y Jordi Bascompte, procedentes de campos tan distintos como la física, la bioinformática y la ecología— publicó en marzo de 2025 en la revista PNAS (Actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos) un trabajo que en marzo de 2026 recibió el Premio Cozzarelli, uno de los reconocimientos más prestigiosos de esa misma Academia, correspondiente a las mejores investigaciones publicadas el año anterior.
Los autores analizaron un conjunto muy amplio de datos genéticos —más de 33.000 genomas, con un análisis central centrado en cerca de 6.500 especies repartidas por todo el árbol de la vida— y descubrieron algo inesperado:
--- aunque los genes crecen en longitud a medida que aumenta la complejidad de un organismo, las proteínas que esos genes fabrican no lo hacen indefinidamente.
A partir de una longitud media aproximada de 500 aminoácidos, el crecimiento de las proteínas se estabiliza, mientras que los genes que las producen siguen alargándose por otra vía: incorporando cada vez más secuencias que no fabrican proteínas directamente.
Los autores "interpretan" este freno como un límite de tipo computacional: seguir buscando, por "ensayo evolutivo", proteínas cada vez más largas se vuelve progresivamente más costoso y difícil de explorar.
A esto lo llaman una "transición de fase algorítmica evolutiva". Es una imagen tomada de la informática, no un límite físico de fabricación —proteínas más largas que 500 aminoácidos existen y funcionan perfectamente—; lo que se estabiliza es la tendencia media a lo largo de la evolución, no el límite absoluto de lo posible.
Este freno coincide, según los propios autores, con el periodo asociado a la aparición de la célula eucariota, el tipo de célula con núcleo que dio origen, mucho después, a hongos, plantas y animales —un proceso que la biología explica desde hace décadas mediante la "teoría endosimbiótica" (no probada) de Lynn Margulis, la fusión de un linaje arqueano y uno bacteriano—.
El estudio de 2025 no pretende demostrar ese mecanismo de fusión, que sigue siendo objeto de investigación en sus detalles; lo que aporta es una explicación complementaria de por qué, en ese momento, la arquitectura genética cambió de estrategia.
Más o menos: los biólogos siguen dando palos de ciego a la hipercomplejidad biológica, y buscan mecanismos para entender lo que es realmente de lo más complejo del universo, la vida.
Cómo lo hizo la célula: el "ADN basura" que resultó no serlo
ResponderEliminarDurante décadas, buena parte del genoma humano —hasta un 98%— fue calificada de "ADN basura": secuencias que no fabrican proteínas y a las que, durante años, no se les atribuyó ninguna función relevante. Pues cambio de música y letra.
El trabajo de 2025 aporta una pieza importante para entender por qué esa etiqueta era engañosa, aunque conviene distinguir aquí entre lo que el artículo demuestra con datos y lo que sus propios autores explican, de forma más narrativa, para hacer comprensible su hallazgo al público general.
Lo que el artículo demuestra con datos es que, a medida que evolucionan los organismos eucariotas, sus genes siguen alargándose, pero ese alargamiento ya no se traduce en proteínas más largas: se traduce, en cambio, en un aumento de secuencias no codificantes —los llamados INTRONES— dentro de esos mismos genes.
Lo que uno de los autores, Jordi Bascompte, explica de forma divulgativa es el porqué probable de ese cambio: en el proceso —descrito desde hace décadas por la teoría endosimbiótica de Lynn Margulis— por el que se formó la primera célula eucariota mediante la integración de un linaje arqueano y uno bacteriano, este último aportó una serie de genes que, al quedar integrados en el nuevo organismo conjunto como la futura mitocondria, se volvieron redundantes en su forma original.
Según esta explicación, ese material redundante habría sido la base sobre la que se construyeron los primeros intrones.
Es una hipótesis razonada y coherente con el resto del estudio, pero corresponde a la interpretación explicativa del autor, no a un paso ya demostrado punto por punto en el artículo.
Sea cual sea el detalle exacto de ese mecanismo —todavía objeto de investigación—, el resultado que si queda establecido con datos es este:
--- ese material no codificante se convirtió en la base de un nuevo sistema de regulación, que permite que un mismo gen, combinado de formas distintas según el momento y el tejido, produzca proteínas distintas sin necesidad de fabricar proteínas cada vez más largas.
Es, en cierto sentido, un principio parecido al de un compositor que, con un número limitado de notas, escribe sinfonías de complejidad prácticamente ilimitada variando el orden y la combinación.
Lo relevante para nuestro argumento es esto: la información que hace posible la complejidad de un ser humano no reside únicamente en la secuencia lineal de los genes que fabrican proteínas —el llamado ADN codificante—
sino en un segundo nivel de organización regulador, distribuido por buena parte del genoma, que decide cuándo, cómo y con qué otras piezas se combina cada gen. Este segundo nivel no es un gen adicional escondido: es una propiedad de la CÉLULA como sistema completo, no de ninguna de sus partes tomada por separado.
El artículo está aquí: pnas.org/doi/10.1073/pnas.2422968122?utm_source=chatgpt.com
La ciencia funcionando con honestidad: las objeciones al propio hallazgo
ResponderEliminarUn rasgo que distingue el conocimiento científico riguroso de la propaganda —sea del signo que sea— es que un hallazgo notable no se acepta sin discusión, ni siquiera cuando recibe un premio de la Academia Nacional de Ciencias. Conviene, por tanto, exponer también las objeciones que otros científicos plantearon al trabajo de 2025, porque son ellas las que dan credibilidad al conjunto del argumento y evitan caer en el mismo simplismo que se está criticando.
