Evidentemente,
las palabras tienen su propia fuerza. Una fuerza que con frecuencia se impone
al significado más o menos arbitrario que hayamos decidido darles en este
momento. Es el caso de la palabra “mártir”, cuyo núcleo significativo no es lo
que entendemos hoy, y desde hace siglos, por mártir y martirio, sino el de
“testimonio” de la fe que se profesa. Un testimonio tan recio e inamovible, que
no recula ni ante la muerte. Por eso, el significado que le damos, es una
evidente metonimia en que nombramos la parte (el desenlace de la muerte) por el
todo (la firmeza del testimonio); o el efecto (la muerte) por su causa (la persistencia
en el testimonio de la fe).
La
llamada guerra civil española (la del 36 del siglo XX) estuvo sembrada de
mártires: porque en ella se produjo una feroz persecución religiosa, la de los
católicos por parte de una “opción religiosa” (a fuer de antirreligiosa) rabiosamente
opuesta al catolicismo sólidamente implantado en España. Fue al ateísmo
soviético contra el catolicismo español, que aún conservaba a esas alturas de
la historia, algunos de los caracteres propios de las teocracias. En efecto, la
fe, y sobre todo la moral católica, formaban parte consustancial del
ordenamiento político y del sentimiento social. Los miles de mártires que
produjo ese enfrentamiento entre las dos formas tan opuestas e irreconciliables
de entender España, afrontaron el martirio convencidos de que su inquebrantable
testimonio era vital para su salvación personal y la salvación de la patria.
Me
he permitido esta reflexión “politizada” de los mártires de la persecución
religiosa que desembocó en nuestra guerra civil, porque estamos viendo que en
la actual guerra de Occidente (Israel+Estados Unidos) contra los países del
área de expansión territorial del gran Israel, con Irán como guinda del pastel,
se invoca insistentemente como un alto valor religioso, el martirio de los
musulmanes caídos en esa feroz guerra. Es decir que en la trinchera islámica
son multitud los soldados dispuestos a luchar y a morir en defensa de sus
creencias, de las que forma parte inseparable su visión teocrática tanto de la
gobernación ordinaria, como de la extraordinaria en forma de guerra. Los que
desde la otra trinchera les están atacando son “infieles”, enemigos de Alá y de
su Profeta, dispuestos a exterminar la fe islámica y a todos sus seguidores.
Precisamente
abundando en la clave de martirio que están imprimiendo los musulmanes a esta
guerra, me impactó el comentario de un analista que consideraba muy verosímil
que la muerte del Ayatola Jamenei no fuese resultado de la gran pericia de los
servicios secretos de los atacantes, sino de una decidida voluntad de martirio,
que llevó a este líder religioso a seguir en el lugar en que habían celebrado
las últimas reuniones: sin mirar de despistar a los enemigos, sin ir a
esconderse en los búnqueres más profundos.
Las
razones de esta heroica decisión, decía el comentarista, eran la avanzada edad
del Ayatola, con un cáncer en progresión; y, sobre todo, las tensiones movidas
en torno a su liderazgo y a su sucesión, que confiaba en que quedasen neutralizadas
y sublimadas con su martirio. Y en efecto, según esta tesis, el ayatola no fue
sorprendido por sus enemigos, sino que decidió sacrificarse por su pueblo y por
su religión; de manera que, según esta lectura, el gran planificador del ataque
que acabó con la vida de Jamenei, no fue más que el brazo ejecutor que,
permitiéndolo Alá, les proveyó del mártir que necesitaban para darle a la
guerra un nuevo y más fecundo impulso. Bien, ésta no es más que una lectura
distinta, en clave religiosa, de uno de los episodios (quizá decisivos) de la
guerra de los dos mundos en conflicto.
Ha
de ser verdad eso de que la sangre de los mártires contribuye más a sostener la
fe del pueblo, que todas las estructuras jerárquicas y todas las riquezas y
todo el poder. Y esto es así no sólo en el cristianismo, sino también en el
islamismo. Porque la cuestión de fondo, la realidad profunda es que el auténtico
arsenal suplementario en esta guerra, que está inclinando la balanza de forma
totalmente inesperada en favor de los musulmanes, no son ni los drones ni los
misiles, ni tan siquiera la potencia económica, sino la fe. Una fe tan poderosa
que tiene la audacia de luchar contra el Goliat del momento. Pero luchar
heroicamente, convencidos de que con la muerte recibirán la corona del martirio.
