domingo, 2 de noviembre de 2014

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

¡Qué bien que lo dice Bécquer! Ha pasado Halloween, han pasado Todos los Santos, ha pasado el Día de los Difuntos o de las Ánimas que decían antes, les hemos renovado las flores del nicho y ahí los hemos dejado. ¡Qué solos se quedan los muertos!

Aunque quizá sería más acertado decir en este momento: ¡Dios mío, qué solos nos dejan los muertos! Nos hemos quedado sin su compañía. Tampoco hace tanto que nos han abandonado. ¿Medio siglo? Es que como en nuestro imaginario, ¡tan moderno!, ya no tiene lugar la muerte, hemos abandonado a los muertos: no vayan a recordárnosla. ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? Es la pregunta que se hace Bécquer. Y como nuestra respuesta ante la muerte es todo sin espíritu, polvo, podredumbre y cieno, ¿qué necesidad tienen los muertos de nuestra compañía? ¿Y para qué los necesitamos nosotros a ellos?
 
El haber abandonado nuestras austeras tradiciones para engancharnos a ese Halloween de importación, una fiesta de difuntos sin difuntos al fin y al cabo, es una señal más de cómo nos hemos deshecho de los muertos. Aunque no sabemos si no fueron quizá los muertos los que se deshicieron de nosotros.
La fiesta de Halloween es ciertamente de raíces muy antiguas: dicen que celtas. De una cultura en la que había buen acomodo para los espíritus; una cultura (y no era la única) en la que los antepasados no estaban bien bien muertos. Seguían ahí, aunque de otro modo: en espíritu, y siempre dispuestos a echar una mano. Por eso era justo que se les dedicase una fiesta al año: para recordarlos y para tenerlos contentos; porque enfadados, eran de muy mal llevar. Pero claro, en Halloween celebramos algo que ni nos va ni nos viene, porque nadie tiene conciencia de estar celebrando a sus muertos con esos festejos y mascaradas copia del carnaval.

El caso es que los muertos formaron parte de nuestra vida; pero hoy no tenemos sitio para ellos. Ni en los cementerios. Recuerdo hace ya muchos años que un entierro era un acontecimiento social. Si era en un pueblo, todo el pueblo participaba. Si era un barrio, todo el barrio. Se paraba la vida para ocuparse del muerto y acompañarlo a los ritos fúnebres y a su última morada. Pero hoy el de los difuntos es un transporte más. Es un taxi acondicionado para los muertos y circula por la ciudad a la misma velocidad que todos los demás. Se acabó la parsimonia de los entierros. Hoy, todos con prisas, todos a la faena.Total, para ir a la incineradora… Y luego, las cenizas que te dan, ¡a saber! No es fácil estar seguro de que ahí en la urna te llevas sólo a tu difunto, y justo al tuyo. Hasta los muertos han ido a parar a un proceso industrial en el que, como en todos los demás, para amortizar tan caro equipamiento, manda la productividad. ¡Dios mío, Dios mío, qué solos y desechados se quedan los muertos!

¡Qué tiempos aquellos en que uno se pasaba toda la vida pagando su entierro! Catálogo en mano de Santa Lucía o del Ocaso, decidiendo cuántos curas habría en el funeral, si con coro y con órgano, y las flores, y el féretro… El entierro era el último acto de la vida de cada cual, y tenía que estar a la altura: tenía que hablar bien del difunto. Cada mes llegaba el cobrador a recordarnos la muerte. Y luego, venga misas y más misas en sufragio de su alma. Y no sólo eso, sino también donativos y actos de caridad (algunas veces consignados en testamento) para el eterno descanso del alma del difunto.

