viernes, 12 de junio de 2015

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo
Cedro del Líbano (izquierda), Árbol de mostaza (derecha)
LA SIMPLICIDAD Y LA PACIENCIA EVANGÉLICAS
Concluido el tiempo pascual y las fiestas que le suceden, la liturgia nos devuelve al ritmo del tiempo ordinario. La liturgia de este domingo expresa la absoluta soberanía de Dios que actúa sus designios en la historia. El profeta Ezequiel presenta la esperanza de Israel bajo la imagen de un alto cedro de la cima del que Dios tomará un ramito que plantará en la montaña más alta de Israel y que crecerá dando cobijo a todos las aves del cielo. La parábola es un canto de esperanza. Habla de Dios y de su misericordia, anuncia el futuro de Israel convertido en lugar de peregrinación para todos los pueblos. Y obviamente nos ofrece una enseñanza moral: el Señor abate los altos árboles y ensalza el más humilde árbol, seca lo ufano y hace florecer lo seco. Todo en correlación con la perícopa del evangelio de Marcos que describe el misterioso proceso del crecimiento de una semilla. Es la analogía para comprender el crecimiento del reino de Dios, aunque revela las claves secretas de nuestra vida y abre ante nuestros ojos el camino de la esperanza y de sus dos principales tentaciones: por una parte creer de manera presuntuosa que podemos atribuirnos el fruto de la esperanza y por otra, aviso para impacientes y superficiales, pensar que los medios sencillos y la simplicidad de los principios no pueden llevarnos a grandes éxitos.
Toda la Iglesia ha de estar disponible con simplicidad y paciencia, adecuándose a la capacidad de comprensión de las personas y al ritmo personal de cada individuo. Todos debemos cooperar con humildad a la difusión del Evangelio. Todos hemos de sembrar con generosidad el mensaje. A pesar de las contradicciones que el Reino de Dios ha de sufrir en la tierra, las parábolas de Jesús son una invitación a la confianza y al optimismo, ya que el Reino es obra de Dios y no de los hombres. Dios tiene otros ritmos, otros criterios y otros recursos respecto a nuestros límites, a nuestras impaciencias, a nuestra estrechez de miras. Una vez sembrado en el corazón, el Reino de Dios crece por su cuenta. Es una maravilla de Dios, tan grande y hermosa cuán grande y hermoso es el crecimiento de la semilla sembrada en el terreno.
C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesZRIOARI9.jpgDe este modo, el crecimiento del Reino de Dios no depende de las fuerzas humanas: supera las capacidades humanas porque tiene dentro de sí un dinamismo propio. El evangelista Marcos quiere subrayar la mayor confianza que el hombre debe tener en la acción de Dios en la propia vida y en la historia, sin abandonar el esfuerzo cotidiano de corresponder a la fuerza interior del Espíritu en nuestro corazón. Hemos de evitar tanto el quietismo como el activismo febril que hace depender todo de nuestros esfuerzos y méritos.
Es necesario conservar la esperanza. Y cultivar la virtud de la paciencia que no puede adelantar la hora de la siega y la cosecha. Y por encima de todo no dudar de la realidad de la acción de Dios en el mundo y en nuestros corazones. San Ignacio de Loyola ha dejado escrito para sus seguidores: “obra como si todo dependiese de ti sabiendo que todo depende de Dios”.
Fray Tomás M. Sanguinetti

4 comentarios:

  1. Fray Tomás, gracias por esa Glosa dominical de este domingo.

    Usted termina con esas palabras. "San Ignacio de Loyola ha dejado escrito para sus seguidores: “obra como si todo dependiese de ti sabiendo que todo depende de Dios”.

    Esto ante todo requiere humildad y esperanza. Es posible con la gracia de Dios, si bien no es fácil, hoy en día en esas virtudes parecen inexistentes al menos en la esfera pública, mediática...

    San Ignacio de Loyola era un gran santo, que nos convendría otro similar en el siglo XXI.

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  2. Por fin Fray Tomás. Sus palabras nos ayudan a entender mucho mejor el evangelio . Después de una semana de Forcadas de Ana Colau del anticristo de la bestia ..... gracias por el remanso de los sábados

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  3. Perdone Fray Tomás que haga un pequeño inciso en su hermosa Glosa, para evocar el el día de hoy que la Iglesia celebra la fiesta del Inmaculado Corazón de María, la figura de un gran santo catalán del siglo XIX. Se trata de San Antonio María Claret y su devoción a la Virgen en su Corazón Inmaculado.

    Antonio Claret Clará nació en Sallent (Barcelona) el 23 de diciembre de 1807.

    Las palabras del Evangelio: "¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?", le habían impresionado profundamente. Distintas y varias experiencias con las que la Providencia va dando aldabonazos a la puerta de aquella alma tan sensible a las divinas insinuaciones.

    El ambiente del Seminario era óptimo. Amigo de Jaime Balmes, se ordenó de Diácono en la misma ceremonia en que él se ordenó de Subdiácono. Estudió profundamente la Biblia, que le impulsó a un insaciable espíritu apostólico y misionero. A los 27 años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Fray Juan José de Tejada.

