Aunque suene un tanto herético, antes del Concilio Vaticano II, es decir en tiempos de Pío XII para los que aún tenemos memoria de ese pasado de la Iglesia, creer en el Papa era prácticamente lo mismo que creer en Dios. O, dicho de otro modo, la fe de los fieles se sostenía firmemente en la fe en el Papa. Porque confiábamos plenamente en la fe del Papa. ¿Papolatría? ¡Pues sí! Pero es que el Papa era la roca firmísima sobre la que se sostenía la fe de los católicos. El Papa (que, por cierto, en aquellos tiempos se escribía en mayúscula) era visto y vivido como auténtico vicario y representante de Cristo en la tierra. Al gran Papa preconciliar, le pegaba de maravilla el dogma de la infalibilidad proclamado por el Vaticano I.
Tras la ocupación de la silla de Pedro por Francisco, lo de la infalibilidad ha quedado tan matizado y tan “recargolat” (por no ir frontalmente a la negación del dogma), que podemos darlo por definitivamente archivado. Uno más de los dogmas que dice Tucho Fernández que no conviene ir recordándolos. Es que este papa ha dado motivos más que suficientes para dudar no ya de su infalibilidad, sino incluso de su fe católica; e incluso, en algunos momentos, de su equilibrio racional y anímico. En momentos, un auténtico orate. Vamos, algo parecido a lo que es hoy Trump para los Estados Unidos y para el mundo. Nos mantenía a todos en vilo, temiendo su siguiente ocurrencia, y dudando de hacia dónde dirigiría a la Iglesia de ocurrencia en ocurrencia, y de nombramiento en nombramiento. Se coronó poniendo al Tucho al frente de la Doctrina de la Fe. Como para sostener firme como una roca, la fe de los creyentes.
Es evidente, con este cuadro, que el papa Francisco (hay quien se empeña en seguir llamándolo el papa difunto: ¡no será por la institución!, ¿no?) acabó ciertamente con la papolatría; acabó con la fe de muchísimos católicos en el papa; y acabó con la fe en Dios de muchos otros. Su palabra distaba mucho de la “palabra de Dios”.
En efecto, con Pío XII, que inspiraba rectitud, rigor doctrinal y disciplina (a nadie se le ocurrió llamarle “el papa bueno”), se acabó esa especie de sacralidad del papado. Con él se acabó el tomarse la Iglesia y sus instituciones en serio. Y ocurrió que el sucesor del gran Pío XII, Juan XXIII, fue percibido como un signo de relajación de los rigores eclesiásticos. Relajación que, quizás a su pesar, se institucionalizó mediante el Concilio Vaticano II, convocado deprisa y corriendo. Por lo visto, Juan XXIII debió de percibir la urgencia de poner en marcha esa válvula de escape para liberar (¿controladamente?) algo de la presión disciplinaria en que se encontraba el clero: tanto el secular como el regular, tanto el bajo como el alto clero. Además de los institutos religiosos.
Pero eran tantos los que se sentían oprimidos por la disciplina de la Iglesia (y ocupaban la mayoría de asientos en el aula conciliar), que no bastó la válvula de escape, sino que hicieron estallar la olla, derramándose gran parte de la sustancia que contenía. Fue así como el Concilio Vaticano II, expresando el impulso de la gran mayoría de los ‘padres conciliares’, se convirtió desde su inicio, en el gran movimiento reformador de la Iglesia que, bajo la bandera del aggiornamento izada y ondeada por el mismo papa, como las hordas de Atila (pero esta vez desde dentro) arrasó cuanto pudo de la santa institución y, sobre todo, movilizó a una tropa inmensa que no pudo asistir al Concilio, pero se sintió henchida del “Espíritu del Concilio” (de hecho, espíritu de indisciplina, al que llamaron espíritu de libertad) que, finalmente, degeneró en una nueva versión del “libre examen” de Lutero, corregido y ampliado a todos los ámbitos que construían la Iglesia: desde la liturgia a los dogmas.
Murió el “Papa Bueno”, pero continuaron el Concilio y sus bondades, que pontificados más tarde retomó el papa Francisco con su apelación a la Misericordia como guía y norma suprema del gobierno (desgobierno) de la Iglesia.
