viernes, 18 de abril de 2014

La Glosa Dominical de Germinans

 Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo.

 
¡ES PASCUA: LA FIESTA DEL GOZO DEL ALMA!
No siempre es fácil encontrar analogías entre los episodios del Evangelio que uno desea glosar y las situaciones existenciales del hombre de hoy para poder extraer alimento para el alma. Especialmente cuando el episodio que hay que comentar es único, como el de este “domingo único”, el Domingo de Pascua de Resurrección. Parece incluso que nos falle hasta la imaginación de manera que se pueda construir una perspectiva espiritual que nos ayude en nuestra vida concreta. Falla, sí, pero no hasta el punto de impedirnos llegar hasta las frescas fuentes donde se nutre el alma. Y he aquí que en esta complicada trama espiritual descubrimos un estímulo. En el relato del evangelio de hoy hay un par de pinceladas que tomadas en conjunto nos dan un esbozo para nuestra meditación: “Entonces entró el otro discípulo llegado al sepulcro, y vio y creyó” y “Aún no habían comprendido la Escritura, esto es, que debía resucitar de entre los muertos”. Eso es como decir que la fe es un “dos y dos son cuatro” en el estadio del alma y no del razonamiento, espiritual y no intelectual. Es una intuición visceral, dado que sacude los cimientos del legítimo deseo de querer "entender" que a veces, sin embargo, se convierte en pretexto de una explicación antes de decidirse a creer. Afortunadamente hay un cierto vuelco de las leyes de la lógica humana, según las cuales aquello que no se entiende no tiene garantía de credibilidad.
Las leyes del pensar racional dejan poco espacio a la fascinación del misterio. La mente racional es reacia a querer sumergirse en la piscina de la humildad para reconocer que, al menos el último paso de la razón, es reconocer que hay cosas que nos trascienden. O para aceptar que se necesita toda una vida para entender que uno no lo puede entender todo. El alma espiritual en cambio, engendrada en las entrañas del Creador,  nace en este vasto mar de humildad y permanecerá ahí sumergida, con el agua hasta el cuello para siempre.

Tan cierto es que no tiene sentido ni es nada inteligente pretender entenderlo todo, que el mismo Jesús nos dice: “Si no os hicieseis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Es que si no empezásemos todos nuestra vida siendo niños, ni en el reino de la tierra llegaríamos a entrar. El niño no avanza por comprensión, sino por admiración. El niño mira y admira todo lo que ve y siente. Se mueve en un mundo mágico que le depara sorpresa tras sorpresa. Pero cuando “crecemos en inteligencia” y perdemos la capacidad de admirar, y la cambiamos por la pretensión de entender, es que hemos dejado atrás nuestra niñez y con ella la capacidad de enriquecer nuestra mente y nuestra alma con nuevas maravillas. El niño no necesita entender ni examinar a su madre y a su padre: le basta admirarlos y quererlos.
La pretensión de querer entender para decidirse a creer, aleja del encuentro con Jesús. Por otra parte, también es la dinámica en la que se producen los milagros obrados por Jesús en su corta experiencia terrena. Quien va a él en busca de milagros (y no en busca de Él) para poder creer en Él, queda decepcionado. A sus paisanos, que le exigirán milagros, casi jactándose de tener derecho e ellos, Jesús les respondió secamente: "Se os dará sólo un signo, el signo de Jonás...". En cambio los que van con Él porque ya le creen ("tu fe te ha salvado") también consiguen el milagro. Jesús sana a los cuerpos para salvar las almas; reanima a los muertos para demostrar que el alma cuenta más que nada. Aunque también un día el cuerpo se recupere en “la resurrección de la carne”, porque nada de lo creado se puede perder: sino que todo será "recapitulado en Cristo".
He aquí la razón por la cual San Juan en este relato del Evangelio se autodescribe como aquel que “vio y creyó” y no como aquel que “comprendió”. Creer es un regalo hecho al alma, que debemos agradecer cada día. Comprender en cambio es una presunción del hombre. Creyentes después de haber visto el milagro o creyentes “anticipadamente”, maravillados y agradecidos por haber escuchado entre las paredes del alma aquella suave caricia y susurro: “Tu fe te ha salvado”.
Asombrados tal vez, pero  siendo capaces de susurrar a Jesús solicitándole un "milagro" adicional: un aumento de la fe. En este sentido, la Pascua es la fiesta por excelencia para la alegría del alma. En este sentido, Pedro y Juan, sorprendidos por el vacío de la tumba no perdieron tiempo preguntándose "cómo" o qué podría haber sucedido. Estuvieron de acuerdo "en que" había pasado: y eso era todo. No sintieron la necesidad de "denunciar" el hecho, sino que comenzaron a ir por todas partes anunciando el evento y... arriesgando la piel. Empezó a resonar en los oídos de sus almas aquel estribillo: "Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán". Cantinela que no correspondía a la lógica del sadismo o a la venganza, sino a la lógica divina del misterio, el único alimento que puede satisfacer los apetitos del alma. Cuanto más permanece la mente con la boca seca, más se sacia el alma de Dios.
Fr. Tomás María Sanguinetti

3 comentarios:

  1. Gracias Fray Tomàs por esta hermosa Glosa sobre la Pascua.

    LA VICTORIA SOBRE LA MUERTE

    Al tercer día el Padre resucita a Jesús. ¡Cristo vive!, es el clamor pascual. No sólo en espíritu sino también en carne. "La muerte ha sido absorbida por la victoria", exulta san Pablo. Cristo ha destruido la muerte venciendo a quien la implantó en el mundo. "¿Dónde está muerte tu aguijón?", ironiza el Apóstol.

