Este pasado domingo fue el día del Seminario, momento en que las diócesis ofrecen datos de sus seminarios y de las cifras de seminaristas. Aunque este año ha sido mejor que el anterior, no es ningún secreto que los números no son los deseados, pero siempre hay excepciones, aunque no solo hay que quedarse con los números fríos, porque a veces hay algunas consideraciones que hay que tener en cuenta.
Así por ejemplo la pequeña diócesis de Urgell tiene 6 seminaristas, algo que en principio parece que no está nada mal, pero solo hace falta mirar la lista oficial y observar sus nombres y apellidos para darse cuenta de que muy catalanes no parecen. Estamos hablando de Juan David Franco (Curso propedéutico), Leonel Swistoniuk (1º de Filosofía), Eudald Pérez García (1º de Filosofía), Juan Carlos Carrillo Rodríguez (2º de Filosofía), Carlos Steve Rosas (Curso de Pastoral) y Mateo Arias Arango (Curso de Pastoral).
Si desglosamos por nacionalidades 4 de ellos son colombianos, uno es argentino a pesar de que su apellido Swistoniuk hiciera pensar que fuera de un país de Este. Solo uno de ellos, Eudald, podríamos decir que es autóctono.
La diócesis de Urgell hace años, desde los tiempos del obispo Joan Martí Alanís, optó por la importación de seminaristas colombianos para paliar la crisis de vocaciones que aún se agrava en una diócesis rural con una barbaridad de pequeñas parroquias que hay que cubrir mínimamente. La experiencia ha tenido defensores y detractores, el nacional progresismo por ejemplo, siempre ha criticado esta fórmula porque considera que no se adaptan al "tarannà" catalán. De hecho, el obispo Joan Enric Vives sondeó la posibilidad de "importar" seminaristas filipinos, teóricamente más dóciles y con más fácil adaptación a la realidad catalana, pero parece que finalmente sigue predominando la cantera colombiana.
Estas fórmulas de importación de seminaristas o de vocaciones a la vida religiosa tiene sus riesgos y posibles complicaciones, pero permite atender espiritualmente a muchos fieles que de otra manera quedarían desamparados. Es una forma de tapar un problema, y a veces optando por una solución aparentemente fácil no se toma conciencia de que algo está fallando o no se han hecho las cosas suficientemente bien.
¿Qué ha pasado para que algunas diócesis de la Cataluña profunda no surjan vocaciones del territorio? No es una cuestión de culpar al nacionalismo como causa de todos los males diciendo que han convertido a sus hijos al "Dios-nació" en vez de al Dios de Jesucristo, hay bastantes más consideraciones, especialmente que un tipo de movimientos eclesiales nada progresistas, que están dando muchas vocaciones en diócesis catalanas como Barcelona o Terrassa no se encuentran presentes en esas iglesias más rurales.
Sea como sea, falta una autocrítica que analice las causas y motivos de esa falta de vocaciones y un verdadero propósito de enmienda, si no es así no queda otra que ir cerrando parroquias o "importar" seminaristas de otros continentes.
Francisco Fabra


Un buen análisis de una Iglesia que desaparece y otra que aparecerá sin ningún lugar a dudas. A ver qué parece este estudio, que desearía que fuera analizado -proviene de diferentes fuentes- porque el artículo de ayer sobre los nuevos movimientos son los que dirigirán la Iglesia en el medio plazo (quizás desde el 2030), desaparecida por estéril e inútil todo el nacional-progresismo por el hecho biológico.
ResponderEliminar- El Cuerpo Místico: diagnóstico de un equilibrio roto
La Iglesia no es un monolito sino un organismo vivo compuesto de dimensiones u órganos interdependientes (Cuerpo Místico peregrino, purgante y triunfante) y dentro de la Iglesia peregrina, hay unas seis divisiones: Jerárquica, religiosa, doméstica, carismática, misionera y catequética, que cuando funcionan armónicamente, se sostienen y potencian entre sí.
