viernes, 7 de febrero de 2014

La Glosa Dominical de Germinans

Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo. 
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SOSOS, APAGADOS, IMPACIENTES Y JUECES DE LOS DEMÁS
La liturgia de este domingo nos da cuenta en positivo y en negativo de unas cuantas actitudes en las que fácilmente caemos y de otras que, al contrario, fácilmente olvidamos. Todas en relación a cómo nos colocamos nosotros mismos ante Dios o ante los demás. Y todas tienen que ver algo que en cristiano llamamos pecado. No por nada, en pocas semanas iniciaremos la Cuaresma. Estamos en el 5º domingo del Tiempo ordinario (5º después de la Epifanía). El rito romano nos regala dos evangelios, en sus dos formas ordinaria y extraordinaria, como uno de aquellos procesos de revelado fotográfico, en este caso del alma del cristiano (Mateo 5, 13-16/ Mateo 13, 24-30).
La pregunta que enmarca todo este domingo sería: ¿Qué papel tiene el pecado en el Reino de Dios? En primer lugar hay que subrayar que la liturgia romana, en sí misma, habla muy raramente del pecado. Lo que la Iglesia quiere, es elevar a los cristianos: quiere ser Evangelio, es decir ser la Buena Noticia. Así pues, prefiere hablar del bien y de los bienes y tesoros espirituales de la Iglesia.

No olvidemos, por otra parte (y habrá ocasión de glosarlo en la Cuaresma), el significado de “pecado” en los únicos textos originales del Evangelio, que están en griego. Ahí el pecado es “amartía”, cuyo núcleo significativo es “error”. De ahí que, también en los textos originales griegos, el correlativo del pecado, que es la penitencia, (en la raíz latina tiene que ver con “pena”, tanto en el sentido anímico como en el jurídico) se llame “metánoia”, cuyo núcleo significativo es “recapacitación” (de la raíz “nous”). Nos conviene reflexionar sobre esta extraña oposición entre el plano anímico intelectivo de los griegos, y el plano rígidamente jurídico de los romanos: y sobre la elección que finalmente hemos hecho de este último.
La liturgia en eso imita a Jesucristo, a quien no le gusta tampoco hablar del pecado. Ciertamente no toma el pecado a la ligera: él ha muerto por el pecado. Pero no hace mucho ruido en torno a cada pecado particular. Cuando alguien lo excluye de su voluntad, quiere cambiar de vida. Él ya lo olvida, para Él ya no existe: “Yo tampoco te condeno, no peques más” es lo único que le dirá a la mujer adúltera. Contemplamos siempre a Cristo en una actitud de dulzura hacia los pecadores. Jesucristo no conserva rencor hacia los pecadores: todo está olvidado desde el momento en que el arrepentimiento expulsa al pecado del corazón.
Que nosotros tratemos de vivir esa actitud de Cristo, nos ilumina y nos alegra. Nos convierte en luz del mundo y sal de la tierra. Veamos lo que tienen de bueno los demás, cerremos la mirada a sus defectos y sobre todo no les amenacemos con los castigos del infierno. Esforcémonos en justificar las debilidades de los hombres. ¿A qué sirve el lamentarnos sobre los pecados del mundo actual? ¿De  qué sirve lanzar condenas contra los adversarios de nuestra fe? ¿Acaso no ahonda más el foso que de por sí nos separa de ellos? Cuando nos comportamos así, dejamos de ser luz y sal, para convertirnos en algo oscuro e insulso, por no decir amargo. Bien distinto es el color cuando el pecado lo vemos como ideológico y doctrinal, es decir “amartía”, auténtico “error”. Ahí sí que nos corresponde luchar para que se produzca la “metánoia”, la conversión ideológica conforme al Evangelio.
Creo que hay dos actitudes espirituales que es preciso detallar. La de la piedad subjetiva que examina detalladamente los actos de los hombres, y por consiguiente se ocupa mucho del pecado. Toda su atención tiende a evitar el pecado, como esos hombres meticulosos que pasan todo el día sacudiéndose cualquier mota de polvo que haya podido caer en el traje. Su lema podría ser: evitar el pecado a toda costa. Dominados por la conciencia del pecado no llegan nunca a la verdadera alegría del cristianismo. Su vida cristiana consiste en exámenes de conciencia, lista de faltas, confesiones, retiros…En su vida cristiana no trabajan nunca en positivo.
Benedicto XVI da la llave del gozo cristiano
La auténtica piedad parte de Dios. Sabe que a pesar de nuestros defectos, Dios nos ha escogido y nos ha dado su gracia. De lo que se trata pues, es de abrir el corazón a la gracia. La vida debe crecer y alimentarse. Donde hay vida hay alegría, movimiento, salud… Es una labor positiva. La piedad mira ante todo hacia lo alto, evidentemente sin tomar a la ligera el pecado, que es una enfermedad, un peligro para la vida divina. Sería insensato olvidarlo o no proveerse de medicamentos, de remedios. Pero si como un hipocondríaco o un neurasténico sólo pensamos en la enfermedad, envenenamos nuestra vida y ésa no puede ser la voluntad del Creador. Ni eso, ni comportarnos con total descuido e irresponsabilidad respecto a nuestra salud. In medio est virtus.
Disfrutemos de la vida divina, alimentémonos del pan del cielo, aportemos flores y frutos por las buenas obras, éste es el resumen de la vida cristiana.
Es evidente que hay momentos en que tenemos que pensar en la enfermedad y en su curación. Pero son tiempos excepcionales en la vida y en el transcurso de un año. Dediquémonos a dar la impresión de que somos los hombres y las mujeres rescatados del pecado.
Sin olvidar, claro está, tres cosas: primera, que el pecado es la semilla del diablo que es muy listo y no para. No lo subestimemos. Segunda, que siempre somos libres para escoger entre el bien y el mal, pero teniendo en cuenta que el mal es demasiado contagioso y que por eso hemos de estar atentos. Y finalmente la tercera: el ajuste de cuentas se reserva para el final; es sólo entonces que el pecado será juzgado y castigado. Además el querer adelantar el juicio nos impide superarnos. Vivamos, pues, en la calma, en el sosiego y en la certidumbre que nos otorga la palabra de Dios de este domingo.
Fr. Tomás María Sanguinetti

