Tolkien fascinaba por su proposición del mito con su profunda e intensa religiosidad. Muchas veces se ha realizado un análisis del impacto sociológico del autor del “Señor de los Anillos” pero sin profundizar los aspectos de su pensamiento resulta reductivo cualquier etiquetaje del profesor de Oxford porque aquello que inspiró y dio significado a su vida y a su obra no es atribuible a una ideología, sino a una visión de la vida y a una concepción del ser, del hombre de la historia que es mucho más que una ideología o una filosofía. Tolkien posee aquello que podemos definir como una visión teológica de la historia a través de la cual juzga con la autoridad de un filósofo o de un profeta el acontecer humano.
Habría sido interesante, al respecto, citar esta significativa carta que Tolkien escribió en 1945 a su hijo Christopher, mientras la Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin: “Todo se convertirá en una pequeña maldita periferia provincial. Cuando hayan introducido el sistema sanitario estadounidense, la moral, el feminismo y la producción en masa en Oriente, en el Medio Oriente, en la URSS, en la Pampa, en el Gran Chaco (segunda ecorregión boscosa más extensa de Sudamérica, compartida por Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil), en la cuenca del Danubio, en África ecuatorial, en Lhasa y en los pueblos del profundo Berkshire, qué felices seremos todos… Pero en serio, encuentro este cosmopolitismo estadounidense aterrador.” Tolkien como crítico de la modernidad, por lo tanto, del mundialismo, de la homogeneización masiva, a la que oponía la cultura de la pertenencia y del arraigo.
En una sociedad multiétnica y multicultural como la de la Tierra Media, los pequeños hobbits defienden su Comarca, su pequeño mundo pacíficamente rural y rico en tradiciones.
El profesor de Oxford es difícil de encasillar. Otra definición restrictiva que se le ha dado, por ejemplo, es la de “conservador”, pero dicho término tiene sentido si se entiende cómo conservar todo lo que es bello, puro, pequeño, ordenado, interesante, importante. “Los grandes absorben a los pequeños y todo el mundo se vuelve más plano y aburrido”, escribió una vez.
Esta antipatía de Tolkien por las fealdades y los errores de la modernidad no es ideológica, ya que es realista; no surge de una idea del mundo, o de un proyecto más o menos utópico sobre él, sino de la constatación de la naturaleza y la condición humana, marcada indeleblemente por la Caída (en términos cristianos por el Pecado Original). Así que el Enemigo a vencer es ciertamente el adversario malvado (Sauron o Saruman), pero sobre todo es el mal que se esconde traicionero en cada uno de nosotros.
Tolkien era un católico inglés, perfectamente consciente de la historia religiosa de su país, desde los monjes santos de la Edad Media hasta los Mártires que dieron testimonio hasta derramar su sangre bajo Enrique VIII, bajo Isabel I, bajo Cromwell. Su obra revela claramente una teología propia de la historia, que retoma la concepción agustiniana de las dos ciudades: la Ciudad terrenal, obra de los hombres en la que actúa el mal, y la Ciudad de Dios, meta hacia la cual dirigir expectativas, esfuerzos y esperanzas. Es importante subrayar que San Agustín se encontró viviendo en el límite entre el ocaso de un mundo antiguo una vez grandioso y el amanecer de una nueva era aún incierta, y enseñó que la historia está guiada por la Providencia y que, por lo tanto, todo acontecimiento —desde la pequeña historia personal hasta los grandes giros de la humanidad— posee un significado que disipa la oscuridad y sostiene las fuerzas del hombre. Las ruinas, los numerosos signos de civilizaciones que crecieron, ascendieron a la grandeza y luego irreparablemente terminadas y olvidadas estrellas salpican por toda la Tierra Media, recordándonos la fugacidad de la Ciudad terrenal.
Si la historia es así, es necesario afrontarla con heroísmo, según la concepción que de él ofrece Tolkien: no es el de la fuerza y el orgullo, sino el del amor y el sacrificio. Además del heroísmo, Tolkien nos invita a buscar la belleza, que es signo visible de la Gracia. El regreso a lo Bello y a lo Verdadero que deseaba el escritor de Oxford fue realizado por él a través del recurso y retorno al Mito, para devolver salud y santidad al hombre moderno. “El Mito es algo vivo en su conjunto y en todas sus partes, y muere antes de poder ser diseccionado”, dijo Tolkien hablando a sus estudiantes de una de sus obras preferidas, el Beowulf.
Hay que analizar la producción de Tolkien a través del prisma de la crisis del mundo moderno. Tolkien, como se dijo, rechaza la tecnocracia y los daños de la industrialización en nombre de los valores cristianos que se realizaron en la Edad Media, Entre la civilización medieval histórica y los mitos y leyendas, Tolkien supo encender la fantasía y las esperanzas de una generación. Un papel que podrían tener aún hoy.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma



A bien seguro Tolkien hablaría de las fantasías bíblicas con el Diluvio incluido, algo que les falta a los clérigos actuales. Y además no se ha predicado sobre los carnavales en las parroquias, como cristianos es un tema todavía tabú estilo Diluvio. Para que aprendan los obispos aquí https://www.facebook.com/reel/1303799294210515
ResponderEliminarBuen video Sr Garrell, este es tiempo de 👹👹👹y poco hay que hacer con esta jerarquía apostatar y del paripé. Compadrear con diablos siempre acaba mal.