Es la fe inquebrantable, la que hace posible lo que parece imposible, porque no
salen las cuentas. Los presidentes israelí y americano, hicieron unas cuentas
bastante razonables. Pero las cuentas no les salieron, porque no contaron con
la fe inquebrantable de los musulmanes. No tenemos más que ver la pública y
solemne manifestación de fe de los musulmanes, estén donde estén, con la
celebración de su Ramadán. Un impresionante espectáculo (es decir exhibición
desinhibida) de su fe. Nada que ver con la forma más bien acomplejada en que
los católicos llevamos la nuestra. Por no ofenderles a ellos (dicen nuestros
jerarcas y gobernantes) escondemos la cruz (ya desaparecida de Cáritas, la
mayor obra asistencial de la Iglesia católica) y ponemos sordina a nuestras
celebraciones religiosas. ¡Por no ofender al Islam!
¿Y
qué tenemos en el bando contrario? Un bando que, mal que nos pese, es el
cristiano. Las bajísimas reservas de fe, son nuestra mayor debilidad. La única
fe que cultivamos, sobre todo en el llamado primer mundo, es la fe en nosotros
mismos, en nuestra alta capacidad tecnológica y en nuestros recursos. Pero cuando
llega la confrontación entre una fe y otra, nuestra fe no redunda en moral de
combate. ¡Ni en broma! Esa pobrísima fe nos deja moralmente desarmados ante los
desharrapados que tenemos enfrente.
Y
aquí tenemos la otra cara de la moneda: a pesar de que los musulmanes se
dedican con entusiasmo, en algunos países, a proveernos de mártires cristianos,
poco aprecio hacemos de nuestros mártires (en torno a los 4.500 anuales). Un
recuerdo discreto de vez en cuando, unas palabras bien mesuradas, para no estar
hablando siempre de lo mismo (eso suena, ¿no?). Ellos, en cambio, no dejan de
ensalzar a sus mártires y de proclamar la excelencia del martirio. No hace
falta que nos imaginemos lo que harían ellos si las cosas fuesen al revés. En
efecto, no tenemos ni idea de cuánto de lo que se mueve en esta guerra, tiene
como principal motor la venganza (sí, sí, la venganza) por sus mártires. Tienen
claro-clarísimo, que los mártires islámicos no derraman su sangre en balde.
Pues como ocurrió siempre con los mártires cristianos: pero dejando en manos de
Dios la venganza.
Quizá
sea ésta la clave que nos dé cuenta de cómo hemos dejado en España que la
sangre de nuestros mártires del 36 se la tragase una tierra tan árida de fe
(sobre todo en el colectivo más intensamente martirizado), que no hay manera de
ver dónde están los frutos.
Virtelius Temerarius



Cita: "...Por no ofenderlos a ellos (dicen nuestros jerarcas y gobernantes) escondemos la cruz (ya desaparecida de Cáritas, la mayor obra asistencial de la Iglesia católica)..."----------Referente a mostrar un crucifijo bien grande en las entradas de Cáritas, si no se ejecuta este asunto bien que les habría de caer la cara de vergüenza a todos los obispos españoles.
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo Sr Garrell. Cartas debería ostentat a la entrada de cualquier edificio una cruz bien grande, si quiere la de Santiago y si no, la del Temple. Viendo una ciz en plan "muñequito" que luce Omella en la revista Temple de la Sagrada Familia, uno dice si este señor es un cardenal de la Roma eterna o de la Roma de los Teletubbies
EliminarEs una perspectiva fuerte y cargada de historia. Generalmente, cuando se menciona esto, se hace referencia a cómo el concepto de martirio ha cambiado en la percepción pública global o a la tensión histórica entre ambas religiones.
ResponderEliminarDesde el punto de vista católico tradicional, el mártir es quien da la vida por su fe, sufriendo la violencia sin ejercerla, siguiendo el modelo de Cristo. En las últimas décadas, el uso del término en contextos de conflictos extremistas vinculados al islam ha asociado la palabra a la muerte violenta en combate o en actos de ataque, lo que crea un contraste absoluto con la raíz teológica cristiana.
Para entender mejor a qué te refieres con que nos lo han "robado", ¿podrías decirme si lo ves desde un punto de vista:
Teológico (la diferencia entre morir por la fe vs. morir matando)?
Mediático (cómo el término hoy se asocia casi exclusivamente a una sola religión)?