    El 16 de julio de 1849, en una celda del seminario de Vic fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Tenía 41 años, con Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. "Hoy comienza una gran obra" -dijo el Padre Claret. Sabía que era impulsado por Dios; y Dios le reveló: Que la Congregación se extendería por todo el mundo.

    Gozó del privilegio de la conservación de las especies sacramentales de una comunión a otra durante nueve años, como lo escribió en su Autobiografía: "El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la iglesia del Rosario de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre día y noche el sacramento en mi pecho. Desde entonces debía estar con mucho más devoción y recogimiento interior. “Por eso dijo: "En ningún lugar me encuentro tan recogido como en medio de las muchedumbres".

    DEVOCIÓN A LA VIRGEN MARÍA

    De niño, todos los días rezaba una parte del Santo Rosario y de mayor, los quince misterios. La Virgen le había dicho: "Tú serás el Domingo de estos tiempos. Promueve el Santo Rosario". Amaba a María, pero María le amaba más a él, pues siempre le concedía lo que pedía, incluso cosas que nunca pidió. La Virgen lo libró de enfermedades, de peligros e incluso de la muerte, le libró de tentaciones y de ocasiones de pecar. Decía el Santo: "Ya veis cuánto importa ser devoto de María. Ella os librará de males y desgracias de cuerpo y alma. Os alcanzará los bienes terrenales y eternos. ...Rezadle el Santo Rosario todos los días y veréis cómo María será vuestra Madre, vuestra abogada, vuestra medianera, vuestra maestra, vuestro todo después de Jesús".

    PADRE DEL CONCILIO VATICANO I

    El 8 de diciembre de 1869 comenzó el Concilio Vaticano I. Allí estaba el Padre Claret. Uno de los temas más debatidos fue la infalibilidad pontificia en cuestiones de fe y costumbres. La voz de Claret resonó en la basílica vaticana: "Llevo en mi cuerpo las señales de la pasión de Cristo, -dijo, aludiendo a las heridas de Holguín-; ojalá pudiera yo, confesando la infalibilidad del Papa, derramar toda mi sangre de una vez". Es el único Padre de aquel Concilio que ha llegado a los altares.

    PRECURSOR DEL CULTO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

    Como la Orden de los Carmelitas, es la Orden de los hermanos de la Virgen, la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María, es un original anticipo a las Revelaciones de Fátima, en las que la Virgen, en 1917, encarga a Lucía difundir la devoción al Inmaculado Corazón de María. ¿Qué otra cosa hacía San Antonio María Claret al fundar su Congregación, más que adelantarse 68 años a las Revelaciones de Fátima? No es fortuito que en uno de los cuarteles de la cúpula de la Basílica de Fátima figure la imagen de San Antonio María Claret y que la atención a los peregrinos de aquel Santuario se haya confiado a los Religiosos Hijos del Inmaculado Corazón de María.

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  4. El Papa Francisco presidió el rezo del Ángelus este domingo ante miles de peregrinos provenientes de diversos países. En sus palabras previas a la oración mariana, el Santo Padre recordó que “la victoria del Señor es segura”, por lo que alentó a tener esperanza ante los dramas e injusticias que encontramos.

    Refiriéndose al Evangelio de hoy, el Santo Padre destacó que “el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor”. Porque “la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad es reclamada por esta palabra. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra obra con la potencia de Dios en el corazón de quien la escucha”.

    De hecho, “nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si está insertada en la de Dios no tiene miedo de las dificultades”. Y “la victoria del Señor es segura: su amor hará despuntar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra”.

    “Esto nos abre a la fidelidad y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias, los sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz germina y se desarrolla, para que lo haga madurar el amor misericordioso de Dios”.

    Francisco subrayó que “Jesús presenta la eficacia de la Palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia”.

    En este sentido, señaló que “Dios confió su Palabra a nuestra tierra, esto es, a cada uno de nosotros con nuestra humanidad concreta. Podemos ser confiados, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a ser ‘el grano completo en la espiga”.

    Y si esta palabra es acogida “trae ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de vías que no siempre podemos verificar y de una forma que no sabemos”, aseguró.

    Todo esto “nos hace entender que es siempre Dios, es siempre Dios que hace crecer su Reino –por eso rezamos tanto que ‘venga tu Reino’–. Es Él que lo hace crecer, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y alegra la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos. La Palabra de Dios hace crecer, da vida”.

    El Papa quiso recordar de nuevo la importancia de llevar la Palabra de Dios siempre a la mano, “el Evangelio pequeño en el bolso, en el bolsillo” y de “nutrirse cada día con esta Palabra viva de Dios: leer cada día un pasaje del Evangelio, un pasaje de la Biblia. No olviden nunca esto, por favor. Porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del Reino de Dios”.

    Retomando el comentario al Evangelio, afirmó que el Reino de Dios es “una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a formar parte se necesita ser pobres en el corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en la potencia del amor de Dios; no actuar para ser importante a los ojos del mundo, sino preciosos a los ojos de Dios, que prefiere a los simples y los humildes”.

    Por ello, “cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar la entera masa del mundo y de la historia”.

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