EliminarSr. Garrell, me gustaría conocerle, para poder explicarle el error que comete al querer introducir en su predicación el Diluvio y otros temas que tanto le gustan. Ud. quiere convertir a la gente con la cultura del miedo.
Eliminarhttps://t.me/jesucristoalertaglobal/28
Eliminar12.28 Poca defensa necesita el Sr Garrell pero puede usted explicarnos lo de la "cultura del miedo"? ¿Es similar a lo de la "cultura de la muerte" que predican los Anti-Cristianos??
EliminarIntroducción: Un concilio en la Tierra Media
ResponderEliminarCuando J.R.R. Tolkien redactó el capítulo «El Concilio de Elrond» en El Señor de los Anillos, no estaba escribiendo simplemente una escena de reunión narrativa. Estaba dando forma, si se observa bien, a una estructura de pensamiento y deliberación que cualquier lector formado en la tradición intelectual católica tradicional reconocerá de inmediato: la arquitectura de un concilio clásico, con su orden, su memoria, su discernimiento y su mandato.
El artículo de hoy, pues, es providencial para exponer el transfondo católico tradicional auténtico de Tolkien.
Tolkien fue un católico profundamente arraigado en la tradición premoderna. Fue amigo de C.S. Lewis, colega de Oxford, lector voraz de la escolástica medieval y discípulo, en el más amplio sentido cultural, de la síntesis aristotélico-tomista. No escribía alegorías, él mismo lo rechazaba explícitamente, pero sí pensaba con una gramática moral y estructural que es inseparable de esa tradición.
Se puede demostrar cómo el Concilio de Elrond reproduce la lógica de los concilios tridentinos, cómo la deliberación de sus participantes sigue el esquema de la prudencia aristotélica, y cómo la antropología moral subyacente es reconociblemente tomista.
Tolkien desde dentro de la tradición que lo formó, estaría radicalmente en contra de la estructura de "Conversaciones en el Espíritu" emergidos en la Iglesia posmodernista Sinodal francisquista en 2021 (usado en la última reunión de obispos de la CET en Tiana): método que prioriza una supuesta "iluminación fideística" de las emociones y sentimientos procedentes del Espíritu Santo previa invocación, oración y meditación compartida, por encima de la lógica racional pura y el empirismo (análisis objetivo, datos, pros/contras, debate argumentativo, Escrituras, Tradición, Magisterio), lo que explica la cerrazón, sordera y ceguera actual de la Jerarquía a la razón y su deriva creciente hacia la subjetividad anarquizante de estilo protestante.
Hay que considerar el contexto de Tolkien, pues fue un tradicionalista de la Fé y Razón clásicas, seguidor de la misa Vetus Ordo, por eso vio con disgusto una parte del grave desorden que introducía el Concilio Vaticano II vía hermenéutica de la ruptura y discontinuidad en la teología, espiritualidad y ritualística, y el problema aún hoy no resuelto: la prohibición del Vetus Ordo por el progresismo modernista en 1970, y la misa modernista Novus Ordo de Bugnini-Pablo VI, no fundada en la Sagrada Tradición Litúrgica latino-romana bimilenaria, sino en la innovación, la opcionalidad y la variabilidad.
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Parte I: La estructura interna del Concilio de Elrond
Aquí se sigue a los expertos. El capítulo del Concilio de Elrond es el más extenso de La Comunidad del Anillo, con aproximadamente 15.000 palabras. Esta densidad no es casual: Tolkien lo concibe como una sesión deliberativa completa, no como un diálogo de acción dramática. Su arquitectura interna sigue una secuencia muy precisa.
1.1 La presidencia y el marco ritual
Elrond preside la asamblea con la autoridad tranquila de un praeses conciliar. Abre la sesión, establece el tono de solemnidad, concede la palabra a cada orador en un orden que no es arbitrario, resume las intervenciones y, finalmente, ratifica la decisión. No hay interrupciones. No hay desorden. La atmósfera es litúrgica: hoy, viendo los debates de cretinos gritando necedades aberrantes en televisión y otros foros, la involución cultural de Occidente es tremenda, da miedo, pues se nota en la literatura, cultura, política, sociedad y arte modernos.
Esta presidencia no es la de un rey que impone su voluntad, ni la de un moderador neutral al estilo moderno que busca el consenso. Es la de quien custodia la sabiduría acumulada y orienta la asamblea hacia la Verdad Objetiva. El papel de Elrond son los legados pontificios en Trento, que presidían no como árbitros sino como garantes del proceso de discernimiento.