6 comentarios:

  1. Razón sobrada tiene usted sobre la necesidad de purificar nuestra mente. Evitar el juicio del comportamiento de fulano o mengano.

    No siempre logramos deslindar lo que es análisis y delación del error moral (la amartía) de lo que es juicio de intenciones sobre el comportamiento ajeno.

    Pero eso fray Tomás no lo veo yo contradictorio con denunciar el escándalo que la Institución Eclesiástica o cualquiera de sus entidades pueda producir. Y vaya si lo produce en la Cataluña actual, que es el terreno que creo nos interesa.

    Me acabo de enterar de fuente directísima del acoso sufrido por un niño y sus padres en un colegio católico. Un acoso que sólo difieren de la lapidación ´de los fariseos en que de momento no ha corrido sangre de hemoglubina, pero sí desvergüenza e indecencia a chorros.

    Ocurre que el nombre de uno de los niños cuyos derechos escolares acaba de defender el Tribunal Superior de Justicia, de nombre de evangelista apareció en los periódicos con la sentencia dictada. Hasta entonces, para evitar daños al niño, sus padres había guardado celosamente su intimidad. Pero fue aparecer la noticia en los periódicos y la institución movilizar a la asociación de padres para plantarse en contra de la misma. Con el dedo acusador: es fulano. A la mañana siguiente, la televisión catalana ya estaba entrevistando en dicho colegio a padres y alumnos tras la oportuna llamada del centro ... católico.

    Me lo acaba de contar una fuente directísima repito. Con voz trémula repetía "Y se autotitula Escola Cristiana".

    Ese dato coincide con mi denuncia de las malas artes de la Escola Cristiana. Con ese poder tenebroso sometido al imperio de una política bastarda. Y coincide con un movimiento de dichos representantes que azuza a las asociaciones de padres para plantarse ante la sentencia judicial.

    Fray Tomás, no falto a la caridad, no infrinjo el precepto de Cristo de no juzgar si denuncio a esos farsantes de Escola Cristiana que usurpan bastardamente el nombre de Cristo.

    -- Acosan al niño
    --Acosan a sus padres
    --Soliviantan a padres de otros niños, que a su vez transmiten a sus hijos el encono contra el pequeño.
    --Todo ello en cuanto Escola Cristiana.

