viernes, 13 de julio de 2012

Capítulo 7º: La Schola Cantorum Romana

La institución de una Schola Cantorum era el necesario complemento de la reforma. En Roma sin duda debía haber desde hacía mucho tiempo, probablemente desde los tiempos del papa San Dámaso (+384), un grupo de cantores papales (diaconos, lectores…). Habert en su volumen “Die römische Schola cantorum und die päpstlichen Kapellsänger”- (Leipzig 1888), cree que la Schola Romana seguramente se remonta a tiempos del Papa Hilario (461-468); pero en la época del papa San Gregorio, debido a los desordenes de algunos de sus miembros, parece ser que había entrado en franca decadencia. El santo Pontífice la reorganizó, excluyendo a los diáconos, que hasta entonces habían ejercido las funciones de solista, y encargando esa tarea musical a siete subdiáconos, a los cuales añadió un cierto número de niños para la ejecución de cantos corales. Les donó además algunas tierras y dos casas, una cerca de San Pedro y la otra cerca del Patriarcado Lateranense, a fin que sirvieran de dotación a la Schola y de residencia para la vida común.

La Schola Romana adquirió en breve tiempo un alto grado de prosperidad y de importancia. Basta decir que una buena parte de los Papas de los siglos VII y VIII salieron de ella, y sus miembros, como veremos más adelante, a menudo fueron enviados por la Santa Sede para apoyar y sostener, mediante la enseñanza del canto, la difusión de la liturgia romana.
Cantores aprendiendo canto de los códices. “Solo” aleluyático

Las dignidades de la Schola, todas pertenecientes al orden subdiaconal, eran cuatro: Primicerius o Archicantor, secundicerius, tertius e quartus Scholae. Este último tenía además el titulo de archiparaphonista, ya que era el encargado de los jóvenes más hábiles (paraphonisti) a los cuales era confiada la ejecución de los solos aleluyáticos. El Archicantor, que era ordinariamente el abad del monasterio anexo a la basílica de San Pedro, tenía la responsabilidad de maestro compositor. A este respecto, Juan Archicantor, hace el encomio de los abades Catalenus, Marianus y Virbonus, este último aún en vida. El Primicerio conquistó bien pronto una posición eclesiástica preeminente. En el siglo X tenía bajo sus ordenes a todo el bajo clero romano, y en 1119 lo encontramos firmando el decreto de elección de Calixto II, inmediatamente después del último cardenal diacono. (Ego primicerium scholae cantorum laudo et confirmo

La enseñanza del canto era esencialmente oral y mnemotécnica: se tenían que aprender las melodías de memoria, de manera que pudiesen ser interpretadas con la simple guía de los signos neumáticos, en caso de que estos existiesen en los siglos VII y VIII, más allá de alguna anotación taquigráfica. Esto requería su tiempo y era cosa difícil; un buen solista no empleaba menos de nueve años. 

En cuanto se refiere a las particularidades técnicas de la enseñanza musical de aquel tiempo, en lo que se refiere al ritmo, a los signos melódicos, a la ejecución del canto, al método de composición y demás, no tenemos más que algunos trazos muy vagos trasmitidos por los teóricos medievales, de los cuales podemos afirmar con seguridad muy pocas cosas. El secreto del gran arte de aquellos maestros gregorianistas estaba confiado mayoritariamente a la tradición oral, y así permaneció incluso cuando en los siglos IX-X se tuvieron los primeros códices de la escritura musical llamada pneumática. Estos códices revelan que la interpretación guiada por el Maestro con movimientos de la mano llamados signos quironómicos o quironímia, debía resultar precisa, rica de sonoridad y de grupos melódicos especiales, coloreada con matices de una finura y belleza a nosotros desconocida, frente a las cuales, nuestro clásico “bel canto” actual sería una pobre y torpe titilación auricular. Notas matizadas, reverberantes, onduladas, elusivas, inmensos trinos. En resumen, tenía que ser un arte consumado, virtuoso, ni más ni menos. Un arte que se inspirase en los sentidos espirituales más elevados y que pusiese a disposición de la oración los ornamentos más dignos de la majestad del culto divino.

Sobre el modelo de la Schola Romana, fueron instituidas otras Scholae, como la de Metz (762), de Saint Gallen (790), de Reichenau (800) de Nápoles (850) o de Montecassino, algunas de las cuales gozaron en la Edad Media de gran fama, y fueron durante siglos el baluarte más preciado del cultivo y difusión del canto sacro.

En cambio la Schola del Patriarcado Lateranense, que como veremos, durante ocho siglos de historia acumuló tantos méritos en sus trabajos respecto a la liturgia y al canto sacro, empezó a decaer bajo Bonifacio VIII (+1303), hasta que el cautiverio aviñonés le dio el golpe de gracia. Urbano V, con Bula de fecha de 3 de junio de 1370, visto que las casas de su dotación caían en la ruina, ordenó que dicha Schola o Collegium Cantorum “que tiene fama de inútil, es considerada extinguido y castigada con la supresión”.

Con la intención de que los no tan familiarizados con la música antigua y medieval pueden proseguir sin dificultad esta serie, reproduzco a continuación la tabla de correspondencias entre la anotación neumática, la cuadrada y la moderna.

Dom Gregori Maria

1 comentario:

  1. Como siempre es un gozo leer y releer estta admirable lección del gregoriano de Dom Gregori Maria. Una pregunta por si me le puede y quiere contestar:
    ¿uándo empieza a antarse como scola, capella antes y cuándo con acompañamiento suave de órgano?.Muhas gracias.

    ResponderEliminar