1.2 El orden de intervenciones
ResponderEliminarEl capítulo articula doce voces principales que intervienen en una secuencia deliberativa muy estructurada, dicen los expertos. No se trata de un intercambio desordenado y alocado moderno, sino de una exposición progresiva que va desde el testimonio histórico hasta la decisión moral.
Esta secuencia sigue el patrón clásico de la deliberación conciliar: informes y testimonios, memoria histórica, diagnóstico del problema, discusión de alternativas, discernimiento moral, decisión vinculante, mandato. Es exactamente el mismo arco que articula los grandes concilios de la Iglesia.
- Primer orador: Elrond, encargado de la apertura y la contextualización solemne.
- Segundo orador: Gandalf, responsable de la exposición de la historia del Anillo y de la revelación de la traición de Saruman.
- Tercer orador: Frodo, que aporta su testimonio personal como portador del Anillo.
- Cuarto orador: Bilbo, quien ofrece la memoria histórica del hallazgo del Anillo en la Comarca.
- Quinto orador: Glóin, que presenta un informe sobre la presión de Sauron sobre los Enanos.
- Sexto orador: Boromir, voz de Gondor, que expone el sueño profético y la urgencia militar de su reino.
- Séptimo orador: Aragorn, encargado de la revelación de su linaje y de la presentación de la espada reforjada.
- Octavo orador: Legolas, quien informa sobre la fuga de Gollum de la custodia de los Elfos del Bosque.
- Noveno orador: Elrond, que ofrece una síntesis del dilema moral central.
- Décimo turno: Erestor, Galdor y otros, dedicados a la discusión de alternativas —usar el Anillo, esconderlo o enviarlo a Bombadil—.
- Undécimo orador: Frodo, que realiza el ofrecimiento voluntario para portar el Anillo.
- Duodécimo orador: Elrond, encargado de la ratificación final y del mandato que constituye la Comunidad del Anillo.
1.3 La ausencia del debate moderno
ResponderEliminarConviene señalar que el Concilio de Elrond no hay votaciones formales con matemáticas “la mitad más uno” que decide la Verdad y el Bien. No hay facciones que negocien documentos de consenso redactados por comisión que agraden a unos y otros. No hay lenguaje conciliatorio ni inclusivo moderno orientado a la «apertura a las sorpresas del Espíritu en el mundo». No hay diputados o senadores carentes de voluntad ni inteligencia que están sometidos a las listas cerradas y bloqueadas por el líder.
Elrond no pregunta cómo se puede encontrar una posición que satisfaga a todos, sino que su pregunta es cuál es el Intrínsecamente Bueno y la Verdad Objetiva. Y a esa pregunta se responde mediante el análisis de la realidad, la memoria de la tradición y el discernimiento de la recta voluntad correctamente formada.
Esto es deliberación premoderna, y resulta insólito en una novela del siglo XX, y de ahí la involución cultural de la Cultura Occidental y de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II: siguen la lógica del POSMODERNISMO.
La esencia del POSMODERNISMO es la crisis de las certezas. Mientras que la Modernidad creía en la razón sin Fé, la ciencia y el progreso para llegar a la verdad universal, la posmodernidad sostiene que esa "Verdad" objetiva no existe; sólo hay relatos o interpretaciones del mundo que compiten entre sí.
Jean-François Lyotard la llamó la "incredulidad hacia los metarrelatos": no se fía en las grandes explicaciones que prometían salvar a la humanidad (religión, marxismo, liberalismo). Abraza la fragmentación: la realidad no es una unidad sólida, sino un collage de perspectivas: lo periférico, lo minoritario y lo local tienen tanto valor como lo central.
El lenguaje no refleja la realidad, es un juego que la construye/de-construye. No hay un "suelo firme" donde apoyarse, la posmodernidad se refugia en la "sorpresa" y la mezcla anárquica. Todo es una "copia de una copia" (simulacro), y el sujeto ya no es un individuo racional y estable, sino una identidad fluida y cambiante que se define por sus deseos, sentimientos, emociones de niño mimado y consentido, “sorpresas”, experiencias subjetivas intransferibles, vivencias singulares, celebra la ambigüedad y rechaza cualquier intento de imponer un orden único y lógica final al caos de la existencia.
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Parte II: Los concilios tridentinos como modelo estructural
Para comprender la arquitectura del Concilio de Elrond es necesario tener presente cómo funcionaban los grandes concilios de la tradición católica, y especialmente el Concilio de Trento (1545-1563), que es el modelo más maduro de la tradición conciliar clásica y el que Tolkien conocía mejor por su formación en la Iglesia preconciliar y su sentido tradicionalista.
2.1 La lógica de los concilios clásicos
Los concilios ecuménicos de la Iglesia —Nicea, Constanza, Florencia, Trento— comparten una estructura de deliberación que tiene raíces tanto en la asamblea senatorial romana como en la sistematización escolástica del pensamiento, procedentes de los discursos de Platón, Aristóteles y Cicerón. No son asambleas legislativas en el sentido moderno, sino instancias de discernimiento: su finalidad es no “crear verdad” (aborto, ideología de género, cultura de la muerte...), sino reconocerla, pues la Verdad es Objetiva, y formularla con precisión y defenderla de las deformaciones del subjetivismo y la maldad.
