viernes, 4 de septiembre de 2015

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo
EFFETÁ: ABRIRSE A LA CAPACIDAD DE ESCUCHA
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Una de las cosas que hoy nos hace caer en la cuenta de que necesitamos ser curados de las nuevas lacras que nos asolan es la enorme indiferencia que demostramos en la escucha no solo de las personas que nos rodean sino también respecto a todo lo demás, incluso cuando caminamos en medio al tráfico urbano. 

Un día, con el coche parado en un semáforo rojo, justo delante del paso de cebra, una pareja a pie que tenía que pasar la calle, en vez de cruzar la calle aprovechando su turno de paso libre, se detuvo esperando que estuviera verde. El chico intentando escribir con su Smartphone y la chica cabizbaja un paso atrás del chico. Les observé y pensé para mis adentros que quizás eran turistas que buscaban indicaciones en el móvil para dirigirse a alguna dirección y no le di más importancia al hecho. Ya con el semáforo en ámbar para ellos y yo que me preparaba para poner la primera, el chico quitó la vista del teléfono y con un gesto de desagrado por haber desaprovechado el verde, empezó a cruzar la calle y a reprochar a la chica no haber estado atenta y advertirle. La chica respondiendo a las invectivas chilló diciendo “Para qué si tampoco me escuchas nunca”. Peleándose y corriendo consiguieron cruzar la calle. A penas en la acera, él volvió a concentrarse en su Smartphone y ella, cual esposa musulmana, a caminar tras él un paso atrás.

¿Cuántas escenas parecidas vemos hoy en día? ¿Cuántos zombis con el teléfono en mano arriesgan la vida corriendo el riesgo de pegarse un porrazo aunque sea únicamente contra un poste eléctrico? ¿Cuántos sordos, mudos y ciegos podemos contar y cuántos de ellos buscan curación?
C:\Users\FRANSESC\Desktop\15521-1.jpgEs obvio que quiero provocar, pero el acento de la liturgia de la palabra de este domingo nos invita a recapacitar sobre la capacidad del hombre para la escucha, sobretodo de escuchar a Dios, y pues de reflexionar sobre nuestra capacidad para responderle y decir algo sensato, algo que realice al hombre en sí mismo y con respecto a los demás.
Jesús se encuentra en pleno territorio pagano, allí donde ninguno de sus discípulos hubiera jamás esperado encontrar huella de la fe en el único Dios que llama según el “Shemà (Escucha) Israel”, intentando responderle como hijos con todo el corazón, con toda su alma y con todo su ser. En estas tierras no vivían hijos de Israel, que pasaban de largo de estas poblaciones, sino hombres que sin embargo, tal como Jesús enseña en varias ocasiones, esperan una sanación, una salvación que sólo Dios podía llevarles.  
En la región de la Decápolis y en todos los territorios paganos, el Señor podía hablar y enseñar a través de su Palabra, de su vida y de sus milagros sin temor a ser rebatido por los fariseos y doctores de la Ley, píos israelitas preocupados por hacer cumplir y respetar la Ley, no en hacerla comprensible.
C:\Users\FRANSESC\Desktop\effeta.jpgAquí Jesús habla y obra para curar al hombre de sus incapacidades, de raíz, a fin que  el hombre entienda la Ley del Amor que salva, y lo hace a través aquel lenguaje común que es la humanidad no diferenciada por la idea de un Dios o de una ideología, por aquello que es común a todos los demás hombres. Él mismo ha deseado experimentar asumiendo la carne humana, la humanidad misma, en su integridad. Jesús nos está diciendo como se sana al hombre y quién y qué te cura. Nos está señalando el camino no para la “perfecta humanidad· sino para la divinización, por obra de Dios, de la mismísima humanidad. La posibilidad de curarla de la muerte y del sin-sentido. Expresa y explica la voluntad de aquel Dios Creador que no abandona ni a su Creación ni al hombre, vértice de ésta, porque es un Padre que nos ama y no puede dejar de amar a sus hijos que, reconocidos como tales por el hermano Jesucristo, pueden hablar y anunciar sin galimatías, a su vez, las obras de amor de Dios.
Para hacer realidad al Dios que ama al hombre, este debe superar su sordera, su falta de escucha, su cerrazón y todo lo que ella conlleva: el egoísmo, esa tendencia a ser el centro de todo y el hedonismo…
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Tapiz de la Creación: Catedral de Gerona
El hombre tiene que "abrirse", como Jesús dice al sordomudo al pronunciar el "Effetá", debe adquirir la capacidad de escuchar y oír la verdad, la palabra verdadera, la que te pone en movimiento hacia la eternidad y entonces, sólo entonces, se puede decir algo bueno, verdadero, eterno en todo lo que esta palabra hace o dice.
Sólo escuchando  uno  puede estár en condiciones de responder, de hablar. Esto me hace pensar no sólo en el "Shemá" de Israel, sino en el nuevo Israel que comienza por escuchar a una Virgen que decide responder a su Creador, y  en una multitud de otros ejemplos bíblicos. Me hace pensar en una historia paralela a la de la Virgen María, la de Zacarías, que, a pesar de tener el mismo privilegio de María en la visita angélica, en realidad no escuchó las palabras del ángel, sino que pensando en sus proyectos, la puso en juego y la obstaculizaba, por lo que quedó mudo e incapaz de pronunciar cualquier palabra. Sólo el silencio le sanará su capacidad de reflexionar y  aceptar el plan de Dios, dando el nombre a su hijo Juan cuyo significado es su "regalo de Dios". Otro punto a destacar es -tras el anuncio del nacimiento-  de María, que no quiere decir o explicar lo que pasó, pero que mantenía "en su corazón" todo lo que veía y oía,  hablando sólo en cuatro ocasiones y nada más. ¿Y María no es quizás el máximo ejemplo de la humanidad que cumple la voluntad de Dios? ¿No es nuestro ejemplo, nuestra referencia a una relación correcta,  humana y divino-humana,  hacia la que se invita a todos los hijos de Dios a imitar?
C:\Users\FRANSESC\Desktop\mundo1.jpgBueno, podría seguir un buen rato pero abandono cualquier otra consideración a la escucha y a la oración personal, no sin antes de compartir un pensamiento, tal vez atraídos por la lectura de la encíclica "Alabado sea'' de Francisco, donde en el número 85, reportando las palabras de Juan Pablo II, dice: la "contemplación" de la creación se compara con ''escuchar una voz paradójica y silenciosa" que se suma a la revelación de las Sagradas Escrituras, por lo cual, “prestándole atención” el ser humano aprende a reconocerse en relación con otras criaturas. Y yo me pregunto: Si Jesús "ha hecho todas las cosas bien" (Mc 7:37), y Jesús es el Señor, el Dios que creó e hizo todo lo bello y bueno, cuando el hombre escucha a su Señor y le responde: ¿puede devolver la hermosura a la Creación tal cómo Dios la había soñado y destinado desde el principio?
Fr. Tomás M. Sanguinetti