El genetista Antonio Salas, de la Universidad de Santiago de Compostela, reconoce el atractivo intelectual de la propuesta, pero recuerda una objeción clásica de Gould aplicada ahora contra sus propios continuadores:
--- describir qué combinaciones son posibles no explica por qué la evolución tomó un camino concreto y no otro entre todos los posibles.
Advierte del riesgo de sustituir un reduccionismo —el genético— por otro de tipo matemático o informático.
La catedrática de Genética Gemma Marfany, de la Universidad de Barcelona, valora el trabajo como un buen punto de partida, pero señala una laguna importante:
--- no explica con suficiente detalle de dónde salieron esos intrones que resultaron tan útiles.
Según su lectura, esas secuencias probablemente proceden de elementos genéticos parásitos que, en algún momento de la historia evolutiva, quedaron integrados y domesticados dentro del genoma, un proceso que tiene un coste energético considerable y que el estudio no aborda del todo.
El investigador Lluis Montoliu, del Centro Nacional de Biotecnología, destaca en cambio el valor del giro conceptual:
--- pasar de considerar el ADN no codificante como basura a entenderlo como un sistema de interruptores genéticos que multiplica la complejidad sin necesidad de más genes.
El matemático y físico Francis Villatoro es el más escéptico: considera que la conclusión de una auténtica "transición de fase algorítmica" es una afirmación más fuerte de lo que los datos permiten sostener, y sugiere que el patrón observado podría explicarse por causas más sencillas, sin necesidad de un marco tan ambicioso.
Esta discusión, lejos de debilitar el argumento de este artículo, lo refuerza: demuestra que la pregunta
--- "¿basta el gen para explicar la vida?"
sigue abierta en el corazón mismo de la ciencia contemporánea, y que la respuesta —sea cual sea— no puede ser tan simple como "todo está en el ADN".
Como se ve bien, al menos recientes investigaciones hablan ya de la necesidad de considerar la dupla GEN-CÉLULA, pero aún dentro de una simplicidad explicativa muy primitiva de ciencia biológica que justo empieza a encontrar otros posibles mecanismos de desarrollo biológico: el referido gen-célula.
Qué significa esto, y qué no significa, para el debate sobre el neodarwinismo
ResponderEliminarLlegados a este punto conviene ser especialmente cuidadosos, porque es aquí donde con más frecuencia se produce el salto argumental que debilita —en lugar de fortalecer— la crítica al reduccionismo genético.
Lo que el recorrido de Gould a 2025 demuestra con solidez es esto:
--- el modelo popular según el cual cada rasgo de un ser vivo corresponde a un gen específico, y la suma de genes explica linealmente al organismo completo, es una simplificación superada por la ciencia actual.
La información biológica relevante no reside solo en la secuencia genética, sino en niveles de organización superiores —la regulación, la combinación, la arquitectura celular— que no pueden reducirse a la simple lista de genes.
Conviene precisar, con la misma honestidad que hemos aplicado a lo largo de todo el artículo, que el estudio de 2025 no demuestra que hubiera predicho esto Gould, ni lo cita como antecedente directo: lo que existe entre ambos es una afinidad conceptual —una intuición de 2001 confirmada, con mecanismo y datos concretos, un cuarto de siglo después—, no una línea de continuidad demostrada por los propios autores.
Lo que este mismo recorrido no demuestra, y conviene no forzarlo a decir más de lo que dice, es que exista una inteligencia diseñadora detrás de esa organización: el diseño inteligente, que remite a Dios. El miedo de todo investigador es hacer referencia a la existencia de Dios en la Creación del mundo biológico y humano, por conocidos motivos extracientíficos: filosofía atea, agnóstica, antiteísta, materialista, racionalista, inmanentista.
Ni Gould ni los autores del estudio de 2025 defienden esa conclusión; al contrario, explícitamente sostienen que su trabajo se mueve dentro de un marco plenamente natural, y que complementa —no sustituye— al modelo evolutivo, señalando límites físicos y computacionales adicionales al azar y la selección, no una alternativa a ellos. No pueden ir más lejos que acatar el "dogma religioso" de la evolución tal como se plantea hoy día, la evolución sintética postdarwinista.
La distinción es importante para cualquier lector que se acerque a este tema desde una perspectiva religiosa o filosófica: el hallazgo es útil como argumento sólido contra el reduccionismo genético simplista —esa idea, muy extendida y en el fondo poco científica, de que "todo está en los genes"—, pero no constituye, por sí mismo, una prueba científica de diseño inteligente.
Usarlo como tal sería cometer, en sentido inverso, el mismo error de exceso de confianza que se critica en el reduccionismo genético: pretender que un solo nivel de explicación —ahora la arquitectura celular en vez del gen— agota por completo la cuestión.
Lo que sí queda establecido, con solidez y desde el corazón mismo de la ciencia actual, es que la pregunta sobre qué explica realmente la complejidad de la vida sigue genuinamente abierta, Y MUY IMPORTANTE: que reducirla al gen aislado es, hoy, una posición científicamente superada.
Cierre y enlace con las demás objeciones (Behe, complejidad irreductible, Salet)
ResponderEliminarEste recorrido —de Gould al hallazgo de 2025 premiado en 2026— constituye la columna vertebral más sólida y mejor documentada de todo el argumento contra el reduccionismo genético del neodarwinismo divulgativo.
A partir de aquí, el artículo puede abrir la puerta a las demás objeciones: la frontera entre microevolución y macroevolución que plantea Michael Behe, el argumento de la complejidad irreductible, o el célebre cálculo probabilístico de Georges Salet
pero conviene presentarlas con el mismo cuidado metodológico empleado aquí: distinguiendo siempre entre el dato biológico contrastado, la interpretación científica todavía en debate, y la lectura filosófica o teológica que el lector pueda extraer de ambas, sin confundir los tres planos entre sí.