Desde el posconcilio (1970), se ha ido degradando casi del todo a favor del nacional-progresismo: independencia e izquierdismo, un momento único de la historia eclesial donde el enemigo estaba dentro mismo de la Iglesia en forma de obispos, curas, religiosos, teólogos y laicos con cargos, y que Germinans ha dado cuenta como la enfermedad del nacional-progresismo: marxismo (teología de la liberación), antifranquismo (hasta 1976), anticlericalismo anticatólico (modernismo progresista protestantizante), independentismo, Nueva Era (budismo, zen, meditación), psicologismo (mindfulness), pereza y sumisión al poder de todo tipo.
Por eso, cuando alguna de ellas se debilita o hipertrofia en detrimento de las demás, el conjunto acusa el desequilibrio. El momento presente, en Europa pero sobre todo en España, ofrece un cuadro de disociación notable entre las diferentes partes de la Iglesia. Un análisis honesto exige mirarlas una por una, pero sin perder nunca de vista sus interacciones sistémicas.
Sin duda alguna, pienso que toda la Iglesia joven de Hakuna, Effetá, Bartimeo, Emaús, Camino Catecumenal, Opus dei y otros movimientos, son los que van a liderar la próxima Iglesia quizás ya del 2030, una vez crezcan y maduren, así como fenezca, desaparezca y se extinga del todo el nacional-progresismo por fin funcional (senescencia, enfermedad) y biológico, sin dejar descendencia alguna, irrelevantes, olvidables y en la vitrina del museo de los horrores.
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I. La Iglesia jerárquica: institución sólida, carisma menguante
La Iglesia jerárquica —obispos, presbíteros, diáconos, estructuras diocesanas y parroquiales— conserva en España una infraestructura formidable: miles de parroquias, presencia en hospitales y centros educativos, interlocución con el Estado, patrimonio arquitectónico e institucional centenario.
Su solidez formal es innegable. Sin embargo, la capacidad de convocatoria real de esa estructura ha disminuido de manera sostenida. El problema no reside principalmente en la doctrina que transmite, sino en la brecha creciente entre la institución y la experiencia vital de amplias capas de la población, incluida la practicante: están distantes, e incluso no se les ve defensores de la Fé con parresía y martirio.
Muchas parroquias funcionan como centros de administración sacramental más que como comunidades de vida. La homilía media no interpela (en Cataluña es mala de remate), la catequesis prepara para los sacramentos de iniciación pero no para una fe adulta, y el acompañamiento personal es infrecuente por pura imposibilidad logística: un solo sacerdote para doce, veinte o treinta pueblos, o sirviendo a una agrupación de parroquias urbanas, no puede ejercer la paternidad espiritual que su ministerio exige.
La jerarquía gestiona bien la herencia recibida, pero genera con dificultad creciente lo que los escolásticos llamarían "novum": nuevas vocaciones, nuevas comunidades, nuevas formas de arraigo. Hay excepciones notables, obispos con genuino impulso pastoral, presbíteros con carisma evangelizador, pero no pueden considerarse la norma sistémica. Eso vendrá del novum generacional de los movimientos modernos.
El riesgo mayor de la Iglesia jerárquica en su estado actual no es el colapso inmediato, sino la museificación, ser vestigios fósiles: seguir existiendo formalmente mientras pierde densidad vital, prestigio, crédito, seminaristas, sacerdotes y templos poco a poco hasta su fin.
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II. La Iglesia religiosa: el amortiguador que se retira
La vida consagrada ha cumplido históricamente funciones que van mucho más allá de la visibilidad institucional. Las órdenes y congregaciones religiosas han sido, durante siglos, el sistema inmunitario del tejido social cristiano: los conventos y monasterios absorbían silenciosamente necesidades que ninguna otra instancia atendía.