    Mala gente, fray Tomás. Por supuesto que no voy a apelar a Sistach, quien dijo aquello sublime de que la inmersión favorece la cohesión social. Mientras me comunicaban la noticia estaba presente una catedrática sueca de pensamiento y literatura. En un español óptimo resumió ese talante: no son trigo limpio. No descansan. Van a piñón fijo y confían en que los otros duden de si sus críticas están fundadas en la ética o son postura política. Ellos no dudan. Sus pasos diabólicos, milimetrados, avanzan inflexibles. I sap com es diuen: Escola Cristiana. T´ho pots ben creure."

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    1. Quedo deslumbrado por el juicio que hace a la actuación de la Escuela Pía de Sarrià.
      ¿Por qué no dice que los padres aceptaron, al matricular a su hijo en el centro, el ideario y proyecto educativo del centro?
      ¿Por qué no dice que nunca se dirigieron al centro para buscar una solución al tema que "tanto" les preocupa?
      ¿Por qué no se dirigieron a AMPA del colegio, para valorar el perjuicio que se estaba creando a su hijo?

      ¡Y les llama mala gente!

      Mis tres hijos han sido educados en dicho centro. Bendigo al Señor por haberme guiado al escoger la comunidad educativa donde crecería en conocimiento, en gracia y en amor ante Dios y los hombres.

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    2. No sé si el colegio en cuestión son los escolapios de Sarriá. Tal vez sea otro y ahora resulta que hay más casos. Lo de la Escuela Pía de Sarriá lo pone usted, no yo, que por lo visto allí seguro que ha habido otro episodio lamentable de acuerdo con lo que usted parece conocer muy bien.

      Sólo en una ocasión he estado en ese colegio que me recordó un College de Oxford, el Harris Manchester, pero sin la categoría de éste aunque sí superándole en lujo. Menudo colegio tienen los escolapios en la parte alta de Sarriá. No creo que sea en semejante lujo oriental donde la familia a la que yo me refería lleve sus hijos. No tienen dinero ni para el transporte que se requiere hasta llegar a dicho casoplón.

      Picado por la curiosidad he leído lo que llama usted proyecto educativo del centro con su desvergonzada oposición al cumplimiento de una sentencia justa y legal. Se permiten el lujo de declarar incapaces a los jueces. Mala gente. Pésimos religiosos. Ciudadanos impresentables. Y, sobre todo, aliados óptimos de los nazis como explicaba con profunda agudeza la catedrática sueca a la que yo hacía referencia: profesores que niegan derechos de los niños y los adoctrinan abusando de la confianza en ellos depositada. No son trigo limpio.

      Muy seguro está usted de decir que nunca se dirigieron al centro para exigir el derecho que la Constitución les reconoce y el colegio les niega según sentencia judicial. Muy seguro está usted de que nunca acudieron a la asociación de padres de alumnos. No es esa mi información. Por eso creo que usted está hablando de otros casos. De otras desvergüenzas. Mala gente.

      Me parece muy bien que sus hijos imiten al de Nazaret que crecía en conocimiento, en gracia y en amor de Dios. Podía haber añadido al final la cita escriturística y el párrafo le hubiera quedado redondo.

      Pero el texto publicado por la Escuela Pía y su enrocamiento contrario al derecho de los niños y de los padres nada tiene de evangélico y mucho de nazi. No confunda la doctrina iusnaturalista ni evangélica con su ese comportamiento objetivamente inmoral. Y, para postre, penalmente perseguible.

      Mala gente. Pésimos ciudadanos. Vergüenza para el cristiano.

      Y por favor, ni señalen a los padres de M., ni solivianten a los padres del resto de los niños, ni promuevan que los hijos azucen al chico. Pueden llamar a la televisión catalana y propagar el odio. eso es cosecha y métodos de ustedes. Pero con la familia afectada dejen de hacer más actos de violencia, más canalladas.

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    3. Para el anónimo de las 10:41.
      No dudo todo lo que ud. dice de la Escuela Pía de Sarriá, pero sería en otra época.
      Una de mis sobrinas ha estado estudiando allí hasta junio.
      No tenían clase de religión, hacían una especie de asignatura donde estudiaban de forma comparada, varias religiones.
      El ambiente religioso era nulo entre el alumnado.
      Entre el profesorado, tampoco.
      Sólo me habló de una profesora que dijese públicamente que era católica, eso en bastantes años de permanencia en este centro.
      Creo que están muy lejos de ser una escuela católica.

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  2. Fray Tomás Maria, gracias por su artículo

    Ciertamente es mejor hablar del amor que Dios nos tiene, que por eso envió a su Hijo para redimirnos y liberarnos de la esclavitud del pecado.