La muerte importaba. ¡Claro que importaba! Y se tenía en cuenta. Pero hoy la reducción de la mortalidad en casi todas las enfermedades nos ha creado una extraña ilusión de un aplazamiento tan reiterado de la muerte, que hemos acabado creyéndolo indefinido. Y no, los enormes avances tecnológicos todavía no han evitado la mortalidad de ninguna persona. Han superado enfermedades; pero no la muerte. Todos acaban muriéndose. Eso es: son los otros los que se mueren.
Los católicos tenemos siempre presente la memoria de nuestra muerte: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. A mí me sorprende mucho esta alusión tan natural a la muerte. Por eso en cada Avemaría tomo conciencia de lo que estoy rezando. Después de la alabanza en la primera parte del Avemaría, el núcleo de la segunda parte es pedir la intercesión de la Virgen para el momento actual y expresamente para el momento de nuestra muerte. Y efectivamente, en cada Avemaría se me hace presente mi muerte, mi buena muerte.

Recordemos de paso la casi extinguida devoción a San José, Patrón de la buena muerte. Hoy en vez de eso, entre la variadísima oferta de autoayuda, se imparten cursillos para enseñar a morir bien. Es lo que trae el haber aparcado la religión. Entre eso, las técnicas de transmisión de energías para sanar, la meditación y el psicólogo, está hecho el apaño.

Pues eso: ha pasado el Halloween, han pasado Todos los Santos (el día dedicado a visitar a los muertos al cementerio por ser festivo) y ha pasado el día de difuntos (es un día en que, a pesar de no ser festivo, se frecuenta más la iglesia). Y otra vez aparcados los muertos hasta el año que viene; y aparcada la meditación sobre nuestra propia muerte. ¡Dios mío, qué solos vivimos, y qué solos nos han dejado los muertos! 

Cesáreo Marítimo

8 comentarios:

  1. Sr. Cesáreo Marítimo, gracias por su artículo de hoy.

    Como muy bien dice el día hoy, de la Conmemoración de los Fiele Difuntos, aún siendo día laborable habitualmente, acude más fieles a las Iglesias que de costumbre ¿Por algo será?. No será que para muchos, aún continuamos con la tradición de antaño, de que antes de entrar el el Cielo, la inmensa mayoría de almas deben pasar por el Purgatorio, que ciertamente es la antesala del Cielo, los méritos para la entrada definitiva a la Casa del Padre, se los tenemos que ofrecer los que estamos en la Iglesia militante.

    En estos viene muy bien pensar en esas palabras que recitamos en el Credo y que la mayoría de las veces no nos damos ni cuenta "Creo en la Cominión de los Santos".

    De una manera sencilla lo esplico el Papa San Juan Pablo II. el 1 de noviembre 1997

    LA COMUNION DE LOS SANTOS.

    Los primeros dos días del mes de noviembre constituyen para el pueblo cristiano un momento intenso de fe y oración, que pone de relieve de modo singular la orientación "escatológica" recordada con fuerza por el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, cap. VII). En efecto, al celebrar a todos los santos y al conmemorar a todos los fieles difuntos, la Iglesia peregrina en la tierra vive y expresa en la liturgia el vínculo espiritual que la une a la Iglesia celestial.

    Hoy rendimos honor a los santos de todos los tiempos, mientras ya dirigimos oraciones en sufragio de nuestros queridos difuntos, visitando los cementerios. ¡Cómo nos consuela pensar que nuestros seres queridos, ya fallecidos, están en compañía de María, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores de la fe, de las vírgenes y de todos los santos y santas del paraíso!

    La solemnidad de hoy nos ayuda así a profundizar una verdad fundamental de la fe cristiana, que profesamos en el "Credo": la "comunión de los santos". A este propósito, el concilio Vaticano II afirma: "Todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él (cf. Ef 4, 16). Por tanto, la unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales (...). Su preocupación de hermanos ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (Lumen gentium, 49).

    Esta admirable comunión se realiza del modo más alto e intenso en la divina liturgia y, sobre todo, en la celebración del sacrificio eucarístico: en él "nos unimos de la manera más perfecta al culto de la Iglesia del cielo: reunidos en comunión, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor; la de su esposo san José; la de todos los santos Apóstoles y mártires y la de todos los santos" (ib., 50).