En Cataluña la Edad de Oro de santidad, su explosión, fue en el siglo XIX, a pesar de las guerras napoleónicas, carlistas-liberales, los pronunciamientos, las revoluciones cantonales republicanas, federales, radicales y liberales, con una segunda gran eclosión de santidad en 1936-39 con el genocidio republicano rojoseparatismo de la Generalidad de la ERC de Companys y la II República del PSOE-UGT, PCE-PSUC, CNT-FAI y republicanos.
La intercesión contemplativa, sobre cuya eficacia no cabe hacer sociología pero sí teología, constituía un sustrato invisible del que se beneficiaba el conjunto del pueblo fiel. Pero también la función visible era decisiva: el convento del pueblo o del barrio ofrecía educación, acogida, servicios sanitarios, orientación espiritual y, de manera que quizás resulte contraintuitiva a ojos modernos, una presencia estabilizadora en situaciones de crisis matrimonial, familiar y vecinal.
Se observación la correlación entre presencia de vida religiosa y disminución de divorcios, dificultades juveniles o situaciones de exclusión no es anecdótica: responde a una lógica sociológica coherente. Las comunidades contemplativas y apostólicas actúan como reguladores del tejido comunitario, no solo mediante su acción directa, sino por la simple existencia de un referente de permanencia, gratuidad y trascendencia en el entorno, además del efecto místico-ascético y espiritual de las oraciones, sacrificios, misas...
Cuando ese referente desaparece —cierre de conventos, envejecimiento de comunidades, abandono de obras apostólicas, izquierdización e independentismo y nuevaeranización— el vacío no lo ocupa nadie de forma equivalente.
Los servicios sociales del Estado atienden necesidades materiales mediante funcionarios y empleados, pero no el hambre de sentido, ni la mediación espiritual en el duelo, el conflicto familiar o la búsqueda existencial.
La retracción de la Iglesia religiosa en España es uno de los fenómenos más graves del panorama eclesial actual, precisamente porque sus efectos son diferidos y difusos: no se perciben hasta que el amortiguador ya está en situación de decandencia: los religiosos son pocos, sin vocaciones, ancianos y enfermos, y además, rebeldes al catolicismo auténtico, fracasando del todo en su "renovación" de la vida religiosa.
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III. La Iglesia doméstica: el cimiento que se fisura
La familia cristiana ha sido siempre el primer seminario y el primer convento: las familias proporcionan participación sacramental y parroquial, los padres realizan donaciones y legados, y los hijos dan vocaciones seminaristas y religiosas.
La transmisión de la fe no es primariamente un asunto pedagógico ni institucional: es un asunto doméstico. Se transmite en la mesa, en la oración cotidiana, en la forma de afrontar el dolor y la muerte, en el testimonio de vida de los padres.
Cuando ese sustrato desaparece, ninguna catequesis parroquial puede compensarlo de forma suficiente. La crisis de la Iglesia doméstica en España tiene causas múltiples y bien documentadas: secularización acelerada desde los años setenta, transformación radical del modelo familiar inducido por ideologías antihumanas y antidivinas (ideología de género, feminismo, cultura de la muerte en su amplia expresión, estado ateo o de laicismo beligerante de exclusión).
También la movilidad laboral que fragmenta los contextos de transmisión intergeneracional, y un catolicismo cultural que durante décadas practicó los sacramentos como ritos de paso sociales sin anclarlos en una fe personal vivida por omisión episcopal.
ResponderEliminarPero sin duda la decadencia provino de la entrada del desastre intraeclesial es el marxismo, que considera a la Iglesia Doméstica (familias y matrimonios) como elementos de opresión y explotación.
El resultado es que una proporción creciente de familias que se consideran católicas no ora, no lee la Escritura, no habla de Dios en términos existenciales y no ofrece a sus hijos ningún modelo de vida cristiana coherente: ha nacido un católico mediocre.
En ese contexto, pedir vocaciones sacerdotales o religiosas es pedirle fruto a un árbol que no se ha regado. La Iglesia doméstica no puede, sin embargo, reconstruirse por decreto episcopal ni por programa pastoral: se reconstruye cuando los adultos que la componen han tenido ellos mismos una experiencia de conversión o de profundización en la fe. Lo cual nos remite directamente a la dimensión siguiente.