    Sin duda alguna uno de los dones del Espíritu Santo es el santo temor de Dios.

    El don de temor es un espíritu, es decir, un hábito sobrenatural por el que el cristiano, por obra del Espíritu Santo, teme sobre todas las cosas ofender a Dios, separarse de Él, aunque sólo sea un poco, y desea someterse absolutamente a la voluntad divina (+STh II-II,19). Dios es a un tiempo Amor absoluto y Señor total; debe, pues, ser al mismo tiempo amado y reverenciado.

    No es, por supuesto, el don de temor de Dios un temor servil, por el que se pretende guardar fidelidad al Señor única o principalmente por temor al castigo. Para que el temor de Dios sea don del Espíritu Santo ha de ser un temor filial, que, principalmente al principio o únicamente al final, se inspira en el amor a Dios, es decir, en el horror a ofenderle.

    El don de temor de Dios intensifica y purifica todas las virtudes cristianas, pero algunas de ellas, como veremos ahora, están más directamente relacionadas con él.

    El temor de Dios y la esperanza enseñan al hombre a fiarse solamente de Dios y a no poner la confianza en las criaturas -en sí mismo, en otros, en las ayudas que pueda recibir-. Por eso aquel que verdaderamente teme a Dios es el único que no teme a nada en este mundo, ya que mantiene siempre enhiesta la esperanza. El justo «no temerá las malas noticias, pues su corazón está firme en el Señor; su corazón está seguro, sin temor» (Sal 111,7-8). En realidad, no hay para él ninguna mala noticia, pues habiendo recibido el Evangelio, la Buena Noticia, ya está seguro de que todas las noticias son buenas, ya sabe ciertamente que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

    Por eso, cuando el cristiano está asediado entre tantas adversidades del mundo, se dice: «levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?»; y concluye: «el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).

    El temor de Dios y la templanza libran al cristiano de la fascinación de las tentaciones, pues el temor sobrehumano de ofender al Señor aleja de toda atracción pecaminosa, por grande que sea la atracción y por mínimo que sea el pecado. Para pecar hace falta mantener ante Dios un atrevimiento que el temor de Dios elimina totalmente.

    El temor de Dios fomenta la virtud de la religión, lleva a venerar a Dios y a todo lo sagrado, es decir, a tratar con respeto y devoción todas aquellas criaturas especialmente dedicadas a la manifestación y a la comunicación del Santo.

    Quien habla de Dios o se comporta en el templo, por ejemplo, sin el debido respeto, no está bajo el influjo del don de temor de Dios. En efecto, hemos de «ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia» (Heb 12,28). El mismo Verbo divino encarnado, Jesucristo, nos da ejemplo de esto, pues «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (5,7).

    El temor de Dios, en fin, nos guarda en la humildad, que sólo es perfecta, como fácilmente se entiende, en aquellos que saben «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (1Pe 5,6). El que teme a Dios no se engríe, no se atribuye los bienes que hace, ni tampoco se rebela contra Él en los padecimientos; por el contrario, se mantiene humilde y paciente.

    El don de temor, como hemos dicho, es el menor de los dones del Espíritu Santo: «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7). Es cierto; pero aun siendo el menor, posee en el Espíritu Santo una fuerza maravillosa para purificar e impulsar todas las virtudes cristianas, las ya señaladas, y también muchas otras, como fácilmente se comprende: la castidad y el pudor, la perseverancia, la mansedumbre y la benignidad con los hombres. El espíritu de temor ha de ser, pues, inculcado en la predicación y en la catequesis con todo aprecio.

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  3. Fray Tomás, muy interesante su indicación de que el pecado es fundamentalmente error; y la penitencia, desmarcarse del error. La Iglesia sufre mucho más por los errores que propalan los consagrados, que por sus malas conductas. Éstas son debilidades humanas; aquéllos, empecinamiento hijo de la soberbia. Por eso creo que nos pueden hacer mucho bien estas glosas dominicales.

    Y en cuanto a lo que comenta JMVG, es para echarse a llorar. A mí me escandalizan mucho más estos pecados (fruto de tremendos errores, alimentados por la cerrazón mental tan intensamente cultivada en nuestros colegios), que los pecados de la carne. La debilidad humana es la que es, pero prospera mucho más en la debilidad mental. Tiene usted razón: pobre gente, los que incurren en los pecados de la carne; pero mala gente los que acosan y maltratan de ese modo a los niños por no coincidir con el dogmatismo oficial laico.

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