Histórico (la pérdida de relevancia de los mártires cristianos frente a la actualidad política)?
Llamamos mártires a miles de personas asesinadas durante la Guerra Civil española porque la Iglesia Católica considera que su muerte no fue por motivos políticos, sino por odio a la fe (odium fidei).
Aunque el conflicto fue una guerra civil, estas personas —que incluyen sacerdotes, religiosas, seminaristas y laicos— son reconocidas como mártires bajo los siguientes criterios:
Testimonio de fe: El término "mártir" proviene del griego y significa "testigo". Se les llama así porque prefirieron morir antes que renunciar a sus creencias cristianas o a su compromiso con la Iglesia.
Muerte por "odio a la fe": Los procesos de beatificación y canonización realizados por el Dicasterio para las Causas de los Santos certifican que estas ejecuciones ocurrieron específicamente por la condición religiosa de las víctimas y no por su participación en el combate.
Actitud de perdón: Un rasgo distintivo que la Iglesia destaca es que muchos de estos mártires murieron perdonando a sus verdugos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en la cruz.
Magnitud de la persecución: Se estima que fueron asesinados unos 6.832 miembros del clero católico (incluyendo 4.184 sacerdotes seculares y 2.365 religiosos), además de miles de laicos asesinados por su vinculación activa con la fe.
Es desgarrador ver cómo los sucesores de los mártires del 36 (la mayoría, frailes y monjas, sacerdotes y obispos), reniegan del martirio de los que les precedieron en la fe católica.. Como conducta moral (para servir de ejemplo y estímulo a los fieles), totalmente nauseabunda. ¡Qué tropa! como para ir a la guerra con ellos. No les duele ni tanto así, traicionar a sus mártires. Dicen algunas estadísticas (prefiero considerarlas trucadas) que un gran porcentaje de ellos han perdido la fe en Dios. ¡Y sin embargo, siguen ahí! Es que viven de eso (la mayoría, muy austeramente; pero los hay que viven como auténticos magnates). Dios se apiade de su Iglesia.
ResponderEliminarLa respuesta está en Apocalipsis 3:16:
Eliminar“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”
Lo cual implica que nos vamos a divertir, van a desaparecer: sólo es cuestión de comprar pipas, refresco, tumbona y sombrilla con chancletas... y rezar.
Son los hijos de Laodicea, pues está dirigido a ellos en la carta a la Iglesia de Laodicea la intemporal, una de las siete iglesias místico-ascéticas a las que se dirige el libro del Apocalipsis.
Laodicea era una ciudad famosa por ser ricachona, tener textil, farmacéutica y aguas, vaya, como Cataluña:
Su riqueza
Su industria textil
Su colirio medicinal
Su agua tibia, que llegaba por acueductos desde fuentes termales cercanas (la de Barcelona es salada y clorada)
Esa agua tibia no era agradable para beber, y el autor sagrado usa esa imagen para describir la actitud espiritual de los laodicenses:
Mediocridad y mendruguez
Autosuficiencia, bufats i inflats d'orgull
Falta de fervor y mucho activismo político
Jesús critica la tibieza espiritual, es decir, lo que vemos hoy en Can Nacional-Progressista:
Falta de compromiso real
Indiferencia religiosa
Vivir la fe sin pasión, sin entrega, aburguesados
Creer sin que la Fé transforme la vida
“Vomitar” es una imagen fuerte para expresar rechazo, no porque Dios deje de amar, sino porque la tibieza impide la comunión auténtica.
La tibieza es un estado espiritual peligroso porque:
Apaga la caridad
Lleva a la autosuficiencia
Hace que el alma no busque conversión
No es condena definitiva, al menos hay una esperanza, no es como Sodoma y Gomorra, que ya eran irrecuperables:
El “vomitar” es metáfora, no es aún una sentencia eterna.
Es un llamado urgente a la conversión, Jesús sacude antes de que sea demasiado tarde
Relación con el pecado de acedia
La tibieza se vincula con la acedia o pereza espiritual, uno de los pecados capitales en la tradición monástica.
Los Padres de la Iglesia (Agustín, Gregorio Magno, Crisóstomo) y luego Tomás de Aquino enseñan:
a) La tibieza es peor que el frío
El “frío” sabe que está lejos de Dios.