Y así nos fue. Del aggiornamento, que como herejía no estuvo nada mal (por sus frutos los conoceréis: han pasado 60 años y seguimos poniéndonos al día, que el mundo gira que es una bestialidad), pasamos a la misericordia sin límites y a la negación de toda disciplina. Una forma de “vivir la fe” que produjo en la Iglesia una clerecía baja y alta de niños consentidos, a los que hay que dejarles que hagan lo que les dé la gana, si no quieres encontrarte con las rabietas que les caracterizan. El “Quién soy yo”, con la liquidación del pecado, fue la síntesis del nuevo papado (henchido aún del Espíritu del Concilio y su aggiornamento) para afrontar el mayor problema de “modernización” o “puesta al día” de la Iglesia por acomodarla a los coloridos dictados del mundo.
Y claro, los cristianos de a pie, de catecismo básico, seguimos mirando al Papa con la firme esperanza de que él nos confirmará en la fe. Y es cierto que la generación cuya niñez coincidió con el pontificado de Pío XII, tuvimos claro que el papa estaba para eso, y otro tanto los obispos. Y que el cura que nos había correspondido, era la prolongación de ese poder afianzador de la fe. Nos movíamos en un mundo de certidumbres respecto a la fe.
Pero tras Pío XII nos llegó “El Papa Bueno”, Juan XXIII, que, a fuerza de bondad y blandura, derribó todos los diques que mantenían las aguas en su lugar. Pero tan magna operación no quiso hacerla solo: por lo cual convocó el Concilio Vaticano II, la inmensa mayoría de cuyos Padres Conciliares coincidían con ese afán relajador del Papa Bueno.
La Iglesia en su conjunto pasó de la certeza y la firmeza absoluta en todos los órdenes, a la precariedad y a la mutabilidad casi ontológica de todo lo que había formado el caudal de convicciones, de ritos y de conductas que habían formado el cimiento de valores y convicciones de toda la vida: desde nuestros padres y abuelos hasta muchas generaciones atrás. Pasamos en un abrir y cerrar de ojos, justamente a raíz del Concilio (tan reformador e innovador), de las certezas absolutas, a la duda sistemática, al cambio por el cambio, a la reforma convertida en el bien supremo de la Iglesia. Soplaron vientos huracanados de renovación que se llevaron por delante el edificio venerable de una Iglesia que había envejecido con gran dignidad: como envejecen las catedrales y los monasterios construidos con perspectiva de eternidad.
Pero el abismo abierto por Francisco entre el papa y los fieles es tan grande, que va a ser muy difícil que se salve en el papado de León XIV. La desconfianza y la zozobra no hay modo de despejarlas. Al descomunal ejército jerárquico de la Iglesia, presidido hoy por León XIV, es difícil percibirlo como instrumento de confirmación de los fieles en la fe.
Virtelius Temerarius



El segundón vice papa sera el presidente americano, el Trump o quien le suceda, nos va a predicar las Escrituras al pie de la letra con los 6 dias de la Creación, el Diluvio y etc, una muestra donde ya el Trump empieza https://www.facebook.com/reel/893313343087459
ResponderEliminarDon Silverio, eso del Facebook es inteligencia artificial PURA.
EliminarNo desbarre,por favore!
Don Silverio, mucho me temo que será un tal Wladimiro, en ningún caso Donaldo.
EliminarAl 🦜 pues.
Para muchos y muchas la Humanae Vitae cortó la fe en el Santo Padre. Y a partir de ahí un montón de acciones y omisiones más. La libertad religiosa, de prensa y expresión han pulverizado
ResponderEliminarel hietarismo pontificio. La silla gestatoria solo es usada en el Palmar de Troya.
Querido Virtellius, participé hace años, y así lo dejé escrito, de la adscripción de la infalibilidad pontificia a Francisco. Decía, sin cinismo, que sus disparates –aquellos iniciales tan sorprendentes por lo inesperados—constituían un antídoto contra las interpretaciones del alcance generoso del dogma de la infalibilidad. Era obvio, ante semejante destrozo, que el dogma de la infalibilidad abarcaba un ámbito muy restringido. Como no solía escribirse esa opinión en letras de molde, Trucho y el propio Francisco solían plagar los textos que salían de sus plumas con innúmeras autorreferencias.
ResponderEliminarPero ocurrió lo que era inevitable. Ante dislates astronómicos en dogma, en teología sacramental sobre todo, y en moral (individual, matrimonial, social), por no hablar de desvaríos exegéticos y litúrgicos, movió la respuesta de firmas solventes. Se descubrió que hasta se falseaba las citas de santo Tomás, que se incluían a modo de despiste. Recuerdo algunos firmantes contra cierto documento entre los que se encontraba un teólogo solvente, físico que había investigado en el CERN de Ginebra, y por mí amigo muy querido, director del centro Ramsey de Oxford. Salvo las dubbia los cuatro eminentes teólogos cardenales, no han abundado las críticas desde centros universitarios eclesiales. ¿Miedo?