    Nos es lícito y necesario procurar la mayor inteligencia posible del misterio, buscando los medios más adecuados, apelando incluso a las famosas "razones del corazón que la razón no entiende".

    Entonces se intenta la narración alegórica y hallamos en la literatura cristiana textos de penetrante agudeza. La vida lucha con la muerte como si se tratara de dos púgiles reales, como si la Vida fuera una persona y la muerte otra. Lo primero es verdad; lo segundo no: la muerte no es una persona, aunque a veces Pablo se dirige a ella como si lo fuera.

    La muerte y la vida luchándose están.
    Maravilla de juego mortal....
    Luchan vida y muerte
    en singular batalla.
    La muerte, en huida,
    ya va malherida.
    Y muerto el que es la vida
    triunfante se levanta .

    Decid a los muertos:
    "¡Renace la vida,
    y la muerte ya va vencida!".

    Vi los cielos nuevos
    y la tierra nueva.
    Cristo entre los vivos,
    y la muerte muerta.

    La muerte es el extremo del desfallecer de una vida que se ha autoexcluido de su unión con la Vida.

    UN NUEVO ABRAZO DEL PADRE Y DEL HIJO

    "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los amigos". La Cruz es la plenitud de amor del corazón humano al Padre y a la entera humanidad.

    Es el encuentro del amor sin medida del Hijo del hombre con el amor infinito del Padre, en el Espíritu Santo.

    El Hijo pone en el Padre su espíritu, es decir, todo su ser, todo su haber, toda su obediencia, toda su adoración, todo su sacrificio, todo su dolor, todo por amor. Padre e Hijo se funden en un nuevo abrazo.

    Nuevo, porque el Hijo llega de vivir hasta el fondo la plena existencia humana, hasta el morir. Ha experimentado en su carne, en su sangre y en sus huesos, en la asfixia de sus pulmones, en la angustia de la más profunda depresión, lo que es obedecer hasta la muerte.

    Es un abrazo inmenso que no impiden, al contrario, los clavos que hienden sus pulsos.

    Es el encuentro supremo del amor humano con el amor divino.

    Es el abrazo por el que ha luchado Cristo hasta el fin, el más suave e impetuoso éxtasis de amor que satisface y compensa todos los dolores.

    Es el abrazo que atrae todos los corazones que saben amar un poco de veras.

    Es el abrazo en el que se encuentran todos los enamorados de Dios en Cristo y su Espíritu.

    Es la fuerza irresistible, más que todas las fuerzas cósmicas juntas, que anunció Jesús refiriéndose a la muerte con que había de morir: "cuando yo sea alzado en lo alto de la tierra, todo lo atraeré hacia mí" (Jn 12, 32).

    Es el nuevo centro de gravedad de toda la creación, en el cual se encuentra nuestra salvación, nuestra vida, nuestra resurrección.

    Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con El». Y en su locura, llegará el santo a afirmar con pasmosa naturalidad que la cruz es... ¡lugar de descanso!

    Y todo lo aquí hablado se cumple plenamente en la Misa, Sacrificio eucarístico, presencia viva – con toda su fuerza redentora - de la gloriosa Muerte de Cristo resucitado.

    En cada Misa, la Iglesia entera se funde en el abrazo de Dios Padre y Dios Hijo en el Espíritu Santo. La Misa: pervivencia de la gran Muerte, actualidad activa del sacrificio humano y divino del Calvario; fuente de vida eterna, imán irresistible, abrazo inmenso de la Trinidad con todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, al que están llamados todos los hombres; éxtasis –sin espectacularidad- de amor divino y de amor humano.

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  2. Rogelio, gracias por tu explosión de gozo cristiano que culmina en la Pascua anual y en la Pascua diaria, que es el sacrificio de la Misa.

    Y a fray Tomás, gracias una vez más por reconfortarnos con su glosa, la de hoy de gran valor epistemológico. Nos creemos que lo entendemos todo, cuando los de mente más entrenada apenas entienden el 1% de lo que circula por sus mentes. Y los perezosos mentales, que creen que los medios los impregnan de sabiduría, apenas si alcanzan al uno por mil.

    Que no, que es inútil que nos empeñemos en entenderlo todo, que como dice Rogelio, el corazón funciona con razones que la razón no entiende. Y por fortuna, ya desde la niñez (¡y ojalá que no la perdiésemos en toda la vida!), el 99 y muchos por ciento de nuestras razones, nos las dicta el corazón. ¡Menos mal! Es el corazón el que desde que venimos a este mundo nos impulsa a creer en nuestros padres (que nos funciona mucho antes y mucho mejor el corazón que la razón); y es también el corazón el que nos empuja a creer en nuestro Padre Dios. "Fecisti nos ad te, et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in te", que decía san Agustín. Eso es, Dios nos hizo en dirección a Él, y no tendremos descanso hasta que descansemos en Él.

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