4 comentarios:

  1. ¿Puede devolver la hermosura a la Creación tal cómo Dios la había soñado y destinado desde el principio?

    Sí, claro que sí. Pero depende nuestra voluntad de construirnos en el amor.

    Nos situamos desde la mente de Dios, cuando creó el mundo. Así conoceremos qué sentido tenía para Dios la Creación.
    Delante de Dios estaba Cristo.
    La Creación fue en Cristo, ya que la Creación tiene su imagen en Cristo que es el modelo. Sin Cristo el mundo no podría existir.

    ¿Qué Cristo tenía Dios delante?
    No solo debemos fijarnos en su Humanidad y su biografía terrena, de Belén a la Cruz. El Cristo de la Cruz no es el definitivo.
    El definitivo es el Cristo glorioso y resucitado.
    Su Carne gloriosa y resucitada es el núcleo de nuestra Fe.

    Dios al crear al hombre, toma como modelo a Cristo glorioso y resucitado. Dios crea “en” Cristo.
    Todo lo que existe ha sido creado “por” Cristo que actúa como mediador ante el Padre.
    Por eso es el único mediador. Todo lo que nos viene y nos va de nosotros al Padre, pasa por Cristo.

    El “para” Cristo añade la finalidad de la Creación. Cuando Dios crea al hombre tiene el modelo de Cristo en su Resurrección. Cuando Dios crea el hombre lo crea a imagen de El que es Cristo glorioso resucitado.

    Todo lo que existe es en Cristo y todo lo que existe tiene una finalidad y por tanto una “vocación”. La propia existencia es una llamada.
    Esa llamada es para todos incluidos musulmanes, ateos, moscas...etc. Todos

    El modelo que Dios tuvo al crear el cosmos es Cristo esposo de la Iglesia. Pero el Cristo resucitado y glorioso y la Iglesia definitiva, resucitada y gloriosa (la santa).