Yo diría que falta de pulso teológico. Por un lado, los jesuitas se han unido como una piña para defender al único Papa de la historia con fajín. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, los aspavientos de la Universidad Loyola de Andalucía con semanas sobre ecología integral, una patochada, si no se toma como pleonasmo. O los artículos recientes de la revista Estudios Eclesiásticos que postulan una nueva moral, la relativista contraria al derecho natural, al matrimonio heterosexual.
Los dominicos van desde el aplauso entusiasta de Martin Gelabert, defensor nada menos que del último bodrio sobre corredención y mediación de María, un hilván de majaderías puestas en solfa con contundencia por la Asociación Mariana Internacional, hasta otros trabajos más serios y profundos de la Révue Thomiste a propósito de la famosa bendición de la sodomía, donde el autor hace auténticos equilibrios verbales entre la bendición del individuo, cualquiera que sea su estado, la del amigo y la obviamente nula, por inmoral, de la pareja ut talis. Y ello pasando por el fraile dominico de la Comisión Leonina develador de las citas falsas del Aquinate.
Hay mucha tela que cortar, Virtellius.
Totalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.
EliminarSus apreciaciones, Sr. Temerarius, no son nada halagüeñas.
ResponderEliminarY por desgracia, no va usted mal encaminado, no.
Que Dios se apiade de nosotros, Amén.
Me parece increíble que el autor de este artículo se regodee con "la Papolatria" que durante siglos azotó a la Iglesia Católica Romana. Pero en ello le doy algo de razón, sin tal Papolatria no tendría sentido de hablar de la iglesia Católica, pues la identidad de "está" iglesia consiste en esa "roca" papolotrica , y no en la verdadera "Roca" que es Jesucristo...dicho lo dicho... alguien puede objetar que hago yo en este foro si no comulgo con semejante Religión, bueno, déjenme que anuncie que la verdadera adoración es a Dios Trino y no a un Papa , pues con suerte algún lector se aparte de tal herejía y se convierta a la verdadera Fe y no a la fe en un hombre que no es Dios...(Y es que hay que ser o muy ignorante o muy desviado para defender tal atrocidad)
ResponderEliminarPodría haber notado que los Católicos no profesamos la papolatría y mucho menos seguimos a cualquier pastor trasnochado... La Iglesia es columna y custodia de la Verdad independientemente de los pecados de las personas... Faltó aclarar en este artículo que ninguna acción de Francisco se encuadra en los requerimientos de infalibilidad papal... así que por las dudas si entra algún descarriado protestante; habría que aclararlo
EliminarLo que cabe preguntarse es si fue buena con Pío XII tanta fe ciega en el papa, y si fue buena con Francisco, tan profunda desconfianza en el papa, que se hizo imprescindible distinguir entre la fe en Dios y la fe en el papa. Pero de una manera tan extrema, que para muchos resultó que para conservar la fe en Dios se hizo preciso no sólo renunciar a la fe en el papa, sino practicar además una desconfianza metódica contra él y contra sus enseñanzas.
ResponderEliminarUn Papá es infalible cuando define un Dogma hablando EX-CATEDRA.
EliminarEL Papa anterior, que yo sepa, nunca se sentó en ninguna Catedra.
Como mucho , se sentó en un taburete fabricado en la pampa Argentina.
NI CASO, VAMOS!!!
Suerte que solo G.G y algunos mas alterados piensan como ustedes. Una minoria
ResponderEliminarSr Virtelius..ha saltado usted de Juan XXIII a Francisco y nos remite a Pio XII como Papa sólido. Bien está que recordemos a Benedicto XVI y su "¡mantenéos firmes en la Fe; que no os confundan!"
ResponderEliminarCuanto antes se averigue si lo de Benedicto XVI fue un Papado usurpado y Francisco un Antipapa, mejor, para desmontar todo el entramado que creció con el "espíritu del concilio"
ResponderEliminarEn la vida de Juan XXIII, llamado “el Papa bueno”, hay varias incógnitas, que son muy preocupantes: ¿Por qué quiso recibir el Capelo cardenalicio de manos del ateo, masón y anticlerical Vicent Auriol? ¿Por qué puso como consultores del CVII a notorios teólogos progres, que habían sido censurados por Pio XII? ¿Por qué permitió que los esquemas preparados para el CVII fueran retirados y los progres impusieran los suyos? ¿Por qué consideraba que la Iglesia ya no era maestra? A lo mejor, en vez de Papa bueno, era un Papa buenista, o algo peor.
