viernes, 16 de enero de 2015

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo.


LAS CUATRO DE LA TARDE
¿Quién de nosotros, especialmente los más “vejetes”, no tiene un año, un día, una hora para recordar, ligada a un momento central de la propia vida? Hay hechos -y quiero subrayarlo pensando en los más jóvenes- que no se borrarán de nuestro corazón, acontecimientos que en cierta manera han cambiado nuestra vida, trastornado nuestras existencias. Hechos que no queremos olvidar, sobre los que nos gusta volver con la memoria y el pensamiento, acontecimientos que forman el armazón concreto de nuestra existencia y que a veces -al menos así me pasa a mí- nos hacen preguntarnos cuántas cosas nos habríamos perdido si no hubiesen tenido lugar.
Estos recuerdos están como cristalizados en nuestra mente, vivos y llenos de color como si hubiesen acaecido hace pocos días, aunque hayan pasado décadas. Somos capaces de recordar cómo íbamos vestidos; la luz y la atmósfera del día y el lugar los tenemos tan presentes que hasta la hora, el minuto y el segundo se convierten en fundamentales e imborrables.
Leyendo y releyendo el fragmento del evangelio de este domingo II del tiempo ordinario, en la página siempre destaca aquel “eran casi las cuatro de la tarde”. Una hora insólita, quizás banal, pero que se convierte en una hora importante, fundamental en la viva memoria de la salvación, del anuncio evangélico, de un nombre nuevo que nos viene dado por un Maestro que viene a enseñarnos la gran alegría a la que somos llamados.
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Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis
Así pues, aquellas “cuatro de la tarde” pueden ser consideradas como se leía la hora en el tiempo de Jesús: la hora décima, numero del cumplimiento, del paso definitivo: una hora deseada, buscada, la hora en la que se vuelve a casa tras el trabajo, y nos preparamos para “considerar” (con- siderare estar con las estrellas), para escrutar con el cielo el significado de nuestra vida.
Jesús es un maestro raro. Aquellos que lo encuentran no desean acaparar su benevolencia y su persona llevándolo bajo el propio techo -aunque sabemos que poco tiempo después se hospedará en casa de Pedro-, sino que al seguirlo desean ver cuál es su casa, reconociendo implícitamente que es más importante donde Él vive que donde vivo yo, que donde vive cualquier hombre.
Es por esa razón que estar con Él quiere decir poner entre paréntesis la propia vida, suspender el propio juicio, los propios sueños y sentarse a escuchar. Escucharle a Él, admitiendo que sabe más que tú, llamándole Maestro, reflejándote en sus palabras y en su vida. Mirar la vida y todo aquello que hasta entonces considerabas el “todo”, sólo como base de partida y no como meta; porque en el fondo todo hombre, aunque espera con ansia un Mesías, no se acaba de creer que éste llega de veras. Porque si llega, tú hombre de la cómoda espera, podrías estar obligado a dejar todas las seguridades que con esfuerzo te habías construido, e incluso reconsiderar toda tu persona, y hasta cambiar de nombre.
C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesOYM0FWQJ.jpgEn este periodo ordinario de nuestro vivir litúrgico, dejando hablar únicamente a Jesús Maestro, quiero desearme a mí mismo y a todos los hermanos en Cristo, a mi comunidad, a los amigos y enemigos, a todos sin distinción: que nadie pueda volver a su casa. Que una alfombra, aunque sea un poco incómoda, nos ayude a sentarnos a los pies de nuestro único maestro. Que el Maestro nos rompa los tímpanos y nos haga sangrar los pies. Que el Maestro pueda cambiar nuestros nombres y revelarnos nuestra misión. Que este año pueda hacer sonar nuestra hora definitiva, aquella hora décima que llena de gozo a toda persona que espera al Mesías, que anhela la salvación. La alegría de poder estar con Él, en su casa, nos pueda hacer olvidar nuestras seguridades, nuestros proyectos humanos, nuestras llanuras cotidianas; y que nuestro nuevo nombre, que sólo Él conoce y nos revelará, pueda ser nuestro mayor consuelo porque será el nombre con el que nos llamará en su Casa, no la demora de paso sino la verdadera, aquella estancia que Él ha ido a prepararnos para estar siempre juntos.
Y esforzándonos en vivir los consejos que San Pablo nos da en la epístola a los Romanos (12,6-16) leída hoy en la Forma extraordinaria. Teniendo pues un mismo sentir los unos para con los otros (…) atraídos por lo humilde. Que el Señor consiga llenar las tinajas vacías de nuestra pobre existencia con ese buen vino que Él ha reservado hasta ahora para nosotros.
Fr. Tomás M. Sanguinetti