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IV. La Iglesia carismática: crecimiento real, madurez pendiente
Los movimientos de evangelización y renovación carismática constituyen hoy la zona más dinámica del catolicismo español y europeo. Su capacidad de propuesta, su sensibilidad para la experiencia personal de fe, su flexibilidad organizativa y su habilidad para crear comunidades de pertenencia significativa los convierten en los principales generadores de nuevas vocaciones, conversiones de adultos y rejuvenecimiento del tejido eclesial.
El dato es empíricamente sólido: la mayoría de las vocaciones sacerdotales y religiosas que se producen hoy en diócesis como Barcelona, Madrid o Pamplona pasan por alguno de estos movimientos o comunidades nuevas: la evidencia probatoria es inapelable, matemáticas mandan.
Diócesis como Barcelona o Terrassa cuentan con una presencia orgánica de movimientos de evangelización juvenil que funcionan como una verdadera cadena iniciática escalonada por edades:
--- Desde Bartimeo y Effetá -dispositivos de primer contacto y conversión inicial en adolescentes- hasta Emaús -consolidación existencial en jóvenes adultos- y comunidades estables de referencia como Hakuna, que ofrecen pertenencia prolongada, liturgia y acompañamiento sostenido. Y siguen el Opus Dei y el Camino Neocatecumenal.
Como diría Aristóteles: esta secuencia no crea la vocación de la nada, pero reduce enormemente la distancia entre la potencia vocacional latente en un joven bautizado y su actualización progresiva en acto: primero como fe vivida, después como discernimiento, finalmente como decisión. En términos aristotélicos, los movimientos funcionan como causa eficiente del proceso: proporcionan la experiencia intensa de fe, la comunidad de pertenencia, el testimonio cercano y el itinerario progresivo sin los cuales la potencia vocacional permanece inerte.
Si es evidente que la Iglesia carismática crece la pregunta pertinente es si su crecimiento tendrá continuidad, pues está la tensión más importante: los movimientos carismáticos tienen una tendencia estructural hacia la experiencia emotiva intensa como criterio primario, genera lo que el teólogo pastoral llama pico emocional con caída posterior: conversiones brillantes que no se consolidan porque no han sido acompañadas de una formación doctrinal sólida, de un arraigo en la liturgia clásica y de una integración real en la vida de la Iglesia local.
Pero la enseñanza que evita esto es competencia de la Iglesia Jerárquica, pero ésta parece que la ve como una competidora directa (se ve en la Nota Cor ad cor loquitur al tratarlos con displicencia): los seminarios y misiones vienen de esta Iglesia carismática universal (caso kikos), y para nada los seminarios o las parroquias de las diócesis: los obispos no convocan a ninguna oveja, estos grupos a millones. La diócesis y su obispo pasa a ser vista como un "fósil" administrativo de otra era.
La debilidad intelectual de algunos de estos movimientos es un riesgo a controlar: sin teología, sin filosofía, sin acceso a la gran tradición espiritual de la Iglesia, la experiencia carismática puede derivar hacia el pietismo superficial o hacia formas de dependencia afectiva del grupo que resultan frágiles ante la adversidad.
ResponderEliminarPero eso es responsabilidad de la Iglesia Jerárquica, que no forma a nadie, pues ni siquiera sabe qué Fé debe de enseñar (Francisco, con Amoris laetitia, Fiducia supplicans, Traditionis custodes y otros documentos, realmente ha hecho mucho daño, es un pontífice rupturista): ¿los obispos enseñan hoy en día verdadera Fé católica?
El equilibrio necesario es el que señalaba Benedicto XVI: la experiencia personal de fe es el punto de partida irrenunciable, pero debe crecer hacia la fides quaerens intellectum; de lo contrario, se agota en sí misma. Y eso es responsabilidad de muchos en la Iglesia, primero los obispos, que "saben" teología y espiritualidad, y tienen el munus de enseñanza, que no la ejercen.