El “tibio” cree que está bien, pero no lo está, por eso es más difícil que se convierta, pero no imposible
b) Dios usa lenguaje fuerte para despertar, no es un desprecio, sino medicina espiritual, pero atento, si no funciona...
c) La tibieza es incompatible con la santidad, la vida cristiana exige fervor, caridad ardiente, decisión.
d) La dureza de la tibieza:
Es autoengaño espiritual
Es comodidad de rico disfrazada de Fé
Es peor que la incredulidad sincera del No
Mata la vida interior con lo peor: la mentira
Impide y mata la misión y el testimonio
Y usted lo define y explica muy bien.
La afirmación de que los católicos españoles "reniegan" de sus mártires es compleja, ya que no se trata de un rechazo a su figura religiosa, sino de una tensión entre la memoria eclesiástica y la reconciliación política.
EliminarAquí te resumo los puntos clave de por qué este tema genera incomodidad o silencio en ciertos sectores:
Evitar la politización: Durante décadas, el régimen de Franco utilizó a los mártires como herramienta de legitimación política (la "Cruzada"). Hoy, muchos católicos prefieren separar la fe de esa etapa política para evitar que los mártires sean vistos como símbolos de un bando, sino como testimonios de perdón
La búsqueda de reconciliación: Tras la Transición, la Iglesia española hizo un esfuerzo por no reabrir heridas. El miedo a que recordar la persecución religiosa alimente el frentismo o la "leyenda negra" de las dos Españas hace que algunos sectores opten por la discreción
Contraste con la Memoria Histórica: Existe una sensibilidad social sobre el desequilibrio en el reconocimiento de las víctimas. Mientras los mártires católicos fueron honrados durante 40 años, las víctimas del otro bando no lo fueron. Por respeto a ese contexto civil actual, parte del laicado evita hacer grandes alardes de estas figuras
Desconocimiento: En las generaciones más jóvenes de católicos, hay una falta de formación sobre este periodo. A diferencia de los mártires de los primeros siglos, los de la Guerra Civil se sienten "demasiado cercanos" y polémicos, lo que lleva a omitirlos en la catequesis para evitar debates ideológicos.
En resumen, no es una negación de su santidad —la Iglesia sigue beatificando a cientos de ellos— sino una prudencia social para que su memoria no sea usada como arma arrojadiza en la España actual
Muy interesante, y aporto unos estudios que, sobre todo al final, a ver qué parecen, pues parece que estamos ante un régimen bastante peculiar, donde viven instalados en la derrota apocalíptica, algo intrigante y misterioso, no llego a entender bien este tipo de mentalidad:
ResponderEliminar---
I. El Duodécimo Imán: fundamento teológico y eje político
Para los chiitas duodecimanos, rama mayoritaria en Irán, el Duodécimo Imán, Muhammad al-Mahdi, entró en estado de ghayba (ocultación) en el siglo IX. La tradición distingue dos fases: la Ocultación Menor (874-941 d.C.), durante la cual el Imán se comunicaba con la comunidad a través de cuatro intermediarios (bab), y la Ocultación Mayor (desde 941 hasta hoy), en la que esa mediación directa cesó. No ha muerto: Dios lo mantiene vivo y oculto hasta que decida el momento del retorno.
Este Imán no es una figura meramente religiosa: es el eje de toda legitimidad política en el mundo chiita. Posee el 'Ilm —conocimiento divino transmitido por designación (nass) desde Alí hasta él— y la 'isma, la impecabilidad absoluta, la inmunidad al error y al pecado. Solo él puede ejercer la wilaya legítima —el gobierno justo— sobre la comunidad. Todo poder político en su ausencia es, en la lógica clásica, provisional o estructuralmente usurpado.
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II. Dune y el Mahdi: paralelismos precisos y diferencias cruciales
La deuda de Frank Herbert con el Islam chiita es explícita y documentada. Los paralelismos son de precisión terminológica. Ahora que vendrá una nueva película que entrará ya más en este aspecto chiïta de el Mahdi.
1. Mahdi y Lisan al-Gaib: la terminología árabe en Herbert
Mahdi: en árabe, "el guiado [por Dios]". Los Fremen esperan en Paul Atreides al salvador que vengará las injusticias, liderará la revolución contra el Imperio corrupto y abrirá una nueva era —de sangre, pero nueva—. La tradición chiita espera exactamente eso del Duodécimo Imán.