3 comentarios:

  1. Fray Tomás M. gracias por su Glosa dominical del hoy

    Cada uno de nosotros, como Samuel, Juan, Andrés o Pedro, hemos descubierto a Jesús que se cruzó en nuestro camino. Entonces pasamos de lo conocido, lo seguro, al mundo de lo desconocido, lo nuevo: “serían las cuatro de la tarde”, es preciso recordar de vez en cuando aquel momento. Sin un: “¿dónde vives?”, sin la seducción de seguirle, no hay discípulo. Sabíamos poco, Él nos dijo: “Venid y veréis” y en eso estamos. Hemos de hacernos con una experiencia de encuentro con Jesús para ser cristianos.

    “Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día”, hay algo que les preocupa a los dos discípulos: dónde vive Jesús. Es decir: qué piensa, qué hace, qué proyectos tiene… Para eso hay que ir y ver; hay que moverse, salir de uno mismo; hay que palpar, experimentar. Nada de doctrinas, es una experiencia personal, es convivir con él y quedarse con él. El resto vendrá con el tiempo: escuchar su palabra, interpretar sus gestos, asumir su destino, vivir su estilo de vida… y se tratará de seguirle, no de imitarle, que es imposible. Quizás ya llevamos varios años siguiendo a Jesús y estamos como Samuel a quien “el Señor no le había revelado su Palabra”, por eso Elí nos dice: “Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Este es el proceso normal de la fe: lanzarse hacia delante e iniciar un camino nuevo, pero sin toda esa seguridad de un mundo ya pensado, hecho y terminado. Estamos en el tiempo de ver, pensar, meditar, comparar, analizar, enjuiciar, decidirse, equivocarse y volver a comenzar. Es momento de descubrir la Palabra de Dios revelada en Cristo; ni el catecismo, ni las predicaciones, ni los libros teológicos, pueden suplir a la llamada que debemos escuchar en el interior de nuestra vida.

    Andrés, hermano de Simón, le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” y lo llevó a Jesús. Y es qué, sí conocer a Jesús es lo mejor que nos ha pasado, debemos trasmitírselo a todos. La comunidad cristiana no se forma por una llamada espectacular, sino que la mayoría de las veces se hace presente allí donde la gente busca la vida. Es Jesús quien llama, pero por intermedio de otros discípulos, por mediación de las personas que lo siguen, por eso la importancia de nuestro testimonio, de llevar a otros a ver a Jesús. Por cierto, este Maestro no se queda en su casa, nos dirá más adelante que no tiene donde reclinar su cabeza; mira adónde vas y a quién llevas, el camino será largo. Dime dónde vives, con quién te juntas, y te diré qué es lo que buscas. La mejor referencia, en el camino de la vida, son los caminantes que saben adónde van. No encontraras seguridades, sólo la certeza de que estas habitado, acompañado en las dificultades y alegrías de tu camino personal.

    Así llegamos al final: “Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eras Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)”. Lo miró y lo cambió el nombre, descubriendo todo lo que había en él de inexplorado y no aprovechado. Cada uno de nosotros fue llamado de forma distinta; uno a uno fuimos elegidos para formar parte de la comunidad de los cristianos, la experiencia es personal, pero se vive con otros. Y aquí estamos en la comunidad del seguimiento, recordándonos unos a otros, qué un día nos miró y comenzamos el camino. Sigue poniéndote a tiro, sigue buscando, acogiendo, que su música suene dentro y bailaras por las noches debajo de las estrellas, con todos tus amigos, al ritmo del Evangelio. Nos llama por nuestros nombres: Francisco, María, Rosa…, para formar el Pueblo de Dios y proclamar el Reino.

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  2. No hay cuatro de la tarde para Montserrat Balsells, madre de cuatro hijos, despedida y vejada en el hospital de Sistach, del cardenal Sistach. Es una técnica del hospital de San Pablo y la Santa Cruz, donde, con la bendición y el impulso de Sistach se cometen abortos. La señora Balsells, madre de cuatro hijos, repito y sin otros medios que los que recibía de su trabajo de sustituta en dicha institución, es militante de próvida. Pero a Sistach le importa un rábnano provida, como le importa un rábano los niños discapacitados mentales del centro Dios Niño. Les invito a contemplar el ´vídeo de la visita de Benedicto XVI al mismo: ante las barbas del Papa Sistach sonríe conejilmente mientras los niños farfullan obligados unas preces en catalán, pues su lengua es el castellano, como se observa en su relación con los familiares y compañeros.