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V. La Iglesia misionera: la dimensión olvidada
La dimensión ad gentes de la Iglesia española ha perdido centralidad en el imaginario eclesial ordinario. Durante décadas, la misión exterior fue uno de los vectores más fuertes de identidad católica española: órdenes misioneras, presencia en Hispanoamérica, África y Asia, y un sentido de responsabilidad universal que impregnaba la educación religiosa de generaciones.
Hoy esa conciencia misionera se ha replegado, sustituida en parte por una mentalidad pastoral defensiva centrada en la supervivencia de las estructuras existentes. Incluso los misioneros progresistas y modernistas son hostiles a la propia misión misionera: su función no es "colonialista imperial" de hacer proselitismo católico, sino desviarse a la cuestión social (teología de la liberación), indigenista popular (teología indigenista y de los pueblos y culturas) o cualquier otra falsa teología que llega a promocionar dioses locales (Pachamama).
La paradoja es que precisamente en el contexto de secularización europeo, la conciencia misionera resulta más necesaria que nunca: la nueva evangelización no es una fórmula retórica, sino el reconocimiento de que Europa ha devenido territorio de misión.
Las parroquias que conservan esta mirada misionera —que se piensan a sí mismas como enviadas más que como administradas— generan una dinámica radicalmente distinta de las que simplemente gestionan el remanente practicante. La dimensión misionera actúa, además, como vacuna contra la autocomplacencia institucional: una comunidad que se siente enviada no puede permitirse el lujo de la museificación.
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VI. La Iglesia catequizante: el eslabón roto
La catequesis es el puente entre la experiencia de fe y la comprensión de la fe. En su estado actual, la catequesis española funciona predominantemente como preparación sacramental —primera comunión, confirmación— sin continuidad posterior ni ambición formativa real, lo que da lugar a un fiel mediocre.
El resultado es una generación de bautizados que han recibido los sacramentos de iniciación pero carecen de los fundamentos doctrinales, bíblicos e históricos mínimos para sostener una fe adulta ante las preguntas que les planteará la vida.
Esto tiene consecuencias directas sobre todas las demás dimensiones: sin formación, la Iglesia doméstica no puede transmitir lo que no posee; sin formación, la Iglesia carismática permanece en la experiencia sin llegar al conocimiento; sin formación, la Iglesia jerárquica carece de laicado maduro que la sostenga y la interpele creativamente.
La renovación catequética es, quizás, la inversión con mayor rendimiento de todas las que podría acometer la Iglesia española, porque sus efectos se propagan sobre el conjunto del organismo eclesial, y muy posiblemente vendrá de todos estos nuevos grupos de jóvenes con nuevos dones, gracias y carismas.
VII. El equilibrio sistémico: interdependencia y subsidiaridad
ResponderEliminarEl análisis de cada dimensión por separado tiene utilidad diagnóstica, pero el punto más importante es la relación entre ellas. Las seis dimensiones descritas forman un sistema interdependiente en el que el debilitamiento de cualquiera de ellas impacta sobre las demás.
- La Iglesia jerárquica sin Iglesia carismática tiende a la fosilización;
- La Iglesia carismática sin Iglesia jerárquica tiende al sectarismo o a la inestabilidad doctrinal.
- La Iglesia doméstica sin Iglesia catequizante transmite una fe cultural sin contenido;
- La Iglesia catequizante sin Iglesia doméstica forma en el vacío.
- La Iglesia religiosa sin Iglesia misionera se clausura en sí misma;
- La Iglesia misionera sin el sustento contemplativo de la vida religiosa se agota pastoralmente.
La Iglesia peregrina sin tener en cuenta a la real Iglesia Purgante y Triunfante, ni la acción de los ángeles y demonios (angeología y demonología), dan una Iglesia absolutamente empobrecida y oscurecia, pasa a ser una ONG.
El principio de subsidiariedad sugiere que cada dimensión debe cumplir su función propia sin invadir las de las demás ni delegar en ellas lo que le corresponde.