Lisan al-Gaib: literalmente "la lengua y voz de lo oculto". Este segundo nombre de Paul conecta directamente con el concepto coránico de 'Alam al-Ghayb (el mundo de lo no-visto, inaccesible a la percepción humana ordinaria), ámbito en el que el Imán Oculto permanece y desde el cual actúa sobre la historia.
2. La presciencia de Paul: revelación laicizada años 1960
La presciencia de Paul es el puente entre la ciencia ficción de Herbert y la mística del Imán. En la tradición chiita, el 'Ilm del Imán implica el acceso a realidades que los seres humanos ordinarios no pueden percibir. Herbert laiciza este atributo con exactitud quirúrgica: la presciencia de Paul no es un don sobrenatural sino el resultado de un cerebro humano hiperdesarrollado por la especia, que procesa cantidades ingentes de datos genéticos e históricos y calcula probabilidades futuras con precisión casi determinista. Paul no predice: computa.
Aquí está la diferencia decisiva que Herbert maneja con maestría:
- En la teología chiita: el Mahdi regresa porque es la voluntad de Dios. Su conocimiento del futuro es revelación.
- En Dune: Paul "ve" porque su biología ha sido alterada. Su presciencia es una cadena, no un privilegio. Ver la opción óptima equivale a perder el libre albedrío al seguirla.
3. Las zonas ciegas y los límites del cálculo
La presciencia tiene además zonas ciegas estructurales. Paul no puede computar claramente los caminos que involucran variables que escapan al cálculo: su propio destino personal, ciertos futuros de los Bene Gesserit, y los desarrollos de largo alcance posteriores a la Yihad.
La clarividencia no es omnisciencia: lo que ve son probabilidades, y el margen de error crece con la distancia temporal.
El Fitna —el gran caos o tribulación que en la escatología chiita precede al retorno del Mahdi— aparece en Dune como la Yihad de Muad'Dib. Paul la ve venir. Sabe que será terrible. Y la desencadena deliberadamente porque sus cálculos le indican que es el único camino viable para la supervivencia de la especie.
4. El Camino de Oro: Paul no es Leto II
ResponderEliminarAquí conviene corregir un error frecuente en las lecturas de Dune: el Camino de Oro (Golden Path) no es de Paul Atreides. Es la visión que Paul atisba pero que no puede —o no quiere— recorrer. Será su hijo Leto II, el Dios-Emperador, quien lo camine durante tres mil años, convirtiéndose voluntariamente en un tirano para forzar la dispersión de la humanidad por el universo y hacerla resiliente ante cualquier extinción futura. Paul es el mesías reticente: ve el Camino, no lo recorre.
5. El mesías reticente frente al Imán infalible
Esta es la diferencia de fondo entre Paul y el Mahdi chiita. El Duodécimo Imán es una figura de esperanza pura, infalible, cuyo retorno es inequívocamente bueno para la comunidad creyente: viene a instaurar la justicia perfecta.
Paul Atreides, en cambio, es un mesías que sabe que su victoria es una catástrofe. Viene a desencadenar el horror con plena conciencia de ello. El Imán libera. Paul condena, y lo sabe.
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III. La escatología chiita y la guerra: ni Hollywood ni quietismo puro
La escatología chiita duodecimana no debe reducirse al apocalipsis cinematográfico. Lo que el chiismo espera no es la destrucción del mundo sino un periodo de prueba y caos (Fitna), grandes tribulaciones y batallas, que precederán la aparición del Imán.
Éste regresará —junto a Jesús, quien en la teología chiita es profeta y comparece en los últimos tiempos— para instaurar la justicia divina sobre la tierra, derrotar al Dajjal (el falso mesías) y restaurar el orden. Es un relato de triunfo, no de aniquilación.
La tensión política contemporánea reside en la interpretación de esas condiciones: ¿hay que esperarlas pasivamente o contribuir activamente a crearlas? De esa pregunta nace la fractura entre quietismo y jomeinismo.
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IV. Velayat-e Faqih: el sistema operativo del Estado iraní
1. El problema político irresoluble: el vacío de poder
El Velayat-e Faqih ("Tutela del Jurista Islámico") es la respuesta institucional al problema político irresoluble del chiismo: ¿quién gobierna en ausencia del único titular legítimo del poder?
La lógica interna es la siguiente:
a) El Duodécimo Imán es el único con derecho divino al gobierno.
b) Está en ocultación: ausente físicamente desde el siglo IX.
c) La comunidad no puede quedar sin gobierno ni sin aplicación de la ley divina.
d) Solución de Jomeini: el Faqih —el jurista islámico más cualificado— actúa como regente temporal en nombre del Imán ausente.