    En la gloriosa asamblea de los santos, Dios quiso reservar el primer lugar a la Madre del Verbo encarnado. A lo largo de los siglos y en la eternidad María sigue estando en la cumbre de la comunión de los santos, como protectora singular del vínculo de la Iglesia universal con Cristo, su Señor. Para quien quiere seguir a Jesús por el camino del Evangelio, la Virgen es la guía segura y experta, la Madre solícita y atenta a la que puede confiar todos sus deseos y dificultades.
    Pidamos juntos a la Reina de todos los santos que nos ayude a responder con generosa fidelidad a Dios, que nos llama a ser santos como él es santo (cf. Lv 19, 2; Mt 5, 48).

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  2. El Papa Francisco propone durante el Angelus una bellísima oración por todos los fieles difuntos.

    El Papa instó a ofrecer sufragios por los difuntos, en particular por quienes mueren sin los sacramentos.

    Antes de rezar el Angelus en la Conmemoración de los Fieles Difuntos, Francisco recordó que esta festividad y la de Todos los Santos "están íntimamente unidas, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza".

    Y así, la Iglesia "goza por la intercesión de los santos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio" al tiempo que "comparte el llanto de quien sufre la separación de las personas queridas" y agradece que Jesucristo "nos haya liberado del dominio del pecado y de la muerte".

    "Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará", dijo el Papa, que instó a recordar en los cementerios no sólo a nuestros seres queridos, sino "a todos, también a aquellos a quienes nadie recuerda".

    "La tradicion de la Iglesia", continuó, "ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas".

    Y añadió: "El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios".

    E invitó a rezar la siguiente oración:

    Oración del Papa por los difuntos
    Dios de infinita misericordia,
    confiamos a tu inmensa bondad
    a cuantos han dejado este mundo para la eternidad,
    donde tú esperas a toda la humanidad,
    redimida por la sangre preciosa de Jesucristo,
    muerto en rescate por nuestros pecados.

    No mires, Señor,
    tantas pobrezas, miserias y debilidades humanas
    con las que nos presentaremos ante el tribunal
    para ser juzgados para la felicidad o la condena.

    Míranos con la mirada piadosa
    que nace de la ternura de tu corazón,
    y ayúdanos a caminar en el camino de una completa purificación.

    Que ninguno de tus hijos se pierda en el fuego eterno,
    donde ya no puede haber arrepentimiento.

    Te confiamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos,
    y de las personas que han muerto sin el consuelo sacramental
    o no han tenido manera de arrepentirse
    ni siquiera al final de su vida.

    Que nadie tenga el temor de encontrarte
    después de la peregrinación terrenal,
    en la esperanza de ser acogidos
    en los brazos de la infinita misericordia.

    La hermana muerte corporal
    nos encuentre vigilantes en la oración
    y llenos de todo bien,
    recogido en nuestra breve o larga existencia.

    Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra,
    sino que en todo nos sostengas
    en el ardiente deseo de reposar serena y eternamente.
    Amen.

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  3. Así es, Cesáreo y no está de más recordar lo que nunca deberíamos olvidar: Nadie es tan viejo que no pueda vivir un día más. Nadie es tan joven que no pueda morir mañana...

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  4. Dos monjes de Montserrat con responsabilidades en Roma2 de noviembre de 2014, 21:52

    Leido en Religión Digital, que hay dos monjes de Montserrat con responabilidades en Roma:

    1. P. Jordi-Agustí Piqué consultor de la Congregación de las Causas de los Santos

    2. P. Manuel Nin, rector del Pontificio Colegio Griego de Roma desde 1999


    Hay que notar que Montserrat podría tener muchos más representantes en Roma si tuviera más vocaciones y sus siguieran más a la doctrina y evangelio.

    Al fin y al cabo, la selección y la preparación son -eran- lo normal en Montserrat: liberados de cualquier tipo de carga familiar y personal, en dedicación exclusiva al estudio, con los mejores profesores y con disponibilidad y posibles económicos (que no faltan en absoluto en Montserrat).