Esta diferencia es fundamental. Un parlamento moderno genera normas mediante la voluntad mayoritaria de diputados, incompetentes e incapaces, que para nada conocen lo que votan y sólo son unos mandados del líder que si no obedecen, no irán a listas en las próximas elecciones. Un concilio clásico se orienta hacia la verdad objetiva mediante el análisis, la tradición y la autoridad competente. La estructura del proceso es un instrumento al servicio del discernimiento, no un fin en sí mismo.
2.2 Tabla comparada: Trento y Elrond
ResponderEliminar- Trento: presidencia pontificia o de legados con autoridad moral: Elrond actúa como praeses, garante del proceso deliberativo, aunque no como árbitro neutro.
- Relaciones y memoriales —informes preparatorios de los obispos—: se corresponden con las exposiciones de Gandalf, Glóin y Boromir sobre la situación del mundo.
- Apelación constante a la Tradición y a los Padres: paralela a la invocación de la historia del Anillo, de Númenor y de Isildur como memoria normativa.
- Discusión de errores y proposiciones heterodoxas: reflejada en el debate sobre el uso del Anillo, su envío a Bombadil o su ocultamiento en el mar.
- Definición dogmática —formulación precisa de la verdad—: equivalente al diagnóstico de Gandalf y Elrond sobre la naturaleza corrupta del Anillo.
- Cánones y anatemas —exclusión de alternativas erróneas—: expresados en el rechazo razonado de todas las propuestas alternativas.
- Decretos disciplinares y mandato de reforma: paralelos a la constitución de la Comunidad del Anillo y a la misión que se le encomienda.
- Silencio solemne y aprobación colegial: reflejados en la aceptación unánime y silenciosa del ofrecimiento de Frodo.
Si bien la correspondencia no es perfecta ni alegórica, pero la gramática estructural es reconociblemente la misma. Tolkien no modeló conscientemente el Concilio de Elrond sobre Trento, pero sí que lo estructuró con las categorías de quien ha sido formado en una tradición donde el concilio es el modo paradigmático de deliberación colectiva para la búsqueda y encuentro con el lo Intrínsecamente Bueno, la Verdad Objetiva y la Belleza Perfecta.
2.3 El Concilio de Elrond contra la posmodernidad
El Concilio Vaticano II (1962-1965), que se celebró mientras Tolkien aún vivía, inauguró un modo deliberativo diferente: más pastoral, más dialogal, orientado a la «apertura al mundo» y a la búsqueda de formulaciones accesibles a la cultura contemporánea: más "posmoderno".
El lenguaje del Vaticano II es sociológico, histórico, testimonial. El lenguaje de Trento y de todos los concilios clásicos y tradicionales es ontológico, definitorio, anatemizador: es claro, diáfano, perfecto.
El Concilio de Elrond es la Iglesia tradicional, nunca jamás a la Iglesia conciliar potmodernista. Elrond no busca consensos pastorales con Boromir. No reformula el problema del Anillo en términos más comprensibles para Gondor. No produce un documento de síntesis. Lo que hace es definir la naturaleza del Anillo, concluye que debe ser destruido, y encomienda la misión a los destructores al lugar y al único modo de destrucción. Es una deliberación de tipo tridentino en una edad premoderna de la ficción.
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Parte III: El trasfondo aristotélico-tomista
Más allá de la estructura formal, la lógica moral que rige la deliberación del Concilio de Elrond es profundamente aristotélica en su método y tomista en sus contenidos. Tres ejes lo articulan: la doctrina del mal como privación, la estructura de la virtud de la prudencia y la primacía del bien común.
3.1 El Anillo como mal por privación
Uno de los errores más comunes en la lectura popular de Tolkien es entender el Anillo como un objeto de poder neutro que puede ser usado para el bien o para el mal según la intención del usuario. Esta es precisamente la posición que el Concilio rechaza, y es la que representa Boromir.
«No podemos usar el Anillo Único. Aquel que lo use caerá bajo el dominio de Sauron.» — Elrond en el Concilio
La razón que subyace a esta afirmación es tomista en su estructura. Para Tomás de Aquino, siguiendo a Agustín y a Aristóteles, el mal no es una sustancia independiente sino una privación del bien: CORRUPTIO BONI.
El Anillo no es poder neutro: es la voluntad de dominio de Sauron encarnada en metal y fuego. Quien lo empuña no lo usa a él, sino que es usado por él. El Anillo no es un instrumento sino una causa formal de corrupción.
Esta es la ratio por la que los grandes —Gandalf, Elrond, Galadriel— lo rechazan no por falta de valentía sino por PLENITUD de lucidez ontológica. Saben que lo que los tentaría no sería el Anillo en sí, sino la apariencia de bien que proyectaría sobre sus propios deseos. La forma de la tentación es siempre buena; la corrupción está en la materia objetiva veraz: el mal es el mal y punto.