2. La solución de Jomeini: el Faqih como regente
El Faqih no es el Imán. No posee la 'isma. Pero su autoridad deriva de la ley del Imán, y desobedecerlo se asimila funcionalmente a desobedecer al Imán mismo. Bajo esta doctrina, el Líder Supremo —primero Jomeini, hoy Jamenei— no es simplemente un guía espiritual: es la máxima autoridad del Estado, por encima del presidente y el parlamento. Su legitimidad no emana del voto popular, aunque existan elecciones, sino de su función como custodio de la fe durante la ausencia.
3. El Istikbar y el objetivo final
El objetivo último del sistema: crear un Estado islámico fuerte, justo y expansivo que prepare el terreno para el retorno del Imán. La expresión iraní para Occidente, Israel, EE.UU., la UE, es Istikbar, "la Arrogancia Mundial". El triunfo sobre el Istikbar es visto como el prólogo necesario y constitutivo del retorno.
V. Quietismo contra Jomeinismo: dos estrategias ante la ausencia
ResponderEliminar1. El quietismo de Nayaf (Sistani)
Durante más de mil años, la posición dominante en el chiismo fue el quietismo político, cuya expresión contemporánea más influyente es la del Gran Ayatolá Sistani desde Nayaf. Esta posición sostiene:
a) Solo el Imán posee el derecho al gobierno legítimo.
b) Todo poder político en su ausencia es provisional e intrínsecamente imperfecto.
c) Los clérigos deben mantenerse al margen de la política directa, limitándose al magisterio moral y jurídico.
d) El mundo seguirá siendo injusto hasta el retorno: no corresponde al clero remediar esa injusticia mediante el ejercicio del poder.
Conviene precisar que el quietismo clásico no implica desear el caos como condición para acelerar el retorno. Eso es una posición marginal y radicalmente distinta —un aceleracionismo escatológico que existe en los márgenes del chiismo pero no representa a la escuela de Nayaf—. El quietismo clásico no dice "cuanto peor, mejor"; dice "no nos corresponde gobernar". Es una renuncia, no un programa de desestabilización.
2. La revolución de Jomeini: la espera activa
Jomeini dio en 1979 un giro copernicano a esa tradición:
El argumento moral suyo es que permitir que la injusticia reine mientras se espera al Imán es complicidad activa con la injusticia. El clero tiene el deber de gobernar para proteger a la comunidad y aplicar la ley divina.
La lógica del regente: si el dueño de la casa está indefinidamente ausente, el administrador más cualificado no puede dejar que la casa se destruya. Debe gestionarla y mantenerla hasta el regreso del dueño.
La teleología política es que el Imán no retornará a un mundo en ruinas ni a una comunidad dispersa e impotente. Retornará cuando haya un Estado islámico funcional, victorioso y preparado para recibirlo. El orden islámico es la alfombra roja, no las cenizas.
3. La divergencia estratégica
La divergencia es, en el fondo, estratégica:
Quietismo clásico (Sistani) contra Velayat-e Faqih (Jomeini/Jamenei)
a) El quietismo clásico de Sistani sostiene que nadie gobierna con plena legitimidad en ausencia del Imán, que la postura correcta del clero es la abstención política limitándose al magisterio moral, que el momento del retorno lo determina únicamente Dios y no puede ser acelerado por la acción humana, y que el caos, sencillamente, no se busca ni se gestiona.
b) El Velayat-e Faqih de Jomeini y Jamenei invierte cada una de esas premisas: el Faqih gobierna como regente legítimo del Imán ausente, el deber del clero es gobernar y luchar para preparar las condiciones del retorno, el Estado islámico fuerte facilita ese retorno, y el caos se evita deliberadamente porque el Imán viene a tomar un trono preparado, no a reinar sobre ruinas.
La guerra actual, contra Israel y sus aliados, contra el Istikbar en general, se inscribe en la lógica jomeinista como una campaña escatológica activa: la lucha que prepara el terreno. No es nihilismo apocalíptico ni deseo de destrucción. Es escatología política con vocación de victoria.