ResponderEliminarTras unos años de Papas excelentes, el catolicismo había caído en la papolatría: pensar que el Papa está por encima de las Escrituras, de la Tradición y de Ley de Dios. A pesar del desastre Francisco, todavía hay curas que todavía piensan si el Papa dice que se puede dar la comunión a los adúlteros, o bendecir el gaymonio, entonces se puede hacer. Están convirtiendo la Iglesia en una secta, donde el líder supremo decide el bien y el mal. Muchos han abierto los ojos, pero no todos.
Como muy bien dijo B XVI: el Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley, él debe ser la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad. Parece que hay muchos católicos, que no tiene nada claro, esto tan elemental.
En la época de Juan XXIII y un poco después, había quien decía que más que un papa bueno lo que era es un papahuevo... y razón no le faltaba. ¡La que armó, y gratuitamente, con un concilio que nadie había pedido!
EliminarLa historia del papado, con más de dos milenios de continuidad institucional, incluye pontífices de gran santidad, gobierno prudente y clarividencia doctrinal, pero también episodios de profunda degradación moral, política e institucional, de tal calibre, que Ratzinger dijo que más bien han habido momentos en que la Barca de San Pedro ha sido asaltada por piratas pero que el Espíritu Santo, quien gobierna la Iglesia, lo ha salvado todo. Según criterios académicos ampliamente aceptables, doy una lista de los que pueden considerarse entre los peores de la historia eclesial.
ResponderEliminarNo se trata de un juicio moral privado ni de una descalificación confesional, sino de un análisis histórico objetivo, basado en fuentes contemporáneas historiográficas y en el impacto real de sus pontificados sobre la Iglesia como institución visible. Si alguien quiere hacer una novela histórica de intrigas, sin duda la historia de los papas, toda una disciplina para especializarse.
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I. Criterios objetivos de evaluación
En historiografía eclesiástica rigurosa, un papa puede ser calificado entre los “peores” no por pecados personales aislados, sino cuando concurren de forma ACUMULATIVA los siguientes factores:
1. Abuso grave del poder pontificio, especialmente mediante violencia política, venganzas personales o eliminación de adversarios.
2. Corrupción sistémica, manifestada en simonía, nepotismo estructural o captura del papado por clanes familiares, políticos, ideológicos, de camarilla o grupo de presión o interés.
3. Escándalo público institucional, con descrédito generalizado de la Sede Apostólica.
4. Daño duradero a la Iglesia, como cismas, colapso de la autoridad moral, prestigio, crédito, reputación o sometimiento del papado a poderes seculares o religiosos corruptos o degenerados.
5. Testimonios convergentes de fuentes contemporáneas, no exclusivamente hostiles (Liber Pontificalis, actas conciliares, crónicas imperiales o eclesiásticas, autores, estudiosos, críticos, teólogos e intelectuales de prestigio).
6. Ausencia de reformas compensatorias que mitiguen el daño causado, no reversión del mal efectuado, insistencia en seguir el camino del mal, no querer rectificar, no responder a peticiones legítimas (dubia), insistir en documentos heréticos (Amoris, Fiducia).
Quedan excluidos, por tanto, papas controvertidos o autoritarios que, aun siendo políticamente torpes o teológicamente duros, mantuvieron coherencia DOCTRINAL y no incurrieron en corrupción estructural.
Realmente hemos estado muy "mal educados" al tener los mejores papas de la historia y en secuencia consecutiva, en iteración continua: San Juan Pablo II desde 1978 hasta Benedicto XVI con su fin en el 11 de febrero del 2013 (parece que fue ayer).
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II. Núcleo duro de los peores papas
1. Esteban VI (896–897) - MEDALLA DE ORO - Degradación institucional absoluta
Contexto: Violencia faccional romana tras la muerte de Formoso, dominada por la aristocracia de Spoleto.
Juicio: Considerado de forma casi unánime como el peor papa de la historia: medalla de oro por la degradación institucional absoluta: la Barca de San Pedro, casi quedó en las cuadernas y algún mástil
Fallos según los criterios:
Único caso de aberración jurídica sin precedentes (Sínodo Cadavérico).
Uso explícito del papado como instrumento de venganza política.
Destrucción simbólica del orden canónico y del respeto a la sede romana.
Daño inmediato y universal al prestigio papal.
