viernes, 27 de febrero de 2015

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo.


¿QUIÉN CONDENARÁ? 
La mayor dificultad para anunciar el perdón de Dios entre nuestra gente reside en el hecho de que muchos no creen que nadie les pueda perdonar lo que han hecho.

Lo que es más difícil pues, no es perdonar, sino creer en un Dios que ha respondido al mal en el mundo con el sacrificio de su Hijo, su Único y Amado Hijo, por nosotros.

En la muerte en la cruz del Hijo se cumple, de hecho, aquel aniquilamiento de Dios contra sí mismo en el que Él se entrega para levantar al hombre y salvarlo, y esto por puro amor.  Ante un Dios así, escandalosamente de nuestra parte, ¿quién estará contra nosotros? (Rm. 8,31b)

Y sin embargo no nos resulta difícil imaginar qué pensamientos y sentimientos aprisionaban como un remordimiento el corazón de Abraham mientras preparaba el cuchillo para inmolar a su hijo. ¿Qué padre en su sano juicio sacrificaría la vida de su hijo aunque fuese para obedecer al Señor?

La respuesta a esta pregunta, la encontramos en el silencio de un Dios que parece haber sido como “tragado” por las tinieblas del Viernes Santo, en el que resuena con fuerza únicamente la súplica desde lo más profundo del corazón de su Hijo: “…¿por qué me has abandonado?”

C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesXWZMXLCQ.jpgEs contemplando aquel cuerpo clavado en la cruz, torturado, aplastado, muerto, y aquel costado traspasado, cuando estamos seguros de no equivocarnos acerca de Dios. Porque equivocarnos acerca de Dios es lo peor que nos puede suceder, ya que después nos equivocamos sobre la historia, sobre el hombre, sobre nosotros mismos, sobre el futuro, sobre las relaciones humanas.

En la persona de Isaac nos aparece un hijo -imagen de todo hijo- a punto de ser sacrificado. Su relato no es el relato de un sacrificio frustrado, sino más bien el relato de un sacrificio cumplido: el sacrificio del sacrificio.

Deteniendo la mano de Abrahán antes que llegue a sacrificar al hijo, Dios frustra esta amenaza en beneficio de todos, para evitar que alguien, contemplando a un padre sacrificar a su propio hijo, se haga la idea de que Dios se regodea en la violencia que tan a menudo habita en nuestro corazón, en nuestra alma y en nuestros gestos.

C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesVA6KE7TU.jpgAquel que desde la nube señala a Jesús como el Hijo amado a quien debemos escuchar, no puede ser un Dios que quiera sacrificios, sino el amor. El mismo Dios que en su Hijo Unigénito se revelará como aquel que se sacrifica, por no haber aceptado el sacrificar a nadie. 

“¿Qué diremos, pues,  a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”

Ya no hay pues condena alguna para aquellos que están en Cristo Jesús. 

Fr. Tomás M. Sanguinetti

2 comentarios:

  1. Fray Tomás, gracias por esa Glosa del II Domingo de Cuaresma

    LA CONDENA DEL HOMBRE Y LA CONDENA DE DIOS

    Cuando Dios condena, cuando Dios señala el pecado y la maldad de los corazones, tiende la mano, ofrece el perdón, invita al arrepentimiento.

    El hombre condena. Porque no soporta el mal. Porque busca la justicia. Porque desea reparar daños. Porque cree ser capaz de emitir sentencias y condenas justas.

    Pero a veces la condena del hombre es errónea. Inocentes son declarados culpables por los tribunales, por la prensa, por la anónima y misteriosa “opinión pública”, por los familiares, por los amigos.

    Otras veces, los culpables viven sin molestias. Eluden las condenas humanas, pasan desapercibidos, reciben incluso alabanzas. Sus delitos permanecen ocultos ante los ojos del mundo.

    Dios también “condena”. Pero lo hace con la justicia verdadera, con la justicia perfecta. Porque ve los corazones. Porque distingue entre el verdugo y la víctima. Porque nada está oculto a sus ojos. Porque lo sabe todo, lo conoce todo, lo ve todo, hasta lo más íntimo del hombre (cf. Ap 2,23).