La crisis vocacional de la Cataluña interior -o de cualquier territorio análogo- es el síntoma visible de un desequilibrio sistémico en el que varias de estas dimensiones han fallado simultáneamente.
No hay solución parcial para un problema estructural. La recuperación vendrá de la reconstrucción paciente de todas las dimensiones en su articulación orgánica: comunidades vivas que alimenten familias creyentes, que sostengan la vida consagrada, que interpelan a la jerarquía, que forman intelectualmente a sus miembros y que se saben enviadas al mundo. Y sin duda, el único futuro viene de esos nuevos movimientos, que con seguridad van a usar la razón y la doctrina recta y verdadera, pues hoy, gracias a la IA, el conocimiento es universal y gratuito.
Y gracias a Dios, se nos va falleciendo toda la generación de la Iglesia nacional-progresista: ya nadie queda tener influencia proactiva ni para recordar nada de los 1960-1970, y menos ya los 1930-1950.
VIII. La Iglesia capturada por el marxismo
ResponderEliminarEl marxismo que penetró en sectores del clero catalán de los setenta no era el marxismo soviético ortodoxo, sino el marxismo gramsciano y el marxismo de la Teología de la Liberación, mucho más sofisticado y por ello más eficaz como instrumento de captura cultural.
El esquema conceptual que se introduce es claro y devastador en sus consecuencias pastorales:
La familia y el matrimonio no son entendidos como Iglesia doméstica, célula primaria de la comunidad cristiana, sustrato de la transmisión de la Fé. Son vistos como superestructura ideológica que reproduce las relaciones de poder del sistema capitalista-heteropatriarcal.
Aceptada esta categoría, el esfuerzo pastoral por fortalecer el matrimonio y la familia deja de tener sentido: estaría al servicio de la opresión. El resultado práctico fue que amplios sectores del clero catalán dejaron de predicar sobre el matrimonio, la castidad, la familia numerosa o la apertura a la vida, no por cobardía individual solamente, sino por convicción ideológica: consideraban que hacían el juego al sistema. Se produjo un efecto paradójico: el primer enemigo de la Iglesia Católica fue la misma Iglesia Católica (Jerarquía, párrocos, teólogos, religiosos, obispos)
La Iglesia jerárquica misma fue vista como estructura de dominación: reproduce el poder, sanciona religiosamente la desigualdad, domestica a los pobres con el opio de la promesa escatológica. El efecto lógico de esta premisa, la clave gramsciana, no es el abandono de la institución sino su transformación desde dentro: ocupar seminarios, facultades de teología, delegaciones pastorales y estructuras diocesanas para reorientarlas hacia el nuevo proyecto. Gramsci lo formuló con precisión para el ámbito cultural en general; la aplicación eclesial es perfectamente análoga.
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Efectos concretos y medibles
Las consecuencias de esta captura ideológica son identificables con precisión en varias dimensiones:
1. En la formación sacerdotal, los seminarios catalanes de los setenta y ochenta acusaron la entrada masiva de teología progresista en los planes de estudio, con desplazamiento correlativo de la teología escolástica, la moral clásica y la espiritualidad ascética tradicional. Generaciones de sacerdotes fueron formados con categorías que les resultaba difícil predicar con convicción el depósito íntegro de la fe.
2. En la pastoral familiar, la aceptación práctica de la disidencia respecto a Humanae vitae creó una esquizofrenia pastoral duradera: la doctrina oficial de la Iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad quedó suspendida en el vacío, no refutada formalmente pero tampoco predicada, generando una generación de fieles para quienes la moral conyugal católica era algo teóricamente existente pero pastoralmente irrelevante.
