viernes, 14 de noviembre de 2014

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo.


PROPUESTAS PARA EL PENÚLTIMO DOMINGO DEL CICLO

En este domingo se nos habla de talentos, de juicio, de premio, de la mujer virtuosa, de la vigilancia cristiana, en resumen “demasiada ropa para tan poco jabón” que somos tú y yo.
En realidad es un domingo de propuesta de parte de Dios y no de condena, es un domingo para sopesar el riesgo. Desde niño pensé que la parábola de los talentos podía contar la pésima jornada de un empleado que tranquilo iba por libre y que el amo escoge poniéndolo en un auténtico compromiso. Sí, porque cuando le da el talento lo pone ante un precipicio. ¿Sabéis cuánto vale un talento? Casi treinta kilos de oro. Más de lo que jamás hubiera visto y soñado. ¿Qué tenía en mente el amo?

Esta debe ser la pregunta que se debió hacer aquel desgraciado y es la pregunta que recae sobre nosotros: ¿qué quiere Dios de mí? Y en la respuesta manifestamos lo que pensamos de Él, de nosotros y de nuestra vida.
C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesZJB2D4YM.jpg1ª Opción: Dios es un juguetón, es un curiosón que me mete en la plataforma de lanzamiento, en la parrilla de salida de la carrera, para ver cuánto resisto y hasta dónde llego. Es extraño, ¿verdad? Sin embargo estoy convencido de que Dios nos pone a prueba para vernos. Aunque, si es omnisciente y todo lo sabe, ¿qué querrá saber y ver? Por otra parte, ¿esta gran atención de Dios es exclusivamente para mí?  ¿Sólo yo soy tratado de manera tan especial o es igual con todos los demás? Reacción: mejor hacer como si no fuese conmigo, hacer oídos sordos, decir que quisiera pero no puedo (tengo prisa, tengo tantas cosas por hacer, tengo que trabajar, el mundo no es como antes…y toda la letanía de excusas que conocemos bien).

C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesseñortalento.jpgOpción 2ª: El amo es “malvado”: yo soy un buen empleado, sosegado y tranquilo, que cuando camino no piso una brizna de hierba, voy con tiento para no destacar; cuando deje esta tierra nadie se rasgará las vestiduras, me he preparado un lugar en mi mundo, vivo seguro en mi acuario; y Dios me enciende un foco en la cara, deslumbrándome e inundándome de regalos, tanto como para llamar la atención y despertar la curiosidad sobre mi persona. Así todos fijan su mirada en mí. ¿Qué puedo hacer? Me ha incomodado. No me deja vivir tranquilo como quisiera. Dios es malvado. Reacción: usaré sus mismas armas. ¿Él quiere ser esplendido conmigo? Yo esconderé sus dones bajo tierra, visto que la Ley me lo permite: así ya no seré responsable de estos dones. Los he puesto en la caja fuerte y vuelvo a mi rinconcito justificado. Es el comportamiento de quien dice: no puedo pensar en los pobres, yo tengo mi familia. No puedo dar un paso más, un mínimo cambio haría sufrir a mi familia (para los jóvenes: he de estudiar) ¡Que desgracia de familia! Lástima que nadie se haya dado cuenta de que el ordenador y el sofá fuesen la familia y no la mujer y los hijos.

Opción 3ª: ¡Mira qué bueno es Dios conmigo! Me está dando una oportunidad de nuevo. Dios me quiere. Tengo la posibilidad de reaccionar y no replegarme sobre esos caprichos y deseos que no me llevan a ninguna parte. Reacción: ¡Qué hermoso es tener un Dios como éste, que es Padre, que me da cada día la vida de nuevo, que me hace feliz. Es como para decirle que sí, como María, con miedo y confianza: levanto el ancla, suelto amarras, izo las velas y zarpo…

Es hermosa la tercera opción, ¿verdad? Pero no es sólo bonita, es la justa, la verdadera. Es el camino de los santos. ¿Pero cómo se lleva a cabo en la práctica? Basta fijarse en las lecturas: en la primera lectura, la de la mujer virtuosa, más allá de los estereotipos femeninos, nos está hablando de una mujer con un talento fenomenal: la capacidad de amar con un amor delicado, inteligente, fecundo, valiente, y a veces desesperado (pensad en las madres que luchan por sus hijos enlodados con la droga). Este talento hay que hacerlo descubrir a las nuevas generaciones: muchos están siempre pensando en las cuestiones sociales y políticas esperando que al menos esa vida sea vagamente afectiva…

En la segunda lectura se nos habla de vigilancia: vivir con la suficiente fuerza como para permanecer fieles a este amor, fieles porque hemos experimentado el amor de Dios y no nos dejamos seducir en la vorágine de la mal llamada “normalidad”, porque nuestra vida es especial (Dios la ha hecho así) y yo he de vivir como “agraciado”, aunque sólo sea porque Dios ha usado conmigo misericordia.