VI. La racionalidad iraní y los límites de la disuasión occidental
ResponderEliminar1. El marco que absorbe la derrota
El problema de la racionalidad externa "occidentalizada" es que presupone que "perder" es una categoría que el régimen aplica a sí mismo del mismo modo que Occidente. No lo hace la banda que cree genuinamente en la teología. Dentro del marco jomeinista, una derrota militar convencional no falsifica el proyecto escatológico: lo reclasifica. El Fitna —el caos, la tribulación, la prueba— está previsto en el relato. No como accidente, sino como constitutivo del camino. Si el Istikbar destruye sus misiles, eso es la tribulación anunciada, no la refutación del marco. El marco absorbe la derrota sin quebrarse porque fue diseñado, estructuralmente, para absorberla.
Esto no es irracionalidad clínica: es la lógica de cualquier sistema milenarita suficientemente robusto, en el que el fracaso empírico se convierte en confirmación narrativa. Los primeros cristianos perseguidos no interpretaban la persecución como evidencia de que el Reino no vendría; la interpretaban como señal de que estaba próximo. El chiismo lleva catorce siglos cultivando exactamente esa estructura cognitiva, desde Kerbala en adelante. La derrota fundacional —el martirio de Husain— es el origen de la identidad, no su negación.
2. La banda pragmática y la narrativa interna
Para la banda que usa la teología sin creerla, el cálculo es distinto pero el resultado práctico es similar: mientras el régimen sobreviva, la derrota militar periférica es administrable. Hezbollah degradado, los Houthis golpeados, los proxies desgastados, los radares, aviones y barcos destruidos —todo eso es coste operacional, no colapso sistémico. Lo que amenaza el poder no es la derrota en el campo de batalla sino la pérdida de la narrativa interna: el día en que la población iraní deje de leer la tribulación como prueba y empiece a leerla como simple fracaso de gestión. Ese es el umbral que la banda pragmática vigila, no el marcador militar.
3. La intersección peligrosa: cuando el pragmatismo cede a la aceleración
El peligro real aparece en la intersección de ambas bandas. La banda apocalíptica genuina puede llegar a interpretar que la magnitud de la derrota requiere una escalada que fuerce el desenlace escatológico: si el Istikbar ha ganado tanto terreno, quizás el momento del retorno está más próximo de lo previsto, y quizás corresponde precipitarlo. La banda pragmática, por su parte, puede en un momento de presión extrema ceder el cálculo a la banda apocalíptica simplemente porque ya no tiene otro recurso legitimador.
4. El guerrero que va al Walhalla y la disolución de la lógica disuasoria
Ahí está la asimetría que hace el problema irresoluble desde fuera. Occidente opera con una racionalidad en la que perder de forma suficientemente costosa produce rendición o negociación. Irán —al menos su núcleo teológicamente comprometido— opera con una racionalidad en la que perder de forma suficientemente costosa puede producir aceleración. No porque sean irracionales, sino porque su función objetivo es distinta: no están optimizando supervivencia estatal en el corto plazo; están, o creen estar, gestionando los últimos siglos antes del retorno del Imán Oculto.
El guerrero nórdico no va a la batalla a pesar de poder morir. Va para morir bien. La muerte en combate no es el coste del objetivo: es el objetivo mismo, o al menos la puerta hacia él. Husain en Kerbala sabía que iba a perder militarmente. Fue igualmente. La derrota gloriosa es la victoria en el único plano que importa.
Eso disuelve completamente la lógica disuasoria occidental, que funciona según el esquema de Roma y Grecia: si elevas suficientemente el coste de la agresión, el adversario racional retrocede.
Pero esa lógica presupone que el adversario quiere sobrevivir más de lo que quiere cualquier otra cosa.
Se opera una lógica semejante a la del guerrero nórdico, pues para quien va al Valhalla la disuasión no le disuade: le convoca, le atrae. Si Roma quiere paz, no se acepta, se la provoca para que Roma pelee; se busca la muerte gloriosa en el campo del honor.
ResponderEliminarRoma sólo busca la guerra para obtener un lucro. oro, hierro, tierras. Pero el guerrero de Odín lo ve deleznable, desea la guerra con muerte gloriosa para un fin supremo óptimo, o bien ir con los dioses y Odin al Walhalla para el Ragnarök, o bien con Freyja para reposar en el Fólkvangr.