ResponderEliminar3.2 La prudencia como estructura de la deliberación
Aristóteles definió la prudencia (phronesis) como la virtud intelectual que permite deliberar correctamente sobre los medios para alcanzar el bien humano. Tomás de Aquino elaboró esta doctrina con gran precisión en la Suma Teológica, identificando ocho partes integrales de la prudencia. El Concilio de Elrond actualiza esta estructura de manera extraordinariamente precisa, que el sinodalismo francisquista abandona radicalmente:
--- Sobre cómo se manifiesta la prudencia de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino en el Concilio de Elrond (S.Th. II-II, q.49)
a) MEMORIA o retención correcta del pasado: En el Concilio de Elrond se analiza la historia del Anillo —desde Sauron hasta Isildur, pasando por Gollum y Bilbo— actúa como memoria normativa; Aquino entiende la memoria como base para el juicio prudente, y en el Concilio esa rememoración informa toda deliberación.
b) Intellectus —comprensión de los principios: el diagnóstico de Gandalf sobre la naturaleza corrupta del Anillo cumple la función del intellectus: captar el principio moral que orienta la acción.
c) Docilitas —apertura a la enseñanza de los sabios: la actitud de los asistentes al escuchar a Gandalf, Elrond y los más ancianos refleja la docilitas aquiniana, disposición a dejarse instruir por la razón y la experiencia.
d) Solertia —agudeza ante lo imprevisto: el reconocimiento de la oportunidad única de destrucción en el Monte del Destino muestra la solertia: ver y aprovechar la ocasión propicia cuando surge.
e) Ratio —razonamiento discursivo correcto: el análisis de las alternativas y su descarte razonado reproducen la ratio, procedimiento discursivo que evalúa medios y fines.
f) Providentia —previsión de consecuencias: la deliberación destinada a evaluar qué sucedería si el Anillo se usa, se esconde o se destruye encarna la providentia, anticipación de efectos a corto y largo plazo.
g) Circumspectio —atención a las circunstancias: la consideración del estado de Gondor, Mordor, la Comarca y la geografía manifiesta la circumspectio, examen concreto de las circunstancias que afectan la elección prudente.
h) Cautio —precaución ante obstáculos previsibles: el reconocimiento de que cualquier alternativa al Monte del Destino es insegura expresa la cautio: evitar medios peligrosos o inciertos.
i) Síntesis final (Aquinas y Elrond): la prudencia, según Tomás, es una virtud práctica que integra memoria, entendimiento, docilidad, prontitud, razón, previsión, circunspección y cautela; en el Concilio de Elrond esas mismas operaciones intelectuales y morales aparecen encarnadas en las intervenciones y decisiones de Gandalf, Elrond y los demás, hasta culminar en la elección del camino prudente: confiar la empresa a la Comunidad y dirigir el Anillo hacia su destrucción en el Monte del Destino.
La deliberación del Concilio no es intuitiva ni emocional como se hace en la Iglesia posconciliar y sinodal francisquista-leonina (Conversaciones en el Espíritu) y en la intelectualidad occidental postmodernista. Es un ejercicio metódico de razón práctica que sigue los pasos de la prudencia clásica.
Tolkien, formado en la rigurosa gramática tomista del pensamiento (hostilmente abandonada por la posmodernidad católica y cultural), construye la deliberación de Elrond exactamente como un escolástico construiría una quaestio disputata:
-- Presentación del problema, exposición de los argumentos a favor de cada posición, refutación de las alternativas erróneas, determinación final (aborrecido y odiado por la posmodernidad, al ser contrario al sentimiento y la emoción).
3.3 La humildad como virtud superior "neo-homérica-crística" y la elección del portador
ResponderEliminarUno de los momentos más teológicamente densos del capítulo es la elección de Frodo como portador del Anillo. No es elegido por su fuerza, su sabiduría o su rango. Es elegido, paradójicamente, porque es el menos capaz de desear el poder. Su resistencia a la corrupción no proviene de una virtud extraordinaria sino de una humildad constitutiva: es un hobbit, una criatura sin ambición de dominación.
Esto es coherente con una larga tradición de pensamiento cristiano que hunde sus raíces en Pablo —«la fuerza se perfecciona en la debilidad» (2 Cor 12, 9)— y que Tomás sistematiza en su doctrina de la humildad como virtud que ordena correctamente el conocimiento de uno mismo.
El grande que rechaza el Anillo (Gandalf, Galadriel) y el pequeño que lo acepta (Frodo) con su amigo que es el verdadero sostén transcendental de Frodo, su fiel compañero y protector Sam, que lo acompaña hasta Mordor, lo sostiene en los momentos más difíciles e incluso lo carga cuando Frodo no puede continuar, forman un díptico moral que cualquier lector de la espiritualidad cristiana clásica reconocerá (son como Don Quijote y Sancho Panza pero en una acción lúcida contra el mal).