Ahora hagamos el test:

1º ¿Cuáles son los talentos que Dios me ha dado?
2º ¿Cómo los estoy usando?
3º ¿Acaso no es Dios bueno conmigo?

En la Santa Misa, Jesús el Señor se te entrega a sí mismo (cuerpo, sangre, alma y divinidad), y eso creo que al parecer es ser bueno…Si no encuentras talentos (respuesta evidentemente errónea) intenta darte cuenta de que el Señor en la sagrada comunión está dándose a ti. Empieza quizás por aquí. Es un buen punto de partida. 

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No tengamos miedo: podemos acercarnos enfermos al Señor, como hizo la hemorroisa, convencidos de que con sólo tocarle el manto podremos curarnos. Y si creemos que estamos muertos y no hay nada que hacer, acerquémonos al Señor como aquel jefe de la sinagoga, convencidos de que si Él nos impone las manos, viviremos. Démoslo por cierto y seguro: el Señor nos dará la mano y nos levantaremos de nuestra postración. (Mt. 9,18-26 perícopa evangélica domingo XXII desp. de Pentecostés-f.e)

Fr. Tomás M. Sanguinetti

1 comentario:

  1. Fray Tomás, gracias por la Glosa dominical de este penúltimo domingo del año litúrgico.

    La parábola de los talentos nos habla de un hombre que dejó a sus empleados encargados de sus bienes y a cada cual le dio según su capacidad. Cada hombre tiene por tanto unas capacidades con las debe desenvolverse en la vida, poniéndolas siempre a trabajar. Poco importa la cantidad que recibió cada uno, sino el esfuerzo para aumentar esa cantidad.

    Es verdad que todos los hombres no tienen las mismas capacidades y sobre todo oportunidades, pero aquí no se nos quiere hablar de la desigualdad. Se habla de que todo hombre por el hecho de ser hombre, nace con un caudal de vida y cualidades que se deben desarrollar. Lo que nos dan los genes, la educación y el medio ambiente, es sólo un punto de partida para crecer. La vida y la fe son pues algo dinámico.

    El tercer empleado recibió su talento y lo escondió bajo tierra, esperando pasivamente a su señor. Además trata de justificar su proceder: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. Tiene miedo al propietario, en realidad tiene miedo a vivir, por eso fue tratado de: “negligente y holgazán”. El miedo a asumir las propias responsabilidades, nos lleva a una forzosa resignación, a ocultar nuestras capacidades y no poner en común nuestros talentos. El Reino y la vida es riesgo, no dejarse llevar por la rutina, la comodidad, la pereza o una actitud conservadora que no quiere ningún tipo de problemas.

    Los dos primeros no buscan su bienestar, no guardan para sí, no se encierran en sí mismos, no calculan, sin buscar meritos trabajan para que las capacidades que Dios les ha dado rindan para el Reino. Hasta tal punto es cierto todo esto, que el propietario, al recibir las ganancias de los dos empleados les dice que han: “sido fieles en lo poco”. Esto significa que han hecho lo normal, lo que podían y debían hacer, que aquello no fue un acto de heroísmo, arriesgaron para crecer como hombres que es simplemente lo que se debe hacer: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

    El evangelio de hoy nos obliga a revisar nuestra vida, la privada, la social y la cristiana. Es mucho lo que hemos recibido, pero nuestro cometido no es solamente recibir, es hacer crecer y fructificar lo recibido. Si el Reino es lo único esencial, eliminemos el miedo y la fijación en conductas anteriores para lanzarnos por los nuevos caminos que hoy corresponden al grado de madurez del hombre, la Iglesia y la sociedad moderna.

    No es cierto que todo lo antiguo sea malo, ni que hay que empezar de cero, Dios nos dio nuestras capacidades desde el momento en que nacimos, pero tampoco es cierto que todo lo antiguo o lo que ya tenemos es suficiente y hay que guardarlo. Es exigencia del Reino duplicar su valor, con coraje, con dedicación y con responsabilidad histórica, social y eclesial.

    Dice el Papa Francisco en “La Alegría del Evangelio”: “Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como el más preciado de los elixires del demonio. Llamado a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior” (nº 83). Y muchos dicen: ¿para qué esforzarse tanto si no sirve para nada?, no se pueden cambiar las cosas, mejor quedarse como estamos, escondamos nuestras capacidades.

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