    Es de notar que ambos están alejados del monasterio de Santa María de Montserrat: algo obvio si deben de residir en Roma, pero inquietante porque a los mejores los separan -y deprisa- de Montserrat.


    Pero no hay que dejar de ver la triste realidad de Montserrat, tanto en el monasterio de San Benito (mujeres) como en el de Santa María (hombres):

    1. Sigue persistente el caso de Sor Forcades (monasterio de San Benito y sus dos superiores, abadesa M. Montserrat Viñas y el obispo Mons. Agustí Cortés) y sus enseñanzas completamente contrarias a las verdades de fe y moral católicas, su politización bolivariana y secesionista, su pseudocientificismo.

    2. El monasterior de Santa María de Montserrat sigue en crisis tanto de vocaciones como de fidelidad a la doctrina (evangelio de la vida, la familia y el matrimonio), la tradición (magisterio, doctores, patrística, místicos) y el evangelio, así como de la necesidad de alejarse de la politización y de renovar sus anquilosadas catequesis, evangelización, liturgia y devociones: está anclado en el nacionalprogresismo del postconcilio (se eliminó la exposición del Santísimo, por ejemplo).

    Está bien que Roma se lleve para sí a dos de sus monjes, pero ¿y para nosotros, los fieles lacios de aquí, Cataluña, qué? ¿nos abandonan a los pies de Sor Forcades y de los politizados y progresistas que Roma no quiere?

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  5. "No se puede permitir que haya una agresión a la democracia, 9N"

    http://www.libertaddigital.com/espana/2014-11-03/cayetana-alvarez-de-toledo-no-se-puede-permitir-que-haya-una-agresion-a-la-democracia-1276532374/

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  6. ¡Viva Cristo Rey!

    6 DE NOVIEMBRE: FESTIVIDAD DE LOS MÁRTIRES DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA (1934-1939).

    El jueves día 6 de noviembre de 2014, en la calle Aragón, 268 (entre Pº de Gracia y Rambla Cataluña) de Barcelona,

    ACTOS:

    18 h: SANTA MISA

    A continuación, Conferencia: “LOS MARTIRES PASIONISTAS ESPAÑOLES DE 1934 a 1936”.

    http://www.cruzdesanandres.org/noticias.php?idnoticias=931



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  7. M'ha agradat molt el post. Em fa reflexionar allò de "qué solos nos dejan los muertos". Lo de Halloween és una metàfora de com han canviat les coses degut a internet: durant molt de temps ja veiem a les pelis americanes allò de Halloween etc però havia una barrera cultural que no podia creuar. Amb internet, aquesta barrera finalment ha caigut i allò de Halloween arriba de la mateixa manera que s'omple un pantà: al principi poca cosa, però cada dia més amunt i cada vegada més ràpid. Bueno, vull ser positiu: ara que existeix aquest halloween per les multituds, els que tinguem conviccions religioses podem triar-les de manera més conscient que abans, quan no havia alternativa per triar.

    I el comentari dels 'cursillos para morir bien', la 'meditació' etc m'ha dut al cap una frase (que segons vaig llegir, és de Chesterton) i que és la que em va refermar en el retorn a les meves arrels cristianes. La frase diu algo així com: "quan la gent deixa de creure en Déu, comença a creure en tota mena de coses estranyes".

    Poc se li pot afegir a això, tret de, potser, 'amen'!

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  8. No se halla extinta en mí la devoción josefina. En uno de esos tranquilos, amenos y apacibles Desiertos que tuvo antaño la Orden Carmelitana (sé que sigue habiéndolos hoy, pero ya no son desiertos ni cumplen su primitiva función), puede leerse inserto en la pared de una ermita un azulejo del s. XVIII con esta jaculatoria:
    "Joseph, cuando la agonía/de la muerte me llegare,/tu patrocinio me ampare/y el de tu esposa, María". Suelo evocarlo mentalmente muchos días en la confianza de que "cuando me llegare", Sant Joseph se haga presente a mi lado para luchar con dignidad y consumar la prueba.

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