«Esta es mi decisión. El Anillo debe ir a la Montaña de Fuego y ser destruido. Esa tarea debe ser para el Portador del Anillo.» — Elrond
El ofrecimiento de Frodo no es heroísmo en el sentido homérico, el héroe que exige gloria a cambio del riesgo. Es una entrega kenótica: vaciamiento de sí mismo para ser instrumento de un bien que lo trasciende. La misión no es de conquista sino de renuncia. No se va a Mordor a tomar nada, sino a destruir. Y luego resurge el heroismo homérico pero con humildad: hay gloria sin vanagloria.
3.4 El bien común sobre el bien propio
El momento más dramáticamente filosófico del Concilio es quizás el menos evidente: la aceptación por parte de los elfos de que destruir el Anillo acelerará irremediablemente su ocaso en la Tierra Media. Los Tres Anillos élficos, que no han sido tocados por Sauron pero están vinculados al Único, perderán su poder. Las obras de los elfos —Rivendel, Lothlórien— se desvanecerán.
Los elfos aceptan esto. No sin dolor, pero sin resistencia moral. La razón es la doctrina clásica del bien común: bonum commune potius quam bonum proprium. El bien de toda la Tierra Media, incluyendo las razas que son o no élficas, tiene primacía sobre la conservación de los bienes propios de los elfos, por hermosos y venerables que sean.
Esto es exactamente lo que Tomás enseña en su comentario a la Política de Aristóteles y en la Suma Teológica. El bien particular, aunque real, debe subordinarse al bien común cuando ambos entran en conflicto. Y el sacrificio de ese bien particular, cuando se hace con libre consentimiento y por amor al bien, es acto de sobrenatural virtud, un heroismo homérico cristificado de abnegación y vaciamiento propio.
.....
Parte IV: Tolkien y la tradición que lo formó
Para completar el análisis es necesario detenerse brevemente en la figura del propio Tolkien como intelectual católico, porque la afinidad estructural que hemos trazado no es accidental ni forzada. Proviene de una formación específica.
4.1 Un católico de formación premoderna
John Ronald Reuel Tolkien fue recibido en la Iglesia Católica a los ocho años por influencia de su madre, Mabel Tolkien, en 1904. Su fe fue el centro de su vida personal e intelectual. Se formó en la tradición preconciliar, con liturgia en latín, catequesis escolástica y una espiritualidad que bebía de las fuentes medievales: Agustín, Anselmo, Bernardo, Tomás. Tolkien fue soldado durante la IGM, fue herido: tuvo experiencia del mal (hoy en día es la generación de cristal)
Tolkien dijo a Lewis que creía que los grandes mitos de la humanidad son «reflejos rotos» de la verdad divina, y que un escritor cristiano que crea mundos secundarios está participando, de manera humilde, en la creación divina. Sigue a Aristóteles: el arte como imitación de la Creación divina.
Llamó a esto: SUBCREACIÓN.
4.2 El medievalismo como herramienta intelectual
ResponderEliminarTolkien fue catedrático de Inglés Antiguo y de Lengua y Literatura Medievales en Oxford. Su conocimiento del mundo medieval no era decorativo sino estructural. Conocía el pensamiento escolástico desde dentro, leía a los autores latinos medievales en su lengua, y estaba familiarizado con la manera en que las universidades y los concilios medievales articulaban el debate intelectual.
Cuando construye el Concilio de Elrond, lo hace con los instrumentos mentales de alguien para quien la quaestio disputata, el sermo escolástico y el concilium deliberativo son formas naturales de pensar. No imita esas formas conscientemente; simplemente piensa con ellas, de manera natural, sabiendo que son Verdad, Bondad y Belleza, y han construido a la Iglesia por 2.000 años.
4.3 Lo que Tolkien rechazaba
Tolkien era también un lector crítico de la modernidad. Rechazaba el industrialismo, la tecnocracia y el utilitarismo. El Anillo no es sólo el poder de Sauron: es el poder de la técnica sin límite moral, el poder que promete «hacer el bien a mayor escala» y que inevitablemente corrompe a quien lo empuña.
La tentación de Boromir —usar el Anillo contra Sauron en nombre de Gondor— es la tentación clásica del fin que justifica los medios, expresamente condenada por Tomás.
Y la respuesta del Concilio de Elrond a esa tentación es la respuesta tomista: los medios son intrínsecamente morales o inmorales con independencia de los fines que se les asignen y las circuntancias.
Un mal intrínseco no puede convertirse en bien por la bondad de la intención del agente o las circunstancias presentes, hecho que vulnera la producción de la Iglesia posconciliar modernista y otros añaden francisquista-leonina (1965-2026), en opinión de algunos expertos en la crisis eclesial desde el Concilio Vaticano II (que motivó la expresión de Benedicto XVI “la reforma de la reforma” para superar la hermenéutica de la ruptura):
Amoris laetitia (la moral de situación permite dar comunión y absolución a adúlteros), Fiducia supplicans (toda pareja irregular que viole el entero VI Mandamiento puede recibir la bendición pastoral), Traditionis custodes (prohibir el Vetus Ordo tradicional), la feminización y laicización de la potestad de orden y régimen reservada en exclusiva al clérigo masculino celibatario (Misa, Altar y Eucaristía: monaguillas, lectoras y acólitas, distrubuidores de la comunión, presidencia de la misa sin cura; Gobierno de la Iglesia: una monja laica Sor Brambilla ocupando como prefecta el dicasterio de religiosos), Querida Amazonía (pachamamización de la liturgia con indigenismo), Laudato si numeral 207 de la Carta de la Tierra, Fratelli tutti antropocéntrica e inmanentista, Lutero testigo del Evangelio, la presencia de Tucho, Roche, Grec, Radcliffe, James Martin...