    Junto a la condena, los hombres pueden perdonar, pueden ayudar, pueden tender la mano a los culpables (verdaderos o falsos).

    Otras veces, por desgracia, el condenado se queda prácticamente solo, sin ayudas. Va a la cárcel, entre el desprecio general, la crítica, o simplemente el olvido más oscuro.

    Cuando Dios condena, cuando Dios denuncia, cuando Dios señala el pecado y la maldad de los corazones, tiende la mano, ofrece el perdón, invita al arrepentimiento, da fuerzas al pecador para que pueda iniciar un camino de conversión y de cambio.

    En cada confesión se produce el juicio más decisivo, más profundo, más importante de la vida humana. Un pecador, desde el arrepentimiento, desde la pena, desde las lágrimas sinceras, reconoce su culpa, se autoacusa. “Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí” (Sal 51,5-6).

    Dios emite su “sentencia”: perdona, limpia, sana, devuelve la dignidad, restaura fuerzas. La “condena” de Dios se convierte en un torrente de bendiciones. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

    Dios escogió un camino particular, único, para llegar a esa “sentencia”. El Padre “no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros”... Por eso, san Pablo pregunta: “¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica.

    ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros?” (cf. Rm 8,31-34).

    Esa es la gran diferencia entre las condenas de los hombres y la condena de Dios. Los hombres llegan a un cierto nivel de justicia, otras veces cometen graves errores. Dios opta por ofrecer su Amor, hasta el extremo de “condenar” a su Hijo, para que el hombre culpable sea rescatado, sea salvado, sea perdonado.

    Desde entonces cada pecador tiene ante sí, al alcance de la mano, los tesoros de la inmensa misericordia divina, el amor eterno del Padre bueno.

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  2. QUE NOS DICE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, QUE PROCLAMAMOS EN EL EVANGELIO DE HOY.

    Los personajes que hablaban con Jesús eran Moisés y Elías. Moisés fue el que recibió la Ley de Dios en el Sinaí para el pueblo de Israel. Representa a la Ley. Elías, por su parte, es el padre de los profetas. Moisés y Elías son, por tanto, los representantes de la ley y de los profetas, respectivamente, que vienen a dar testimonio de Jesús, quien es el cumplimiento de todo lo que dicen la ley y los profetas.

    Ellos hablaban de la muerte de Jesús, porque hablar de la muerte de Jesús es hablar de su amor, es hablar de la salvación de todos los hombres. Precisamente, Jesús transfigurado significa amor y salvación.

    Seis días antes del día de la Transfiguración, Jesús les había hablado acerca de su Pasión, Muerte y Resurrección, pero ellos no habían entendido a qué se refería. Les había dicho, también, que algunos de los apóstoles verían la gloria de Dios antes de morir.

    Pedro, Santiago y Juan experimentaron lo que es el Cielo. Después de ellos, Dios ha escogido a otros santos para que compartieran esta experiencia antes de morir: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús y San Pablo, entre otros. Todos ellos gozaron de gracias especiales que Dios quiso darles y su testimonio nos sirve para proporcionarnos una pequeña idea de lo maravilloso que es el Cielo.

    Santa Teresita explicaba que es sentirse “como un pajarillo que contempla la luz del Sol, sin que su luz lo lastime.”

    ¿Qué nos enseña este acontecimiento?

    Nos enseña a seguir adelante aquí en la tierra aunque tengamos que sufrir, con la esperanza de que Él nos espera con su gloria en el Cielo y que vale la pena cualquier sufrimiento por alcanzarlo.

    A entender que el sufrimiento, cuando se ofrece a Dios, se convierte en sacrificio y así, éste tiene el poder de salvar a las almas. Jesús sufrió y así se desprendió de su vida para salvarnos a todos los hombres.A valorar la oración, ya que Jesús constantemente oraba con el Padre.

    A entender que el Cielo es algo que hay que ganar con los detalles de la vida de todos los días.

    A vivir el mandamiento que Él nos dejó: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.

    Habrá un juicio final que se basará en el amor, es decir, en cuánto hayamos amado o dejado de amar a los demás.

    Dios da su gracia a través de la oración y los sacramentos. Su gracia puede suplir todas nuestras debilidades.

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