La frontera micro/macroevolución: el argumento de Michael Behe
ResponderEliminarMichael Behe, bioquímico de la Universidad de Lehigh (Pensilvania), es una de las voces más citadas dentro del movimiento del diseño inteligente.
En su libro Darwin Devolves (2019), plantea una distinción que conviene exponer con precisión antes de valorarla:
--- la selección natural y las mutaciones aleatorias, sostiene, sí son capaces de generar cambios dentro de una misma especie o entre especies próximas —la variedad de razas de perros, la resistencia bacteriana a antibióticos, el pico de los pinzones de Darwin—, pero no serían capaces de originar estructuras completamente nuevas ni de dar el salto entre grandes categorías taxonómicas —de un tipo de familia biológica a otra—.
A esta distinción se la conoce en el debate como la separación entre microevolución (cambios dentro de un grupo cercano, observados y bien documentados) y macroevolución (la aparición de novedades estructurales mayores a lo largo de largos periodos de tiempo, no observada directamente sino inferida). Behe no niega que existan ambos fenómenos; lo que niega es que el segundo pueda explicarse por acumulación del primero.
Conviene ser precisos en lo que esto significa y en lo que no. Behe no está afirmando que la Tierra tenga pocos años, ni que las especies no cambien con el tiempo: acepta el parentesco evolutivo entre especies y la antigüedad del planeta.
Su objeción es más concreta y, por eso mismo, más discutible con precisión: sostiene que existe una especie de techo, un "borde de la evolución" (the edge of evolution, título de un libro suyo anterior, de 2007), más allá del cual el mecanismo darwinista clásico —mutación al azar más selección— dejaría de ser suficiente.
La objeción de la comunidad científica mayoritaria a esta tesis no es que la macroevolución esté demostrada paso a paso en cada caso —sería deshonesto decir eso—, sino que la separación tajante entre micro y macroevolución que propone Behe no tiene, hasta ahora, un criterio objetivo y medible que diga dónde exactamente se sitúa esa frontera.
La biología evolutiva actual entiende la macroevolución como el resultado acumulado, a lo largo de millones de años, de los mismos procesos que producen la microevolución, sumados a mecanismos adicionales —duplicación de genes, aislamiento geográfico, cambios en el desarrollo embrionario— que actúan sobre escalas de tiempo mucho mayores que las que un ser humano puede observar directamente. La cuestión de fondo, todavía debatida con rigor en ambos sentidos, es si esa acumulación basta realmente para explicar los grandes saltos, o si hace falta algo cualitativamente distinto, como sostiene Behe.
Para el lector de Germinans Germinabit, el valor de este argumento no está en que sea una prueba concluyente —no lo es, ni en un sentido ni en otro—, sino en que señala honestamente una zona donde la evidencia directa es más débil que en la microevolución, y donde el debate científico legítimo sigue abierto, sin que reconocerlo implique automáticamente aceptar el diseño inteligente como única alternativa. Es decir, que el diseño inteligente ha dado una buena zancadilla a los evolucionistas.
La complejidad irreductible: el argumento y su objeción principal
ResponderEliminarEl segundo argumento de Behe, más antiguo y más citado, es el de la complejidad irreductible, formulado en su libro Darwin's Black Box (1996).
Su estructura lógica es sencilla de seguir:
hay sistemas biológicos compuestos por varias partes que dependen unas de otras para funcionar; si se elimina cualquiera de esas partes, el sistema completo deja de funcionar;
por tanto, razona Behe, un sistema así no pudo formarse mediante pequeños cambios acumulados uno a uno, porque cada etapa intermedia, al carecer de alguna pieza, habría sido inútil y no habría tenido ninguna ventaja que la selección natural pudiera favorecer.
Los ejemplos que Behe propone son conocidos: el flagelo bacteriano —una especie de motor giratorio microscópico que permite a ciertas bacterias desplazarse—, el sistema de coagulación sanguínea, el sistema inmunitario, o el mecanismo del ojo.
En todos ellos, sostiene, hace falta que múltiples piezas encajen simultáneamente para que exista alguna función.
La objeción científica más sólida a este argumento —y conviene exponerla con el mismo cuidado con que se ha expuesto el argumento mismo— se llama exaptación o cooptación funcional: la idea de que una estructura compleja actual pudo formarse a partir de piezas que, en algún momento anterior de su historia evolutiva, cumplían una función distinta y más sencilla, y que solo después, al combinarse de una manera nueva "mágica", adquirieron la función que hoy observamos.
El caso mejor estudiado es precisamente el flagelo bacteriano: varias de sus proteínas guardan un notable parecido con las de un sistema bacteriano distinto, el llamado sistema de secreción tipo III, que las bacterias usan para inyectar toxinas en otras células, no para desplazarse. La hipótesis, respaldada por comparaciones moleculares, es que ambos sistemas comparten un origen común y que las piezas se reutilizaron y reorganizaron a lo largo del tiempo, en vez de aparecer todas a la vez desde cero.
Esta objeción no cierra completamente el debate, y sería intelectualmente deshonesto presentarla como una refutación definitiva: para que la exaptación explique realmente un sistema concreto, hace falta reconstruir con evidencia molecular la ruta histórica pieza por pieza, y eso no se ha logrado con el mismo nivel de detalle en todos los sistemas que Behe menciona. Ni lo contrario: no se ha probado cómo se pasó del sistema de secreción al de propulsión.
