viernes, 6 de diciembre de 2013

Capítulo 50: La Misa de difuntos: los textos (2)

En cuanto se refiere a las diversas partes de la Misa de difuntos, se puede afirmar que únicamente el Introito y el Gradual son de época gregoriana y que el resto son de origen más tardío.
El texto del introito Requiem aeternam está tomado del apócrifo IV Libro de Esdras, considerado canónico hasta tiempos del papa Gelasio (+495). Por lo cual supondríamos que su introducción en la Misa Romana es anterior a la época de San Gregorio Magno, tal como deja entender el Ordo de San Pedro. Su uso en la liturgia fúnebre ya en el siglo VI está confirmado por los numerosos epitafios encontrados en el área cementerial de Aín-Zara (Trípoli) que lo reproducen literalmente. Junto a ese texto encontramos desde un inicio dos versículos del salmo 64 Te decet hymnus in Sion, aunque en épocas antiguas se cantaba todo.  Incluso el antifonario Gregoriano sugiere que si el tiempo lo requiere se añadan dos salmos más, el 4 (Cum invocarem) y el 56 (Miserere mei Deus). El gradual Requiem, cuya antigüedad va pareja al introito, lleva como versículo uno sacado del salmo 111 (in memoria aeterna erit justus). Algunos manuscritos litúrgicos de los siglos X y XI colocan en lugar de este gradual, el gradual Qui Lazarum, texto tomado del II responso del Oficio de Difuntos.
El canto del Aleluya se encuentra excluido en el uso romano, al menos desde el  siglo XI. Dice Amalario “en esto difiere de la misa habitual: que no tiene Gloria ni Aleluya y que se celebra sin ósculo de la paz”. Pero en época más arcaica el canto del Aleluya no era incompatible con el oficio fúnebre, ya que San Jerónimo describiendo los solemnes funerales por Fabiola dice que resonaba el sublime canto del aleluya. El uso se mantuvo hasta el siglo XI.

La secuencia Diesi rae es sin duda el texto más característico de la misa de difuntos, sea por el contenido doctrinal, como por el profundo sentimiento religioso así como por su profundidad lírico-dramática, que se expresa con acentos simples pero vigorosos. Su preludio se inspira en un testo de Sofonías, y se desarrolla como tantas otras composiciones del siglo X-XI en torno al tema del Juicio Universal. Por este motivo parece bien fundada la hipótesis de Ermini que sostiene fue compuesto para servir de secuencia en la misa del primer Domingo de Adviento. Ha llegado hasta nosotros como anónimo. Hasta hace relativamente poco se creía que fuese su autor el franciscano Tomas de Celano que vivió en la primera mitad del siglo XIII, pero el hallazgo de un texto del siglo XII, realizado por el benedictino maltés Dom Mauro Inguánez (1887-1955) desmiente la hipótesis anterior. El texto primitivo contiene 16 estrofas. Las dos estrofas posteriores Lacrymosa y Judicandus, así como los dos últimos versos (Pie Jesu Domine, dona eis réquiem sempiternam. Amen)  son un añadido posterior para dar a la secuencia una referencia a los difuntos. En su origen el Dies irae debió ser la oración de un alma arrepentida que implora misericordia a Dios. Más tarde pareció oportuno poner esos sentimientos en boca de un difunto y por ello los misales franciscanos la introdujeron en el siglo XIII. Más tarde, en el XVI pasó al misal romano que la introdujo como obligatoria en la reforma de San Pío V.
Dom Mauro Inguánez, O.S.B. (izquierda)   
Pontifical de Requiem en Washington (derecha)
El texto de la antífona de ofertorio Domine, Jesu Christe ha sido muy discutido por ciertas imágenes y expresiones por ciertas imágenes y expresiones: “libera animas de poenis inferni, de profundo lacu, de ore leonis, ne absorbeat eas tartarus, ne cadant in obscurum, fac eas de norte transire ad vitam… (libera las almas de las penas del infierno, del lago profundo, de la boca del león, no las absorba el tártaro, no caigan en la oscuridad, hazlas pasar de la muerte a la vida…). Algunos ven un fuerte acento pagano en ellas si bien es cierto que  encontramos  expresiones bíblicas análogas que se corresponden con los textos de la antigua Commendatio animae, teniendo en cuenta que el término líbera más que librar significa preservar de un mal posible. Invocaciones que habitualmente se repiten tras la muerte de un difunto como plegaria de sufragio. El texto no lo encontramos en el antifonario gregoriano, quizás porque es una composición tardía de origen galicano, con retazos orientales como la invocación al “portaestandarte San Miguel” propio de la iconografía copta. Digno de ser observado es el carácter antifonal que posee quizás debido a la necesidad de prolongarlo debido a las ofrendas de dinero y cera que se realizaban por el pueblo a sufragio del difunto. En los funerales de ilustres personajes se ofrecía incluso su caballo para que vendiéndose  el dinero obtenido sirviese como ofrenda al sacerdote para la celebración de misas en beneficio de su jinete, el caballero difunto.

En cuanto al prefacio, encontramos diversas fórmulas en el Gelasiano pero ninguna fue asumida por el misal de San Pío V. La actual fue introducida por Benedicto XV en 1919 extraída de los misales galicanos e introducida con algún retoque no muy logrado.
Las particularidades de la misa de difuntos hasta el misal de 1962 fueron:
  1. La supresión del salmo Judica me Deus al pie del altar, ya que es un salmo de alegría. También se suprime el incienso al introito y al evangelio en la misa cantada, por el mismo motivo
  2. La supresión de la bendición del agua en el ofertorio, pues significa el cuerpo de los fieles bendecido antes de unirse a Cristo simbolizado en el vino. Como los difuntos no son ya miembros de la Iglesia militante carece pues de sentido.
  3. Supresión del Ite missa est y de la bendición final, pues sigue la función de la absolución exequial.
  4. Supresión del ósculo de paz que es preludio litúrgico de la comunión, la cual en época medieval no se administraba en las misas de difuntos.
Dom Gregori Maria

2 comentarios:

  1. Dom Gregori Maria, gracias por su interesante articulo.

    Estos últimos artículos sobre la litúrgia de la Misa de Difuntos, nos demuestran una vez más ei amor maternal de la Iglesia Católica hacía las almas del Purgatorio, que sigue existiendo, por mucho que nos quieran hacer creer que después del Concilio Vaticano II, todos vamos directos al Cielo.

    ¿Si eso fuera así, que sentido tendría celebrar las Misas exequiales?

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  2. Interesantísimo y muy instructivo.

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