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2. Benedicto IX (1032–1048) - MEDALLA DE PLATA - Corrupción institucional total
Historia del momento: Papado hereditario controlado por el clan de los condes de Tusculum.
Juicio: Probablemente el peor pontífice en términos globales. No tan grotesco como el oro, pero más duradero y sistémico.
Teniendo en cuenta los criterios:
Venta explícita del papado (1045), caso único y documentado.
Tres pontificados marcados por violencia y corrupción.
Simonía estructural y vida escandalosa.
Desprestigio generalizado que impulsa la reforma gregoriana.
San Pedro Damián: auténtica abominación para la Iglesia.
3. Juan XII (955–964) - MEDALLA DE BRONCE - Depravación moral pública del pontificado
ResponderEliminarSituación histórica: Papado controlado por la nobleza romana; intervención del Imperio germánico.
Sentencia: Consenso historiográfico ampliamente devastador.
Mirando los criterios:
Inmoralidad pública extrema documentada en el sínodo de 963 convocado por Otón I.
Acusaciones de incesto, homicidio, simonía e invocaciones paganas.
Profanación del Palacio de Letrán.
Intervención imperial por colapso moral del papado.
Simboliza la descomposición moral del papado en el siglo X y el punto más bajo del saeculum obscurum.
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4. Sergio III (904–911) - MEDALLA DE HONOR DE ORO - Violencia política y captura oligárquica
Constelación histórica: Inicio del saeculum obscurum o “pornocracia romana”, dominio de la familia Theophylacti.
Sentencia: Pontificado profundamente negativo y estructuralmente corrupto.
Comparando con los criterios:
Acceso violento al trono pontificio.
Eliminación de rivales (León V y Cristóbal, según fuentes convergentes).
Captura del papado por una oligarquía familiar.
Dependencia política de Marozia y su clan.
Su pontificado inaugura una etapa de sometimiento del papado a intereses aristocráticos locales.
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5. Alejandro VI (1492–1503) - MEDALLA DE HONOR DE PLATA - Corrupción renacentista dinástica
Historia: Papado renacentista, política italiana y rivalidades dinásticas.
Evaluación: Entre los peores por corrupción sistémica, no por herejía.
Cómo está según los criterios:
Nepotismo extremo a favor de sus hijos (César, Juan y Lucrecia Borgia).
Instrumentalización del poder espiritual para fines dinásticos.
Crímenes políticos documentados por testigos contemporáneos (Burchard).
Daño profundo al prestigio internacional del papado.
Aunque intelectualmente capaz, su pontificado encarna la corrupción renacentista.
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III. Conclusión
Desde un punto de vista histórico y académico, Esteban VI, Sergio III, Juan XII, Benedicto IX y Alejandro VI constituyen el consenso más sólido sobre los 5 únicos peores-pésimos papas de la historia, por la convergencia de abusos graves, corrupción sistémica y daños duraderos a la Iglesia.
Los restantes malos pontífices, como León X o Clemente VII, deben entenderse más bien como ejemplos de incompetencia histórica con consecuencias graves, pero NO como casos de depravación extrema del ministerio petrino.
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En mi estricta opinión personal, Francisco quedará como dijo Joseph Seifert: el que lanzó con Amoris laetitia en el 2016 la bomba atómica que destruyó la total moral doctrina católica de los actos morales intrinsece malum y los convirtió (transmutó) en actos morales luteranos bonum imperfectum et incompletum, por el que los adúlteros tienen derecho a convivir more uxorio y recibir la comunión y absolución constante el acto pecaminoso si en derecho material se da la moral de situación (eximente, atenuante, un bien posible, una gracia misericordiosa) y en derecho procesal se inicia un procedimiento clerical de acompañamiento, discernimiento e integración plena en la vida eclesial. Luego lanzó la otra bomba atómica, curiosamente contra el mismo VI Mandamiento, al permitir las bendiciones no rituales y pastorales a la totalidad de las parejas irregulares (ojo, las bendiciones, según Fiducia y una nota interpretativa, prohíben expresamente toda bendición ritual y formal).
León XIV de momento queda como un papa de continuidad transicional, de personalidad débil, pasivo y elusivo-diletante. Si ya no estuviera, se le debería decir que "paso y no hizo nada, todo se quedó por hacer", porque de momento mantiene la infraestructura del mal básica de Francisco: las normas de Amoris laetitia, Fiducia supplicans, Traditionis custodes, y los nombramientos como Tucho, Grech y otros, y además, no disciplina al camino sinodal alemán ni a la Iglesia Patriótica china afín al partido comunista chino ni rompe con el tratado secreto con Pekín. Da la sensación que está de paso para ser puente y transición a otro papado más firme que éste.