Lo que sí es exigible, en buena lógica, es que el argumento de la complejidad irreductible, para tener fuerza plena, necesitaría demostrar que ninguna ruta evolutiva alternativa es posible —no solo que la ruta gradual "obvia" no funciona—, y esa demostración negativa completa no se ha hecho ni en un sentido ni en el otro: es decir, que no se sabe cómo el sistema de secreción pasó a ser, en un momento mágico, de propulsión con sus propios mecanismos específicos. Para Behe es diseño inteligente, para los opositores, un mecanismo desconocido.
El cálculo probabilístico de Georges Salet y su límite
ResponderEliminarEl biólogo y matemático francés Georges Salet, en su obra Hasard et certitude (1972), escrita como respuesta al célebre libro de Jacques Monod El azar y la necesidad (1970), intentó demostrar matemáticamente que la probabilidad de que la vida compleja surgiera por mutaciones al azar era tan extraordinariamente baja —del orden de una posibilidad entre diez elevado a cien, según sus cálculos— que no habría existido tiempo geológico suficiente, ni siquiera en los miles de millones de años transcurridos desde el origen de la vida, para que apareciera un solo organismo complejo por esa vía.
Este argumento sigue citándose con frecuencia en la literatura sobre diseño inteligente, y conviene entender exactamente qué calcula y qué no calcula.
El cálculo de Salet parte de un modelo en el que la evolución tendría que producir, en un único suceso o en una serie de sucesos completamente independientes entre sí, la secuencia genética final y funcional de un organismo complejo, como si se tratara de una lotería en la que hay que acertar de una sola vez todos los números.
La objeción que la biología evolutiva plantea a este tipo de cálculo —formulada de manera muy conocida por Richard Dawkins con la imagen del "monte improbable"— es que la evolución no funciona así.
No busca, de un solo salto, el resultado final entre un número astronómico de combinaciones posibles; avanza mediante pequeños cambios acumulativos, cada uno de los cuales, si aporta alguna ventaja aunque sea mínima, queda fijado por la selección natural antes de que se produzca el siguiente cambio.
La diferencia entre calcular la probabilidad de acertar un número de lotería de cien cifras de una sola vez, y calcular la probabilidad de llegar a ese mismo número sumando y conservando un dígito acertado cada vez, es una diferencia de muchos órdenes de magnitud: la segunda es mucho más plausible que la primera, aunque el resultado final —el mismo número— sea idéntico en ambos casos.
Bien mirado, otro acto de mágica fe por parte de Dawkins, pues sabe que un organismo con un pequeño cambio evolutivo es muy frágil: primero ha de nacer, luego no ser devorado hasta el momento fértil, después que su descendencia no sea devorada o destruida por un evento catastrófico, y luego diversos obstáculos biológicos más (depredadores, contaminación, accidentes)...
Esto no significa que el cálculo de Salet carezca de todo valor: sigue siendo una objeción legítima contra los modelos de evolución que subestiman la dificultad de generar información funcional nueva por azar puro, sin ningún mecanismo acumulativo de por medio.
Pero, presentado sin ese matiz —como si demostrara la imposibilidad de la evolución gradual acumulativa, y no solo de la generación instantánea—, el argumento resulta más débil de lo que parece a primera vista, y un lector con formación científica lo detectará de inmediato como el punto más vulnerable de la argumentación si no se explicita esta distinción.
Aunque Salet sigue teniendo razón estadística: al simple azar, esta explicación evolutiva de mutación aleatoria favorable acumulativa es absolutamente imposible.
La célula, la unidad más pequeña del universo más compleja: qué es dato y qué es interpretación
ResponderEliminarEmpecemos por lo que sí se puede afirmar con solidez numérica, sin necesidad de matizarlo más.
Por tamaño, la célula eucariota mide entre 10 y 30 micras (0,01-0,03 mm) de media. Es, en efecto, una de las unidades biológicas funcionales más pequeñas conocidas capaces de sostener vida autónoma con núcleo diferenciado.
Por número de componentes, las cifras que se manejan son del orden de magnitud correcto:
- un cuerpo humano adulto contiene aproximadamente 7×10²⁷ átomos (una cifra que coincide con estimaciones estándar de física y bioquímica, comparable, como bien apunta el texto, al número de Avogadro —6,022×10²³— multiplicado muchas veces)
- distribuidos en decenas de billones de células
- cada una de las células con miles de millones de moléculas organizadas con precisión.
Esto es terreno firme: nadie discute, ni el biólogo evolutivo más convencido de un darwinismo estricto, que la densidad de organización funcional dentro de una célula —su metabolismo, su reparación del ADN, su transporte molecular, su comunicación intercelular— no tiene equivalente conocido en ningún sistema no vivo de tamaño comparable. Esa es una observación empírica razonable y ampliamente compartida.
La célula es la estructura más compleja del universo conocido, absolutamente nada más se le parece, que conviene señalar con precisión, no para descartarla, sino para usarla bien: es una afirmación universal negativa —"no existe nada comparable en ningún lugar del universo"— que, por su propia naturaleza, es de verificación negativa: no se ha encontrado nada, y si existe, ni se ha descubierto ni se entiendo cómo podría ser.
No es que sea falsa; es que pertenece a otra categoría de afirmación, la de "lo que no hemos encontrado nada parecido hasta ahora", que es epistemológicamente distinta de "hemos demostrado que no puede existir nada parecido". Esta distinción es exactamente la misma que hemos aplicado en los bloques 8, 9 y 10 a Behe y a Salet: una laguna de conocimiento no es, por sí sola, una prueba positiva de otra cosa.
Las consecuencias para la evolución y el juego GEN-CÉLULA son, básicamente estas cinco, en orden de aparición:
1. Que si el ADN solo tiene entre 20.000 y 25.000 genes, y la célula despliega una complejidad de ese orden, el gen es informativamente insuficiente para "contener" semejante organización —el argumento que ya hemos tratado a fondo.