Según la mitología nórdica:
a) la mitad de los guerreros muertos en batalla son elegidos por las Valquirias —mensajeras de Odín— para ser conducidos al Valhalla, el gran salón de Odín en Ásgard. Allí se incorporan a los einherjar, los guerreros electos, que combaten entre sí cada día y cada noche se levantan sanos para el festín, en un ciclo de entrenamiento perpetuo cuyo único fin es prepararse para luchar junto a los dioses en el Ragnarök, la batalla definitiva al fin de los tiempos. Morir con la espada de acero en la mano, ensangrentado con la propia sangre, en el campo del honor: esa es la condición de acceso, no el coste de la gloria.
b) La otra mitad pertenece a Freyja —diosa vánir de la guerra, la muerte, la fertilidad y la magia seiðr, que ejerce el fyrst val, el derecho de primera elección sobre los caídos—. Sus elegidos van a Fólkvangr y al salón Sessrúmnir. Las fuentes guardan silencio sobre qué ocurre allí: Freyja los reclama, y eso basta.
El problema aplicado a Irán es que no sabemos en ningún momento concreto qué fracción del mando está operando con esa lógica y qué fracción está haciendo cálculos de supervivencia estatal normales. Y probablemente ellos tampoco lo saben con precisión sobre sí mismos, porque ambas lógicas coexisten en la misma cabeza, en proporciones variables según la presión del momento. La disuasión funciona sobre los pragmáticos. Sobre los que van al Valhalla, la destrucción de tus misiles no es un argumento.
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VII. Alá escribe, el Mahdi ejecuta: el problema del hombre que cree saber en qué página está
1. El 'Ilm del Imán y la prerrogativa divina
En la teología chiita, la distinción entre Alá y el Mahdi no es tan limpia como en el sunnismo o en la teología cristiana occidental.
El Imán Oculto no es un simple instrumento pasivo de la voluntad divina: posee el 'Ilm, el conocimiento que le permite leer el plan de Dios con una precisión inaccesible al resto (parecido a Paul en Dune)
No improvisa. No reacciona. Cuando aparezca, lo que haga ya estará escrito, y él lo sabrá porque puede leer lo escrito.
La pregunta que se hacen los que aceleran es entonces esta: si el capítulo está escrito y el Mahdi lo ejecutará en el momento que Dios ha fijado, ¿puede la acción humana señalar ese momento? No escribirlo, eso es imposible, es prerrogativa divina, sino reconocerlo.
Llegar a la conclusión de que las condiciones actuales son las que el texto describe. Que el Fitna que estamos viviendo es ese Fitna, el definitivo, no uno de los preparatorios.
2. La fractura interna: quietistas, jomeinistas y apocalípticos
Ahí está la fractura interna del sistema.
a) Los quietistas dicen: nadie puede leer ese momento salvo el propio Imán; toda acción que pretenda precipitarlo es soberbia teológica, es usurpar el 'Ilm que solo él posee.
b) Los activistas jomeinistas dicen: podemos preparar las condiciones aunque no podamos fijar la fecha.
c) Y los genuinamente apocalípticos dicen algo más peligroso: podemos reconocer que ya estamos en la página final.
Alá escribe. El Mahdi ejecuta.
El problema es el hombre que cree que sabe en qué página están.
Copista de IA insome vale ya no. Tanto que saben un comentario nunca debe superar al artículo. Es de primaria. Claro puede el copista ser de la ESO perdón. No censuren
ResponderEliminarCuánta verdad y oportunidad encierran sus palabras Virtellius. La cobardía, so capa de prudencia, se ha anclado en la conciencia de los cristianos, de santa Marta al último sacristán. Es una labor corrosiva de décadas. Recordemos los casos montserratinos, de Escarré al madrileño Hilari Raguer, que abominaron de los mártires con sus textos infames, por inveraces, de que no fueron víctimas del odio a la fe, sino de una lucha entre capitalismo y marxismo. ¿Alguien conoce si algunos de los asesinados se levantó en armas en defensa de una economía de mercado? Es el mismo clero catalán que, a imagen del vasco, obispos incluidos, hablan como vulgares socialistas de "nacionalcatolicismo" para desnaturalizar ("agualir") la obliga defensa de la verdad de Cristo y su mensaje salvífico.
ResponderEliminarComo tantas vilezas la hemos exportado. Es la visión que ahora pretende corroer la gesta de los Cristeros y sus mártires. Para fortalecimiento de mi fe he conocido a varios descendientes de aquellos mexicanos guadalupanos. Es un insulto al martirio. A ellos les debemos el grito de fe: Viva Cristo Rey, sellado en sangre.