Conclusión: Una gramática moral compartida
ResponderEliminarTodo ello permite formular una tesis clara: el Concilio de Elrond no es una alegoría de ningún concilio católico específico, pero comparte con los grandes concilios de la tradición católica —y especialmente con la tradición tridentina— una gramática estructural y moral que no puede explicarse por mera casualidad, sino por un compartido amor por la Verdad, la Bondad y la Belleza clásicas y tradicionales.
Esa gramática se articula en tres niveles.
a) A nivel formal, el Concilio de Elrond sigue la arquitectura de la deliberación conciliar clásica: presidencia autorizada, informes y memoriales, apelación a la tradición histórica, discusión de alternativas, decisión y mandato.
b) A nivel filosófico, la deliberación actualiza el esquema aristotélico de la prudencia en sus ocho partes integrales.
c) A nivel teológico-moral, los contenidos de la decisión son reconociblemente tomistas: rechazo del mal intrínseco con independencia del fin, primacía del bien común, humildad como virtud superior al poder.
Tolkien no predicó en El Señor de los Anillos. Pero pensó con la gramática de quien ha sido formado en la mejor tradición intelectual de la Iglesia Católica y de la Antigüedad greco-romana.
Y esa gramática aflora en la estructura, en la lógica y en los valores de uno de los capítulos más densos y significativos de su obra.
Para un lector católico formado en esa misma tradición, el Concilio de Elrond tiene algo de familiar que va más allá del placer literario. Es el reconocimiento de una manera de pensar: la manera en que los grandes concilios de la Iglesia han deliberado sobre la verdad durante dos milenios.
Una manera que Tolkien absorbió tan profundamente que la convirtió en ficción sin perder su forma.
«Las cosas que están escritas en este libro están tomadas en gran parte de la Antigua Tradición, del largo pasado.» — J.R.R. Tolkien, Prólogo a El Señor de los Anillos
Y su principal ataque a la insubstancialidad vacua de la modernidad y posmodernidad eclesial y cultural occidentales de hoy en día.
Tolkien sostiene que el mal no crea nunca jamás nada por sí mismo, sino que corrompe y pervierte lo que el Bien ha hecho; lo concibe como privación o distorsión del bien.
En sus relatos esto aparece en la corrupción de seres y cosas (orcos, trolls, el Anillo) y en la seducción de voluntades. Sólo el Bien, la Belleza y la Bondad tienen entidad ontológica por participación con el Ser Absoluto, Dios.
Además, Tolkien explica esta postura como una visión metafísica heredada de la tradición cristiana:
...
“El mal es ausencia o deformación del bien, no un principio creador autónomo, por ello el mal nunca jamás no puede crear nada nuevo; sólo corrompe y pervierte lo que el bien ha hecho”
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¿No tiene nada más que escribir? Leyendo cada día su "manual" tengo la impresión de que cobra según la longitud de su escrito. Da igual el tema.
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ResponderEliminarLos valores cristianos en la Edad Media quedan bien descritos en la aclamada novela "El nombre de la Rosa" de Umberto Eco, profesor de Semiótica de la Universidad de Bolonia. Este Miércoles de Ceniza coincidió con el décimo aniversario de su muerte.
Umberto Eco era cristiano?.o más bien estaba alli defendiendo a Guillermo de Ockham y el nominativo, que miró la solidez doctrinal de la Iglesia???
EliminarEfectivamente, querido Adso.
EliminarUn ateo como Umberto Eco no puede entender la Edad Media. En su novela sólo refleja el nihilismo que profesa su autor. No cree en nada, y sus personajes tampoco. La Edad Media que refleja “En el nombre de la rosa”, no tiene nada que ver con los medievales que edificaron catedrales y defendían la Fe del invasor musulmán. Por eso la novela acaba con una frase, típica de un filósofo nihilista del siglo XX, que nunca diría un monje medieval.
Eliminar“Dentro de poco me reuniré con mi principio, y ya no creo que éste sea el Dios de gloria del que me hablaron los abades de mi orden, ni el de júbilo, como creían los franciscanos de aquella época, y quizá ni siquiera sea el Dios de piedad”
El mundo moderno tampoco puede entender la Edad Media, por eso la califican de edad oscura. Es solo perjuicio e ignorancia, hoy en día no se puede ni se quiere entender una sociedad profundamente religiosa como la medieval. Esto será su perdición, porque no entienden que los musulmanes quieran convertir Europa en Eurabia.