2. Que la probabilidad de que tal organización surgiera por mutación aleatoria y selección es estadísticamente nula en el tiempo geológico disponible —el argumento de Salet, irrefutable.
3. Que existen mecanismos biológicos (flagelo, coagulación, sistema inmunitario) cuya aparición gradual sería imposible sin una intervención abrupta y dirigida —la complejidad irreductible, como dijo Behe.
4. Que el ajuste fino de las constantes físicas del universo permite, precisamente, que emerja esta complejidad extraordinaria —el principio antrópico y el argumento del diseño, que en el esquema original aparecen unidos a la célula eucariota como su culminación material—.
5. Que, por todo lo anterior, la explicación más razonable es un diseño inteligente deliberado, tanto de la materia como de la vida, desarrollado a través de un sistema muy complejo de leyes biológicas, muchas de ellas ignotas.
La evaluación honesta, coherente con todo lo trabajado hasta aquí, es esta: los puntos 1 y 2 son objeciones legítimas al modelo popular simplificado del gen, y hemos visto con el caso Gould/Muro et al. que la propia ciencia reconoce la insuficiencia del reduccionismo genético —aunque resuelta de forma naturalista, no por diseño—.
El punto 3 tiene la objeción de la "mágica" exaptación, no resuelta del todo en ningún sentido.
El punto 4 pertenece ya a la cosmología y la filosofía de la naturaleza, un terreno legítimo pero distinto del biológico, que conviene no mezclar sin avisar al lector del cambio de disciplina.
Aviso a la razón materialista: Dios como explicación última
ResponderEliminarY el punto 5 —la inferencia final al diseño— es, como se ha repetido en cada bloque anterior, un paso filosófico-teológico que el dato biológico permite pero no obliga a dar: es perfectamente coherente que un lector, ante la misma evidencia, concluya que la explicación más razonable es un creador, y es igualmente coherente que otro concluya que se trata de límites del conocimiento actual que la ciencia irá cerrando con el tiempo, como ya ha ocurrido antes con otras "lagunas" que parecían insalvables y dejaron de serlo. Un aviso a "científicos-filósofos materialistas y ateos": Dios sigue como explicación última y necesaria del Universo.
A los científicos y filósofos que sostienen que el universo se explica por sí mismo, sin necesidad de causa última, conviene recordarles algo que ni la genética, ni la física computacional, ni la astrobiología han logrado desplazar en ningún momento de este recorrido: cada vez que la ciencia cierra una laguna, abre otra más profunda.
Del gen se pasó a la célula como sistema; de la célula, al límite computacional de las proteínas; de ahí, al origen mismo de la información que hace posible que exista organización y no solo caos.
En ningún punto de este descenso hacia lo más pequeño la explicación se agota en la propia materia. Dios sigue siendo, para quien mira con honestidad intelectual el conjunto de esta cadena, la explicación última y necesaria del universo: no como un tapón provisional a la espera de que la ciencia lo sustituya, sino como el fundamento sin el cual ni el gen, ni la célula, ni las constantes físicas que hacen posible que haya genes y células, tendrían por qué ser inteligibles en absoluto.
Con este punto de partida, ahora se puede ascender de escala: de la célula al universo entero que la hace posible.
Por micras, la célula eucariota —repetimos aquí lo ya establecido en el bloque anterior— es, dentro de lo que la ciencia conoce, la unidad funcional más pequeña con ese grado de organización. Por número de átomos y moléculas —del orden del número de Avogadro multiplicado muchas veces sobre sí mismo—, ninguna estructura de tamaño comparable exhibe una densidad de información funcional semejante. Por su funcionamiento, especialización, estructura, organización, interrelación y comunicación con el conjunto del organismo, la célula no es solo pequeña y compleja: es un sistema que se regula a sí mismo, se repara a sí mismo y se comunica constantemente con miles de millones de células vecinas para sostener un organismo coherente.
Ninguno de estos hechos, tomados uno a uno, está en discusión científica; lo que está en discusión, como se ha explicado, es si de ahí se sigue necesariamente un diseñador o si es, en cambio, la ciencia todavía por hacer.
El ajuste fino del universo: qué es exactamente y qué margen de error tiene
ResponderEliminarEl ajuste fino no es una idea vaga ni una intuición religiosa proyectada sobre la física: es una constatación técnica, aceptada por la cosmología contemporánea con independencia de las creencias de quien la formule.
Se refiere al hecho de que varias constantes físicas fundamentales del universo —magnitudes que la física no explica por qué tienen precisamente ese valor y no otro— se encuentran dentro de márgenes extraordinariamente estrechos, fuera de los cuales el universo habría sido incompatible con la formación de átomos, estrellas, química compleja o vida.
Algunos ejemplos concretos, ampliamente documentados en la literatura de física teórica: si la fuerza nuclear fuerte —la que mantiene unidos los núcleos atómicos— fuera ligeramente más débil, no existirían elementos más pesados que el hidrógeno; si fuera ligeramente más fuerte, todo el hidrógeno se habría fusionado en las primeras fases del universo y no quedaría combustible para las estrellas.
La llamada "resonancia del carbono", predicha teóricamente por el astrofísico Fred Hoyle en los años cincuenta antes de ser confirmada experimentalmente, muestra que la energía interna del núcleo de carbono está ajustada con extraordinaria precisión para permitir que las estrellas lo produzcan en cantidad suficiente; sin ese ajuste concreto, el carbono —elemento base de toda la química orgánica conocida— sería extremadamente escaso en el universo.