3. En la relación con los movimientos eclesiales, la Iglesia catalana progresista mantuvo durante décadas una actitud de hostilidad o indiferencia hacia los movimientos de nueva evangelización —Opus Dei, Legionarios, neocatecumenado, carismáticos, Comunión y Liberación— considerándolos, en el mejor caso, expresiones de un catolicismo reaccionario, y en el peor, instrumentos de penetración conservadora en territorio que se consideraba propio, carente de taranná. Esta hostilidad es una causa directa y documentable de la ausencia de esos movimientos en diócesis rurales catalanas: no es que no hayan llegado, es que en muchos casos no fueron bienvenidos y fueron expulsados.
4. En la transmisión vocacional, el efecto es el más visible: un clero que no predica el celibato como don, que relativiza la vida consagrada como opción de vida o que la reencuadra en términos de servicio social diferenciado difícilmente suscita vocaciones sacerdotales o religiosas en los jóvenes que lo escuchan. La vocación nace del encuentro con una propuesta radical y bella; no puede nacer de la administración burocrática de sacramentos y que reniega de su doctrina por parte de alguien que no parece creer plenamente en lo que hace.
La práctica de "importar" seminaristas —incorporar candidatos de otros países o regiones para paliar la falta de vocaciones locales— es un tema de debate recurrente en las diócesis catalanas. Mientras que para algunos obispados es una solución de supervivencia, para otros plantea retos de identidad y eficacia pastoral.
ResponderEliminarPuntos a favor (Pros)
Supervivencia de las parroquias: Ante el envejecimiento del clero y la falta de relevo local, los seminaristas y sacerdotes extranjeros permiten mantener abiertas parroquias que, de otro modo, quedarían sin atención sacramental.
Universalidad de la Iglesia: Refleja la naturaleza católica (universal), fomentando el intercambio cultural y el apoyo mutuo entre diócesis con excedente de vocaciones (habitualmente de África, Asia o América Latina) y diócesis en crisis.
Continuidad de la formación: Ayuda a mantener un número mínimo de alumnos en los centros de estudio. Recientemente, para optimizar recursos, las diez diócesis catalanas han unificado sus seminarios en el Seminario Mayor Interdiocesano.
Dinamismo juvenil: A menudo, estos candidatos aportan una vitalidad y una vivencia de la fe más entusiasta que puede ayudar a dinamizar comunidades locales más envejecidas.
Puntos en contra (Contras)
Barrera lingüística y cultural: Cataluña tiene una identidad propia muy marcada. Algunos obispos, como los de Gerona o Lérida, han expresado que la "importación" puede ser un error si el candidato no se integra plenamente en la lengua y cultura catalanas, dificultando la conexión con los fieles.
Falta de arraigo: Existe el riesgo de que estos seminaristas vean su estancia como algo temporal o académico, sin llegar a comprender profundamente la realidad social y pastoral del territorio donde servirán.
Coste económico: La formación completa de un seminarista (estudios, residencia y manutención) supone una inversión elevada para las diócesis, estimada en unos 18.000 euros anuales por candidato.
Riesgo de "fracaso pastoral": Se han documentado casos donde la falta de filtros adecuados o de un acompañamiento específico para la integración ha terminado en el abandono del ministerio o en conflictos con la comunidad local.
Situación actual en las diócesis
Actualmente, la tendencia en Cataluña no es la importación masiva, sino la unificación estructural. Salvo la diócesis de Terrassa, todos los obispados catalanes (incluyendo Barcelona y San Feliu desde el curso 2025-2026) han integrado a sus candidatos en el Seminari Major Interdiocesà para garantizar una formación comunitaria sólida.
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El obispo emérito de Lleida, monseñor
Joan Piris, manifestó en su momento su rechazo a la "importación" de seminaristas extranjeros (principalmente de Latinoamérica o África) basándose principalmente en los problemas de adaptación cultural y pastoral. elDiario.es
Sus razones principales incluyen:
Falta de arraigo: Consideraba que los seminaristas traídos de fuera a menudo no logran adaptarse plenamente a la realidad social y cultural de la diócesis local.
Problemas de formación: Argumentaba que es preferible que los candidatos se formen en su propio entorno para que su vocación sea auténtica y coherente con su origen.