Todos estos prelados modernistas que tanto daño han hecho y hacen...qué opinan de la entrevista de 30min del obispo Scheider con León XIV donde: "Sobre los nombramientos episcopales, Schneider dijo al Papa: "Santo Padre, la tercera herida de la Iglesia es la herida de los obispos y cardenales indignos y mundanos que son los nuevos saduceos de hoy, que colaboran con la agenda de las élites políticas, de las élites ideológicas de este mundo"". ¿Para cuándo habrá una separación del trigo y de la cizaña?
ResponderEliminarLe diría a León XIV: menos lloriqueo y active eso de que el papá tiene el poder supremo...
EliminarUn resumen de lo que dijo... Pienso que se ha contenido, pero dice la verdad:
ResponderEliminarMons. Athanasius Schneider ha expuesto en diversas intervenciones públicas, desde 2014, un diagnóstico estructurado sobre la situación actual de la Iglesia Católica. Identifica tres heridas de distinta naturaleza pero de causalidad encadenada, ordenadas de mayor a menor profundidad ontológica: sacramental, doctrinal-litúrgica y pastoral-jerárquica.
I. PRIMERA HERIDA: EUCARÍSTICA — FUNDAMENTO ONTOLÓGICO
De naturaleza ontológica, y la más grave en el juicio de Schneider. Señala abusos directos contra el Santísimo Sacramento: administración de la comunión a fieles en estado de pecado mortal y a divorciados vueltos a casar sin declaración de nulidad; práctica generalizada de la comunión en la mano, que a su juicio favorece la pérdida de partículas consagradas y la banalización de la Presencia Real; y casos documentados de sustracción de la Eucaristía para su profanación.
Considera esta herida la más profunda por atacar el núcleo dogmático de la fe católica: la transubstanciación y la adoración debida a Cristo realmente presente en el sacramento (se refiere a la bomba atómica de Francisco con Amoris laetitia según Seifert)
II. SEGUNDA HERIDA: DOCTRINAL Y LITÚRGICA — EXPRESIÓN TEOLÓGICA
De naturaleza teológico-litúrgica, derivada de la primera. Se manifiesta en un desplazamiento del teocentrismo hacia el antropocentrismo en tres planos: la misericordia pastoral se aplica de modo que, según Schneider, relativiza normas morales objetivas en torno al sexto mandamiento; la configuración del espacio litúrgico ha situado el sagrario en posición marginal y orientado el altar hacia la asamblea, desplazando visualmente la centralidad de Dios; y se advierten adaptaciones doctrinales en materia de matrimonio y sexualidad que, a su entender, contradicen la enseñanza constante y universal del Magisterio ordinario.
III. TERCERA HERIDA: PASTORAL Y JERÁRQUICA — CONSECUENCIA INSTITUCIONAL
De naturaleza institucional y de gobierno. Schneider denuncia la presencia en la jerarquía de prelados que, a su juicio, anteponen criterios políticos, ideológicos o sociológicos a la doctrina revelada. Estos pastores no defienden con claridad la fe ante los poderes civiles ni corrigen las desviaciones doctrinales internas, y ejercen el poder administrativo y litúrgico de un modo que divide la Iglesia entre quienes custodian la Tradición y quienes se acomodan al espíritu del tiempo. Los designa, en referencia bíblica, «nuevos saduceos».
IV. LÓGICA INTERNA Y REMEDIO PROPUESTO
Las tres heridas obedecen a una causalidad descendente y coherente: la irreverencia eucarística debilita la fe en lo sobrenatural (I); esa fe debilitada genera una teología y una liturgia centradas en el hombre (II); el vacío doctrinal resultante facilita el ascenso de pastores que gobiernan por prudencia mundana antes que por la fe (III).
Como remedio articulado, Schneider propone: restauración de la reverencia eucarística mediante la comunión en la boca y de rodillas; reorientación cristocéntrica de la liturgia y la doctrina moral; y nombramientos episcopales fundados en ortodoxia doctrinalmente probada y vida coherente con la fe.
Tolkien está enterrado en Oxford, cementerio del que parten dos calles que vienen a desembocar en Blackfriars, o convento de los dominicos. La tumba es austera. Su nombre y su obra nos remite a una secuencia de intelectuales católicos cuyo figura máxima fue el cardenal John Henry Newman, hoy en los altares. En una sociedad cerradamente anticatólica, no podían los fieles a Roma entrar en la universidad. Sin estudios superiores, salvo los que podían emigrar al extranjero, el desprecio hacia los católicos resultaba doblemente injusto.
ResponderEliminarGracias al "movimiento de Oxford", hoy los católicos cuentan con figuras e instituciones extraordinarias. Mientras ayer nuestros obispos daban el espectáculo cernícalo de unos hombres apocados y serviles, sectarios para mayor deshonor, aquellos varones no bajaron nunca la cabeza, redoblaron sus esfuerzos y sirvieron de ejemplo para los intelectuales católicos.