La constante cosmológica, que regula la expansión del universo, presenta el caso más extremo: los cálculos de física teórica basados en la teoría cuántica de campos predicen, si no hay ningún mecanismo compensador desconocido, un valor muchísimos órdenes de magnitud mayor que el observado —una discrepancia calificada por algunos físicos como el peor desajuste entre teoría y observación de toda la historia de la física—; el valor real observado es, en cambio, precisamente el que permite que el universo se expanda de forma lo bastante lenta como para que se formen galaxias, estrellas y planetas, en vez de dispersarse antes de que la materia pudiera agruparse, o colapsar sobre sí misma antes de que existiera tiempo suficiente para la evolución química y biológica.
Ninguno de estos datos es discutido por la física actual como observación empírica. Lo que se discute, y es lo que desarrollamos a continuación, es su interpretación.
Qué efectos e implicaciones se siguen del ajuste fino
ResponderEliminarEl filósofo de la ciencia John Leslie, en su análisis clásico sobre este problema, propuso una clasificación que sigue siendo el mapa más útil del debate: ante un ajuste tan improbable, solo caben tres tipos de explicación —necesidad física, azar, o diseño—, y cada una tiene consecuencias distintas para el resto del razonamiento de este artículo.
La explicación por necesidad física sostendría que las constantes no podrían haber sido de otra manera: que alguna teoría física todavía no descubierta —una "teoría del todo"— demuestre que esos valores están determinados matemáticamente y no podían ser diferentes. Esta opción, hoy, es programática: ninguna teoría física actual ha demostrado tal necesidad, y buena parte de la física teórica trabaja, precisamente, sobre la base de que esas constantes son "libres" dentro de las ecuaciones conocidas hasta ahora.
La explicación por azar recurre a la hipótesis del multiverso: si existieran muchísimos universos —quizá infinitos— con constantes físicas distintas en cada uno, no sería sorprendente que, por pura estadística, alguno de ellos —el nuestro— tuviera las condiciones adecuadas para la vida, simplemente porque solo en esos universos habría observadores capaces de constatarlo. La implicación de fondo de esta explicación es importante: traslada el ajuste fino desde "algo que exige una causa" a "algo que se explica solo por selección observacional dentro de un conjunto suficientemente grande de posibilidades". Su principal debilidad, ya señalada, es que ningún experimento ha detectado ni puede detectar, con la física actual, la existencia de esos otros universos: es una hipótesis coherente pero no verificable, lo cual la sitúa, en rigor metodológico, fuera del terreno de lo estrictamente demostrado —ni más ni menos que la explicación del diseño.
La explicación por diseño sostiene que la precisión del ajuste, sin necesidad física demostrada ni multiverso observable, apunta más razonablemente a una causa inteligente que estableciera deliberadamente esas condiciones con vistas a un resultado —la existencia de vida y de observadores conscientes—. Esta es la lectura que defiende tradicionalmente el argumento físico-teológico o argumento del diseño, ya mencionado en bloques anteriores del artículo.
La consecuencia metodológica más honesta de este bloque, coherente con todo lo trabajado hasta ahora, es esta: el ajuste fino traslada la pregunta sobre el origen de la vida —tratada a nivel biológico y celular— a un nivel todavía más fundamental, el de las propias leyes que hacen posible que exista algo parecido a una célula, a un átomo estable o a un universo capaz de sostener evolución alguna.
Ninguna de las tres explicaciones está hoy demostrada por encima de las otras dos; lo que sí está fuera de discusión es que el problema es real y que la física seria lo reconoce como tal, con independencia de qué explicación se prefiera, pero la hipótesis de Dios es la única que satisface el diseño inteligente desde lo más pequeño -el átomo y la célula eucariota- a los más grande -el planeta, la galaxia, el cosmos-.
Exobiología confirmada: distinguir los escenarios posibles antes de sacar consecuencias
ResponderEliminarAntes de preguntar qué implicaría hallar vida extraterrestre "equivalente a la de la Tierra", es necesario precisar qué tipo de hallazgo estamos imaginando, porque cada escenario tiene un peso argumental completamente distinto, y confundirlos —error muy frecuente en la divulgación sobre este tema— debilita el argumento en vez de reforzarlo.
Escenario 1 — Vida microbiana simple, de química desconocida o distinta a la terrestre. Sería un hallazgo históricamente enorme, pero aportaría relativamente poco al argumento central de este artículo: mostraría que la aparición de vida simple no es exclusiva de la Tierra, lo cual es compatible tanto con una explicación puramente naturalista —si las condiciones químicas básicas se repiten, la química orgánica simple podría surgir con cierta frecuencia— como con una lectura providencialista.
Escenario 2 — Vida microbiana basada en el mismo código genético que la terrestre (ADN-ARN, los mismos veinte aminoácidos, el mismo código de traducción). Este escenario tendría mucho más peso, porque el código genético terrestre, entre las combinaciones químicamente posibles, no es la única solución imaginable para almacenar y transmitir información hereditaria. Si se encontrara el mismo código exacto en otro mundo sin conexión física con la Tierra —descartada la hipótesis de la panspermia, es decir, del transporte de vida entre planetas por meteoritos u otros medios—, sería un indicio muy fuerte de que ese código no es una entre muchas soluciones azarosas igualmente probables, sino la solución hacia la que converge la química orgánica bajo determinadas condiciones, sea por necesidad física, sea por diseño.
Escenario 3 — Vida celular compleja, de tipo eucariota o equivalente funcional, con especialización tisular y sistemas nerviosos. Este escenario reforzaría de manera muy directa el argumento desarrollado en este artículo: si el "salto" hacia la complejidad celular que costó a la Tierra unos 2.000 millones de años se repitiera de forma independiente en otro planeta, reforzaría la interpretación de que dicho salto no es un accidente estadístico extremadamente improbable, sino el resultado de una restricción o tendencia más profunda del propio universo físico.