ResponderEliminarAhora mismo el Papado aparece como desconectado, sin carisma. Mutis.
Asalto a la barca de san Pedro 1 y 2:
ResponderEliminarHe leído su comentario porque no se extendía hasta el nº 7 u 8. Cuando es así, suelo dejarlo para cuando encuentre tiempo suficiente: y la mayoría de las veces no lo encuentro.
Muy interesante, parco y aleccionador su ránking de los peores papas. Tenía noticia de todos ellos, pero está bien lo de hacer una lista tan escueta.
Y claro, en esa lista acaba resultando que el peor papa que ha tenido la Iglesia en toda su historia ha sido Francisco, porque soltó dos imponentes bombas atómicas contra la moral.
Y a León XIV lo califica ya de mediocre y timorato, de transición, juzgándolo por lo que ha hecho en este primer año de pontificado.
Gracias por su brevedad y claridad.
Si en el cónclave de 1903 casi sale electo el cardenal Rampolla que no ascendió al trono papal por ser denunciado y objetado por su adhesión a la masonería, siendo secretario de Estado Vaticano de León XIII; el mismo Papa que promulgó Humanus Genus contra la masonería tenía por mano derecha un masón sin saberlo! Gracias a Dios salió electo Pío X! Mi pregunta a Virtelius es, si en 1903 la masonería eclesial ya estaba infiltrada en la
ResponderEliminarSecretaría de Estado del Vaticano, desde Juan XXIII probablemente ya había llegado a la cúspide! En cuanto a León XIV soy de la opinión que fue electo por la CIA al igual que su predecesor!
Hasta que no finiquiten Amoris laetitia, Fiducia suplicans, Abu Dabi y acaben de una vez con las mujeres diaconisas, todo lo que venga de Roma será sospechoso. Francisco hizo mucho daño.
ResponderEliminarEl artículo pasa de Juan XXIII a Francisco. En medio, San Pablo VI, Juan Pablo I, San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Me parece obvio que Pablo VI resistió en el terreno moral (Humanae Vitae), pero permitió destrozar la liturgia secular de la Iglesia. Juan Pablo II hizo un esfuerzo titánico por enderezar el rumbo de la barca, consiguiéndolo sólo en parte, porque no redujo a los jesuitas y sus seguidores. A Benedicto lo ignoraron y machacaron sin piedad, y con Francisco saltaron por los aires la moral y el dogma (restauración de Lutero, por ejemplo). El pontificado actual se supone largo, pero por ahora apunta a francisquismo maquillado. Non prevaluerunt?
ResponderEliminarCierto
EliminarSi se cita a Burchard como fuente fiable en su tiempo nos invade la duda sobre casi todo lo demás.
ResponderEliminarSe suele echar la culpa de todo a Juan XXIII, pero no es ni justo ni correcto. En primer lugar los planes para el concilio, venían de antes, ya Pío XII había considerado la necesidad de celebrarlo, por lo que de ningún modo fue idea de Juan XXIII. En segundo lugar, apenas pudo tener influencia sobre él, ya que estaba demasiado enfermo y murió apenas iniciado. Sorprende por otra parte el que a menudo se pase por alto la culpa de Pablo VI, el verdadero papa del concilio y el primero en aplicar sus resoluciones. Pero sobre todo es absurdo el modo en que se exime a Juan Pablo II de toda responsabilidad por los desastres de la Iglesia. En realidad fue este papa el que durante casi 3 décadas de pontificado guió a la Iglesia siguiendo un rumbo que es el que nos ha traído hasta aquí. Fue él quien de verdad aplicó la línea marcada por el concilio (se la podría haber interpretado de otro modo), quien protegió a un sujeto tan maléfico como Marcial Maciel y quien en definitiva es, entre los papas, el mayor responsable del actual naufragio: Francisco fue la consecuencia, el pontificado de Juan Pablo II la causa. Sospecho que la "absolución" tácita de Juan Pablo II tiene motivos extrarreligiosos, es ideológica: Wojtila era claramente un hombre con un posicionamiento político que puede ser interpretado como "de derecha". Y sí, también la derecha eclesiástica contribuyó al desastre, tanto como la "izquierda". Que Dios perdone a todos.
ResponderEliminarPara los de Germinans al final los protestantes tienen razón. Cosas veredes amigo Sancho.
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