    Balsells no cita a Sistach, sino que se limita a decir que es un hospital en el que participa la Iglesia. No, señora Montserrat. La Iglesia es un ente abstracto. Hay nombres responsables. Y el responsable es Sistach. A nadie se le escapa que conoce el caso. Como sabemos que conoce lo de los abortos consentidos. Yo difgo más. Yo declaro que son promovidos por Sistach. ¿Por qué? Porque uno consiente, pero no participa activamente si da los pasos para cambiar la situación . Si no se dan los pasos (hacer valer su oposición en el consejo rector, llegando si es necesario a la denuncia de quien rompe con el ideario del centro) , es promoción, es alentar que se mantenga la situación. No es lo mismo una relación consentida en un adulterio que un adulterio permanente. En el segundo caso es buscada. Es promovida.

    No llegarán las cuatro de la tarde para Montserrat Balsells. No volverá del trabajo contenta de poder seguir pagando el crecimiento y formación de sus cuatro hijos. Todo un cardenal la ha puesto de patitas en la calle. L´Esglesia? No, Montserrat. Lluis Martínez i Sistach. Cuique suum.

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  3. HOY EMPIEZA TAMBIÉN LA SEMANA PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

    Al menos una vez al año, se invita a los cristianos a evocar la oración de Jesús para sus discípulos: «para que todos sean uno; [...]; para que el mundo crea [...]» (véase Juan 17,21). Los corazones se conmueven y los cristianos se reúnen para orar por su unidad. Las congregaciones y parroquias de todo el mundo organizan intercambios de predicadores o celebraciones y cultos ecuménicos especiales. El evento en el que tiene su origen esta experiencia única es la Semana de oración por la unidad de los cristianos.

    Esta semana de oración se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero, entre las festividades de la confesión de San Pedro y la de la conversión de San Pablo.

    Juan 17,24-26: Que el amor con que tú me amaste esté en ellos. Jesús no quiere quedar solo. Dice: Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. La dicha de Jesús es que todos nosotros estemos con él. Quiere que sus discípulos tengan la misma experiencia que él tuvo del Padre. Quiere que conozcan al Padre como él lo conoció. En la Biblia, la palabra conocer no se reduce a un conocimiento teórico racional, sino que implica experimentar la presencia de Dios en la convivencia de amor con las personas en la comunidad.
    • ¡Que sean uno como nosotros! (Unidad y Trinidad en el evangelio de Juan) El evangelio de Juan nos ayuda mucho en la comprensión del misterio de la Trinidad, la comunión entre las personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu. De los cuatro evangelios, Juan es el que acentúa la profunda unidad entre el Padre y el Hijo. Por el texto del Evangelio (Jn 17,6-8) sabemos que la misión del Hijo es la suprema manifestación del amor del Padre. Y es justamente esta unidad entre el Padre y el Hijo la que hace proclamar a Jesús: Yo y el Padre somos una cosa sola (Jn 10,30). Entre él y el Padre existe una unidad tan intensa que quien ve el rostro del uno, ve también el rostro del otro. Cumpliendo esta misión de unidad recibida del Padre, Jesús revela al Espíritu. El Espíritu de la Verdad viene del Padre (Jn 15,26). El Hijo pide (Jn 14,16), y el Padre envía el Espíritu a cada uno de nosotros para que permanezca en nosotros, dándonos ánimo y fuerza. El Espíritu nos viene del Hijo también (Jn 16,7-8). Así, el Espíritu de la Verdad, que camina con nosotros, es la comunicación de la profunda unidad que existe entre el Padre y el Hijo (Jn 15,26-27). El Espíritu no puede comunicar otra verdad que no sea la Verdad del Hijo. Todo lo que se relaciona con el misterio del Hijo, el Espíritu lo da a conocer (Jn 16,13-14). Esta experiencia de la unidad en Dios fue muy fuerte en las comunidades del Discípulo Amado. El amor que une a las personas divinas Padre e Hijo y Espíritu nos permite experimentar a Dios a través de la unión con las personas en una comunidad de amor. Así, también, era la propuesta de la comunidad, donde el amor debería ser la señal de la presencia de Dios en medio de la comunidad (Jn 13,34-35). Y este amor construyó la unidad dentro de la comunidad (Jn 17,21). Ellos miraban la unidad en Dios para poder entender la unidad entre ellos.

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