Escenario 4 — Inteligencia comparable a la humana, capaz de razonamiento abstracto, lenguaje simbólico y, eventualmente, de plantearse preguntas religiosas o metafísicas. Este es el escenario de mayor calado, y el único que introduce consecuencias que desbordan la biología y entran directamente en el terreno teológico, como se desarrolla en el bloque siguiente.
Qué efectos tendría cada escenario, incluidas sus consecuencias teológicas
ResponderEliminarPara el debate sobre el mecanismo de la evolución —el hilo conductor de todo este artículo—, los efectos de cada escenario, si se confirmara, serían gradualmente más profundos:
Los escenarios 1 y 2 debilitarían, en distinta medida, el argumento probabilístico de Salet: si la vida, o incluso el código genético concreto que conocemos, aparece más de una vez en el universo de forma independiente, el cálculo de una probabilidad extremadamente baja para su aparición en la Tierra perdería fuerza como argumento aislado, porque lo que parecía un suceso único e improbable pasaría a ser, cuando menos, un patrón repetible en el cosmos.
Esto no demuestra el azar puro —podría deberse igualmente a una necesidad física no aleatoria, o a un diseño que se repite deliberadamente en distintos mundos—, pero sí obligaría a abandonar la formulación más simple del argumento de la improbabilidad.
El escenario 3 reforzaría, como ya se ha dicho, la lectura de que existen restricciones profundas —físicas, químicas o teleológicas, según la interpretación que se prefiera— que canalizan la evolución hacia ciertos resultados y no hacia una variedad ilimitada de posibilidades igualmente probables. Es el argumento de la "evolución convergente", y que, confirmado empíricamente, sería uno de los datos más fuertes disponibles contra el modelo de la evolución como proceso puramente contingente y no dirigido, tal como lo formuló Stephen Jay Gould con su célebre imagen de que si se "rebobinara la cinta de la vida" el resultado sería, cada vez, completamente distinto.
El escenario 4 —inteligencia comparable a la humana— es el que exige mayor cuidado, porque aquí el artículo entra en un terreno donde la propia teología católica tiene una discusión abierta y no resuelta con un magisterio definitivo. La pregunta central, formulada ya por pensadores como C. S. Lewis en el siglo XX, es esta: si existieran criaturas racionales en otros mundos, ¿en qué relación estarían con la Redención de Cristo, entendida en la teología clásica como un acontecimiento único, histórico e irrepetible, obrado específicamente para la humanidad caída?
Las respuestas teológicas posibles —que Cristo se encarnó una sola vez y su redención alcanza a toda criatura racional del universo; que existirían encarnaciones o economías de salvación distintas para cada mundo; que otras criaturas racionales, de existir, no habrían caído y no necesitarían redención— son todas compatibles con la ortodoxia católica en la medida en que ninguna ha sido definida dogmáticamente, precisamente porque la cuestión nunca se ha planteado con datos reales sobre la mesa.
Conviene que este artículo lo señale con esa misma prudencia: no es una pregunta cerrada por el Magisterio, y cualquier respuesta categórica que el autor ofrezca debe presentarse como reflexión teológica razonada, no como doctrina.
La conclusión de este bloque, y de los dos que le preceden, es la misma que ha guiado todo el artículo: el dato empírico —confirmado o hipotético— abre preguntas legítimas y a veces profundas, pero no cierra por sí solo el debate filosófico y teológico que se construye sobre él; ese cierre, en cualquiera de las dos direcciones, sigue siendo tarea de la razón y de la fe, no de la sola observación.
Conclusión: de la molécula a Dios, un mapa razonado
ResponderEliminarEste artículo ha recorrido una escalera de muchos peldaños, del gen al universo entero, y conviene, antes de cerrarlo, dejar visible el mapa completo con la misma disciplina metodológica que ha guiado cada bloque: separar siempre el dato contrastado, la interpretación científica todavía en debate, y la lectura filosófico-teológica que el lector puede legítimamente extraer de ambas.
Lo que queda establecido como dato firme. El modelo popular según el cual "todo está en los genes" —cada rasgo corresponde a un gen, y la suma de genes explica linealmente el organismo— es, hoy, una simplificación superada por la propia ciencia, no por sus críticos externos:
- lo reconoció Stephen Jay Gould en 2001 ante el genoma humano,
- y lo ha confirmado con mecanismo y datos concretos el estudio de Muro, Ballesteros, Luque y Bascompte en 2025, premiado por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.
La complejidad de la vida no reside en el número de genes, sino en la arquitectura reguladora de la célula como sistema completo.
Es dato, también, que la célula eucariota concentra en un volumen microscópico una densidad de organización funcional sin equivalente conocido en ningún sistema no vivo.
Y es dato, finalmente, que el universo presenta un ajuste extraordinariamente preciso de sus constantes físicas fundamentales, sin el cual ni átomos, ni estrellas, ni química orgánica, ni vida habrían sido posibles.
Lo que permanece como debate científico legítimo, no cerrado:
- La frontera entre microevolución y macroevolución que plantea Behe;
- si la complejidad irreductible de ciertos sistemas biológicos admite o no rutas evolutivas alternativas por exaptación;
- si el cálculo probabilístico de Salet, corregido por el carácter acumulativo y no instantáneo de la selección natural, sigue teniendo fuerza contra algún tipo de evolución gradual;
- si el ajuste fino del universo se explica por una física aún no descubierta, por un multiverso no observable, o por diseño;
- y si, en el terreno más especulativo de todos, la exobiología llegará algún día a ofrecer datos —hoy inexistentes, pese a indicios como el de K2-18b— que permitan discernir entre azar, necesidad física o convergencia dirigida.