Preferencia por presbíteros ordenados: El obispo señaló que, si se necesita ayuda externa, prefiere recibir a sacerdotes que ya estén ordenados y que vengan con una misión específica de colaboración, en lugar de jóvenes en etapa de formación que aún no tienen un vínculo claro con la comunidad.
Fomento de la vocación local: Su postura defendía la necesidad de trabajar en las vocaciones surgidas de la propia comunidad de Lleida, en lugar de cubrir las vacantes con seminaristas de otros países como una solución rápida a la escasez de vocaciones.
Mejor que no sean catalanes,los curas autóctonos han descritianizado Cataluña.Por otra parte los que asisten a los cultos son los emigrantes hispanos,en cuanto a lo apellidos me parecen muy castellanos
ResponderEliminarUd. debe pisar pocas parroquias.
EliminarEn l´Eixample hay varias parroquias en manos de sacerdotes autóctonos y le puedo asegurar que son buenos sacerdotes, llevan muy bien la parroquia, atienden bien a los feligreses, y tienen las parroquias bien vivas.
No se puede generalizar.
El drama está cuando son sacerdotes. Muchos se sienten poco acompañados, rechazados por la sociedad que en los pueblos de la Cataluña interior es excluyente y de un racismo latente, con sobrecarga de trabajo inhumana al atender decenas de pequeñas parroquias. Problemas de añoranza de su país e Iglesia de origen, depresión por estrés o por soledad, etc. He visto mucho sufrimiento que sólo se sostenía por una vida de oración auténtica y por el apoyo de algunos compañeros: milagros de la gracia de Dios. Otros, no han tenido más remedio que volver a su tierra. O han caído y sucumbido. Y los obispos en sus despachos curiales, viajando a Madrid y a Roma...
ResponderEliminarEl problema con sacerdotes de aquí o sacerdotes de allá no son ellos, son los de aquí, somos los de aquí, empezando por el obispo del lugar y los vicarios que tiene a su alrededor. Un sacerdote del lugar sabe lo del lugar. Un sacerdote foráneo tiene que aprender. Antes de nada la lengua, después las costumbres sociales y antes de todo eso la comida.
ResponderEliminarUn amigo africano me decia: no me acabo de acomodar a como coméis. Me falta picante. Yo le dije que habia que cambiar el paladar y que pronto se acostumbraría. Hace 5 años y todavía no se ha acostumbrado, tanto que está pensando en volver a su tierra. Ha aprendido el catalán, el castellano e incluso el inglés que en su tierra hablan en francés generalmente.
Pues bueno, este sacerdote, flipa con que el obispo solo lo ha llamado en 5 años, 3 veces para saber de él. Se ven de pasada en la misa crismal y en las formaciones y nada más. Los curas necesitan que los obispos sean personas cercanas. Que los llamen un día para ir a comer o a tomar una cerveza. ¿Por qué un obispo no puede salir con un cura a tomar una cerveza a la cafetería de la plaza de la iglesia? Los feligreses no tienen ningún problema si es blanco, negro o amarillo. Un cura será siempre un cura, aquí y en la kimbambas y se amoldará a lo que tenga delante pero está implicada en esa empresa la "jerarquía", ese señor que lleva un gorro puntiagudo y se aguanta en un palo más o menos elegante, más o menos retorcido. Esos, son los que de verdad han de conseguir que el clero autóctono o foráneo consiga enraizar en este territorio, no se canse y se largue. Si celebramos en catalán, euskera o galego no importa. Los que sois filoespañoles no lo podéis entender pero es muy bonito ver como se esfuerzan por saber, por entender, por comprender (ponerse dentro del otro, eso quiere decir comprender) y muy lastimoso cuando te dicen que no conocen al "pastor".
Lean, lean y veran como muchos sacerdotes se quejan de lo mismo. A mi, tanto me da, yo a mis años ya no me importa nada, pero veo con mucha pena que los curas de aquí, algunos no entienden, ni quieren a los de fuera, empezando por el "cabeza" de la diócesis.