    Así lo dice S Pablo y es afirmado por la patrística de los primeros siglos, pero se pierde en s Agustín.
    Esta visión patrística es Cristocéntrica.
    La retomó el CVII y entre ellos SJPII:
    “El hombre solo se esclarece a la luz de Cristo” en Gaudium et Spes y Redemptor Hominis.

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    1. Gaudium et Spes 22:

      En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.

      El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.

      Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

      El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.

      Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.

      Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!

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    2. Redemptor Hominis 10.
      Dimensión humana del misterio de la Redención

      El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús».64 El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor»,65 si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»!66

      En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, «en el mundo contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza que en su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamente vinculado con Cristo. Él determina también su puesto, su —por así decirlo— particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad. La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el misterio pascual que a través de la cruz y la muerte conduce a la resurrección.

      El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.

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  2. Fray Tomás, muchas gracias por esa nueva Glosa dominica, despues de vacaciones, que le deseo muy fructíferas para el alma y el cuerpo.

    Cuantas cosas se aprenden con el silencio interior, a los pies del Sagrario.

    Las grandes decisiones en la vida nacieron de momentos de silencio.

    Necesitamos del silencio para una mayor unificación personal. La mucha distracción produce desintegración y ésta acaba por engendrar desasosiego, tristeza, angustia.

    Hay diversas clases de silencio.

    Jesús nos dijo: “cierra las puertas”. Cerrar las puertas y ventanas de madera es fácil. Pero aquí se trata de unas ventanas más sutiles, para conseguir ese silencio.

    Está, primero, el silencio exterior, que es más fácil de conseguir: silencio de la lengua, de puertas, de cosas y de personas. Es fácil. Basta subirse a un cerro, internarse en un bosque, entrar en una capilla solitaria, y con eso se consigue silencio exterior.

    Pero está, después, el silencio interior: silencio de la mente, recuerdos, fantasías, imaginaciones., memoria, preocupaciones, inquietudes, sentimientos, corazón, afectos. Este silencio interior es más difícil, pero imprescindible para oír a Dios e intimar con Él.

    Los enemigos del silencio son la dispersión, el desorden, la distracción, la diversión, la palabrería, la excesiva juerga, risotadas, la velocidad, el frenesí, el ruido.

    ¿Qué relación hay entre Eucaristía y silencio?

    El mayor milagro se realiza en el silencio de la Eucaristía. Las más íntimas amistades se fraguan en el silencio de la Eucaristía. Las más duras batallas se vencen en el silencio de la Eucaristía, frente al Sagrario. La lectura de la Palabra que se tiene en la misa debe hacerse en el silencio del alma, si es que queremos oír y entender.

    El momento de la Consagración tiene que ser un momento fuerte de silencio contemplativo y de adoración. Cuando recibimos en la Comunión a Jesús ¡qué silencio deberíamos hacer en el alma para unirnos a Él! Nadie debería romper ese silencio.

    Las decisiones más importantes se han tomado al pie del silencio, junto a Cristo eucaristía. ¡Cuántas lágrimas secretas derramamos en el silencio!

    San Juan Pablo II cuando era Obispo de Cracovia pasaba grandes momentos de silencio en su capillita y allí escribía sus discursos y documentos. ¡Fecundo silencio del Sagrario!

    Así lo narra San Juan Pablo II en su libro “¡Levantaos! ¡Vamos!”: “En la capilla privada no solamente rezaba, sino que me sentaba allí y escribía...Estoy convencido de que la capilla es un lugar del que proviene una especial inspiración.

    Es un enorme privilegio poder vivir y trabajar al amparo de esta Presencia. Una Presencia que atrae como un poderoso imán...” .

    Preguntemos a María si el silencio es importante.

    El silencio de la Virgen no es un silencio de tartamudez e impotencia, sino de luz y arrobo...

    Todos hablan en la infancia de Jesús: los ángeles, los pastores, los magos, los reyes, Simeón, Ana la Profetisa...pero María permanece en su reposo y sagrado silencio. María ofrece, da, recibe y lleva a su Hijo en silencio.

    Tanta fuerza e impresión secreta ejerce el silencio de Jesús en el espíritu y corazón de la Virgen que la tiene poderosamente y divinamente ocupada y arrebatada en silencio.

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