En ninguno de estos puntos existe hoy una demostración concluyente en un sentido ni en el otro, y este artículo ha procurado, en cada bloque, no forzar el dato a decir más de lo que dice.
Lo que es, finalmente, una conclusión filosófico-teológica, no una demostración científica. Que detrás de esta cadena de complejidad creciente —del gen a la célula, de la célula al universo ajustado que la hace posible— haya una inteligencia creadora que lo haya dispuesto deliberadamente es una inferencia razonable, coherente con toda la evidencia expuesta, y es la que este artículo defiende.
Pero es importante, con la misma honestidad que ha exigido cada bloque anterior, reconocer su naturaleza: hoy por hoy, no es un teorema que se deduzca necesariamente de los datos, sino una lectura de esos datos, tan legítima intelectualmente como la lectura alternativa que confía en que la ciencia irá cerrando, con el tiempo, lagunas que hoy parecen insalvables, como ya ha ocurrido antes con otras que dejaron de serlo, aunque esta vía parece cada vez más "idolátricamente imposible".
La honestidad de este artículo no está en fingir que la ciencia demuestra a Dios —eso sería tan poco riguroso como pretender que lo refuta—, sino en mostrar, paso a paso, que el edificio del reduccionismo materialista que a menudo se presenta como la única lectura "científica" posible tiene, en su propio interior, grietas, lagunas y preguntas abiertas que ni el gen, ni la célula, ni el multiverso han logrado cerrar.
Ante esas grietas, la fe en un Dios creador no es una huida de la razón, sino una respuesta razonable —y, para quien esto escribe, la más razonable— a una pregunta que la ciencia, con toda su honestidad, sigue sin poder cerrar por sí sola.
Impresionante su tratado sobre la situación actual de la Evolución. A mí, como lego, lo que no me entra en la cabeza es que ninguna ciencia empírica vaya a demostrar nada de la existencia o Providencia de Dios pues está completamente fuera de su campo especulativo.
EliminarDon Silverio, que yo sepa, el Sr. Temerarius no es un Mosén.
ResponderEliminarAl 🦜 pues.
Mi más ferviente felicitación al autor de esta secuencia de 17 comentarios al artículo de hoy. Los he leído todos íntegramente, con intensidad creciente. Es la ventaja de estar en período vacacional. Y me he quedado con las ganas de emprender una segunda lectura. Muy muy recomendable, por cierto, para el gran comentarista Silveri Garrell. Aquí le dejo el final de la conclusión:
Eliminar"La honestidad de este artículo (no se refiere al de GG) no está en fingir que la ciencia demuestra a Dios —eso sería tan poco riguroso como pretender que lo refuta—, sino en mostrar, paso a paso, que el edificio del reduccionismo materialista que a menudo se presenta como la única lectura "científica" posible tiene, en su propio interior, grietas, lagunas y preguntas abiertas que ni el gen, ni la célula, ni el multiverso han logrado cerrar.
Ante esas grietas, la fe en un Dios creador no es una huida de la razón, sino una respuesta razonable —y, para quien esto escribe, la más razonable— a una pregunta que la ciencia, con toda su honestidad, sigue sin poder cerrar por sí sola." Hasta aquí, la cita.
He aprendido un montón leyendo estos comentarios, y me he afianzado en la teoría del artículo de hoy: que los que recurrimos a Dios para explicar el Universo y la Vida, los creacionistas, no estamos en inferioridad de condiciones racionales, respecto a los que recurren a "la Ciencia", cuyos boquetes son por lo menos tan importantes como los que deja la explicación creacionista.
Por favor, es obvio de quién se trata
EliminarHoy se ha pasado 40 pueblos y medio.
ResponderEliminarYo no le pido que se monte su propio blog, le pido encarecidamente que monte su propia EDITORIAL.
Si el hombre tiene casi los mismos genes que una mosca, la diferencia con el ser humano no viene de la materia o biología. Está claro lo que marca la diferencia: se trata de la creación del alma para cada ser humano cuando nace. Con el alma humana un mono aprendería a hablar en poco tiempo. Ahora , dicen, harían falta millones años. Que se los pongan donde les quepan. Además, como dice Silveri Garrell, la Tierra es muy joven. Por aquí, se termina el cuento del Evolucionismo, que sólo pretende crear ateos, y lo ha conseguido, pero se le acaba el cuento.
ResponderEliminarUna gran lección he aprendido leyendo la secuencia de 17 comentarios. La ignorancia, a la que le dejas, lo convierte todo en basura. Por ahí anduvo la calificación del 90% o algo así del genoma humano como basura. ¡Se lucieron!
ResponderEliminarY la segunda lección genial es que ni los caracteres genéticos ni las tantas letras del alfabeto o las tantas notas del pentagrama, son lo que realmente determina todos los posibles resultados. La clave para obtener excelentes obras musicales o literarias, no es aumentar las notas o las letras. Lo que al fin da lugar a las grandes creaciones tanto en música como en literatura, es la genialidad de un creador. No el número de notas o de letras. Y parece muy razonable que en genética ha de ser lo mismo.
Si detrás de la biología y la genética hay un CREADOR, es más razonable esperar resultados geniales. Como en la música y en la literatura.
Obviamente no espero que me suenen no sé de qué modo grandes composiciones musicales si no hay un genio detrás. Ni espero encontrarme por ahí no sé de qué modo un Quijote surgido por generación espontánea, si no hay tras él un genial creador: Miguel de Cervantes.